Escribir, Comunicar y Narrar. Verbos como Matrioshkas

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Si quieres escuchar el podcast:

blankEste texto es producto de una reflexión a dos bandas; primero, a partir de los comentarios de la filóloga Judith González Ferrán en el programa Por fin no es lunes, de Onda Cero. Como ya he dicho antes González Ferrán es asesora lingüística en la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA), en la que se encarga de estrategia y definición web.

La segunda reflexión viene de la referencia a dos libros que, desde ya, recomiendo: Morfología del cuento, de Vladimir Propp, y The Hero with a Thousand Faces (El héroe de las mil caras), de Joseph Campbell.

…mientras no exista un estudio morfológico correcto, no puede haber un buen estudio histórico. Si no sabemos descomponer un cuento según sus partes constitutivas, no podemos establecer comparación alguna que resulte justificada. (…) Si no sabemos comparar dos cuentos entre sí, ¿cómo estudiar los lazos existentes entre el cuento y la religión, ¿cómo comparar los cuentos y los mitos? Y, finalmente, igual que todos los ríos van a dar a la mar, todos los problemas del estudio de los cuentos deben conducir al fin a la solución de ese problema esencial que sigue siempre planteado, el de la similitud de los cuentos del mundo entero.[1]

Hay tres verbos a los que se le dan muchas vueltas y con los que, de distinta manera, los que escribimos ficción o examinamos las herramientas del idioma, llevamos enredados mucho en la vida profesional.

Los tres verbos son Escribir, Comunicar y Narrar.

Los dos primeros, con las disímiles variaciones que involucran, suelen ser parte de una pregunta que se ha tratado de responder infinidad de veces: ¿cómo escribir bien? Escribir, en el sentido amplio de cómo expresarse bien. La segunda pregunta, y que no deja de referir a la primera, es, ¿cómo comunicar bien? También una cuestión con ese verbo que está permanentemente en la agenda de un escritor o un estudioso de la lengua.

Y el tercer verbo es narrar. Es el verbo que mejor encaja en esta cuestión de la mejor comunicación y la buena expresión y que, con diferencia, es el preferido de muchos que hacemos ficción; y, sin embargo, es por el que menos se suele preguntar. La pregunta ideal para quien escribe o comunica, o pretende hacerlo, debería ser: ¿cómo narrar bien?

Escribir, comunicar y narrar tienen matices muy distintos, hay diferentes contenidos en la respuesta de cada una de sus respectivas preguntas, son una suma progresiva de destrezas que podemos colocar como en tres muñequitas m, de forma que el primero de ellos va siendo más amplio y contiene a los anteriores.

Escribir bien, expresarse bien o con corrección implica conocer y saber aplicar una serie de normas. Por supuesto, no se puede ni se debe desdeñar o menospreciar esas normas ni a los creadores o estudiosos que las manejan con solvencia, pero las normas de la buena escritura son un paquete, algo que se puede aprender a poco que uno se lo proponga y, aunque suele haber cuestiones más complejas o más dudosas en ese conjunto de normas, no es nada que, de antemano, no podamos aprender con esfuerzo.

Comunicar bien implica que ya sabes escribir bien, que sabes estructurar una idea, desarrollar un argumento, emplear los términos precisos y que tus contenidos, bien expresados, y teniendo el formato que previamente decidiste, cumplen con el objetivo que se ha establecido para esa comunicación.

Quien bien comunica será capaz de informar, de convencer, de entretener, de mover a la acción o cualesquiera de los propósitos que previamente se hayan determinado. Si sabes comunicar bien tus palabras efectivamente lo alcanzarán. Comunicar conlleva más destrezas de las que implica escribir, y no pocas. Comunicar es escribir dando en la diana, comunicar es escribir con buena puntería.

Por tanto, escribir y comunicar son habilidades muy importantes, desde luego que lo son, pero lo cierto es que se puede escribir un contenido con perfecta adecuación a todas las normas y recomendaciones de la buena expresión, y ese contenido puede, aún cumpliendo todos estos preceptos, ser un pestiño soberano que nadie quiera leer; y del mismo modo se pueden escribir comunicaciones que, aun siendo eficaces, cumpliendo a rajatabla con su propósito, al receptor le resulten anodinas. Puede que leas un texto que cumple todas las normas correctas de la escritura y la comunicación y te informas, sigues los pasos, y a los 10 minutos lo has borrado de tu mente.

El tercero de los verbos cobra más importancia entonces en este contexto porque va un paso más allá. Narrar una historia es un diferencial. Por eso la narrativa, que es la acción o efecto de narrar, es una de las habilidades más relacionadas con el éxito profesional. Pensemos en cómo, hoy en día, los grupos de poder quieren controlar el relato, las empresas quieren tener un propósito una idea inspiracional que contar, y narrar es ese arte de contar historias para cautivar a las personas y para poder conectar con ellas.

Los neurocientíficos nos están enseñando que las historias, esas que nos contaban en cavernas a la luz de las hogueras fueron parte importante de nuestra sociabilidad y, por tanto, nuestra evolución como especie; y esa necesidad de que nos cuenten cosas, no ha desaparecido del ser humano. Los relatos enseñan, inspiran, llegan a transformar a sus receptores.

Ahora bien, narrar es considerado un arte porque solemos definirlo así, pero francamente lo mejor es bajar a este verbo de su pedestal para poder entenderlo mejor. El arte siempre nos parece cosa de artistas, de genios, como Homero o Cervantes capaces de escribir historias que llevan eras encandilando a la humanidad, pero vamos a tratar de meterlo en una mesa de disección. Si tienes alma creativa, o simple curiosidad por saber, no existe nada que sea tan difícil, no hay que engañarse y creer que no somos capaces de hacer algo.

Y es que, aunque nos preguntemos menos ¿cómo narrar bien? aprender a narrar también es posible. Cierto es que, seguramente no vamos a llegar a escribir La Ilíada o El Quijote, pero si eres escritor, es una meta que deberías proponerte sin temor, aunque quizás no necesitamos llegar a eso. Quizás solo necesitamos que nuestro próximo informe en el trabajo no aburra a las piedras o que un auditorio del siguiente congreso no esté roncando a los 10 minutos de nuestra próxima presentación, y ahí es cuando nos interesa, no solo escribir y comunicar bien, sino saber narrar. Porque un relato bien contado se fija con fuerza en nuestra mente.

Narrar es saber comunicar una historia, y comunicarla implica escribirla, expresarla bien; ven como caben uno dentro de otro como Matrioskas. Las historias, por su parte se van haciendo de pequeños ingredientes que ya hemos hablado porque todo está muy estudiado: sorpresa, emotividad, conflicto, etcétera. Tenemos toda la literatura universal diseccionada por los críticos para que podamos aprender de ella y de sus genios.

Las historias tienen una introducción, un desencadenante, la tensión va creciendo hasta el momento crucial en el que se llega al clímax y, a partir de él, la trama se resuelve y suele haber una revelación final.

Por tanto, la siguiente vez que tengamos que hacer una presentación en el trabajo o realizar un PowerPoint, ¿por qué no nos lo planteamos con ese esquema en la primera diapositiva?

Podemos escribir: “Érase una vez” y trabajar los datos con un arco argumental; ahora volvemos a ese arco argumental. Luego, ese “Érase una vez” lo borramos o lo dejamos, eso ya como lo consideremos. No hace falta ser un genio creador, tan solo hay que escoger una línea argumental de las muchas que los creadores de historias, escritores, dramaturgos, ya han inventado para nosotros.

¿Cuáles son esas líneas argumentales?

Una muy típica que a todos nos sonará: El héroe contra el mal.

Todas esas historias en las que alguien debe derrotar a una fuerza malvada o un monstruo. Ejemplo: Teseo y el minotauro, ¿creéis que vencer al minotauro es muy distinto de derrotar a Voldemort en Harry Potter o Sauron en El señor de los anillos? Es la misma lucha, la del elegido contra el mal.

En este drama siempre hay una fuerza malvada que estaba latente, pero que se despierta, y hay un elegido quien, a veces contra su voluntad, siente la llamada que le obliga a enfrentar al mal. La cicatriz que le duele a Harry Potter es una señal, una llamada.

Después hay toda una serie de preparativos. Teseo urde un plan con Ariadna, la comunidad del anillo se organiza, Harry Potter aprende magia; luego hay un primer enfrentamiento del que el héroe no sale bien parado, la batalla del abismo de Helm (El señor de los anillos), por ejemplo, que se cobra innumerables bajas.

Es siempre el mismo arco y esto sucede porque las historias necesitan tensión, conflicto. Para que el héroe sea heroico las tiene que pasar canutas, así hasta que al final el mal es derrotado en un gran enfrentamiento y se vuelve a restaurar el orden.

La batalla de Hogwarts, el retorno del Rey, ¡la que queráis! es la misma estructura; y es la misma que sirve para contar Caperucita roja o Parque Jurásico, el detonante (el mal se despierta), la llamada (el héroe que asume el desafío), la crisis (una batalla fallida), el enfrentamiento (final y la victoria).

Problema, Llamada, Crisis y Victoria sirve para contar cualquier desafío al que se enfrente tu empresa. Te va a encajar en cualquier PowerPoint. ¡Palabrita de filóloga (en el caso de Judith) y escritor (en mi caso)!

Otro hilo argumental que podríamos usar y que es repetido hasta la saciedad, pero que nos sigue hechizando es aquel en el que alguien emprende un camino lleno de dificultades para encontrar algo: la tierra prometida, un tesoro, la cura de un mal, lo que sea. Es la trama típica de la búsqueda; es la que hace que Moby Dick y Buscando a Nemo sean, en esencia, la misma historia. Desde Jasón y los argonautas a Indiana Jones es un esquema que funciona.

Y, por último, las historias en las que alguien pobre, pero con potencial, acaba triunfando. El clásico relato de superación en el que una persona insignificante alcanza la gloria. En este hilo argumental el protagonista, muy humilde, se ve en un contexto que no es el suyo y parece, al principio, que todo le va a ir muy bien. Pero viene la crisis, el clímax de la historia y se lleva un golpe muy duro. Al final se libera con sus propios medios y termina por conseguir y alcanzar la realización.

Es la historia de aquel Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González, que sale al mundo con su amo, el ciego y al que parece al principio que le va a ir muy bien porque le puede robar todo el queso que quiera al amo y dejar de pasar hambre. Luego, lo pasa fatal porque es que le llueven los palos por todas partes, y al final de su vida, y de mil aventuras, consigue alcanzar una mejor posición social.

No es tan distinta de aquella otra historia en la que Julia Roberts, por poner un ejemplo, se sube al coche de Richard Gere y, de pronto, todo le va muy bien comprando en tiendas lujosas yendo a la ópera, pero luego viene la crisis en esa escena terrible del club de campo que nos la devuelve a su realidad. Sin embargo, al final ella sale fortalecida y decide cambiar de vida por sus propios medios. Claro, en Hollywood el galán moñas vuelve a aparecer para un final, aún más feliz. Si lo analizamos con detalle, al final, el esquema argumental de Pretty Woman es el mismo que el de El lazarillo de Tormes; siguen la misma trama.

Así que, concluyendo, ya sea en forma de leyenda, de novela, de película, las historias nos llevan fascinando desde que el mundo es mundo. Y no es solo escribir bien, que sí, lo es; no es tampoco comunicar bien, que, desde luego, también lo es: es contar cosas que a las personas les guste escuchar. Seas escritor o ejecutivo de una gran firma, nárrame una buena historia y nárramela bien.

[1] Vladimir Propp, Morfología del cuento ; Las transformaciones de los cuentos maravillosos / Vladimir Propp. El estudio estructural y tipológico del cuento / E. Mélétinski, [7a ed.]., Arte (Fundamentos) (Madrid: Fundamentos, 1987), 28-29.

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