Stephen King y el lector ideal

| agosto 4, 2022

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Cuentan que cuando Hitchcock terminó Psicosis reunió a varios amigos para que dieran su opinión sobre el nuevo filme. Tras terminar el pase todos elevaron la obra por las nubes, excepto su mujer, Alma Reville, quien dijo que no se podía estrenar porque en una escena en la que Marion Crane, la protagonista, debería estar muerta, se la ve tragar saliva.

El detalle es nimio, imperceptible, casi nada. Hoy en día películas multipremiadas y estética y/o argumentalmente impecables, pueden contener errores de edición, objetos anacrónicos, diálogos inconexos, etc. y muy pocos se fijan en ellos. Pero el director de Psicosis hizo caso a su mujer, porque ella era lo que se podría llamar un público ideal.

La anécdota la recrea Stephen King en su libro semiautobiográfico, On Writing para hablar del lector ideal, es decir, aquel que entiende y disfruta, como si de una carta a él se tratara, lo que el novelista ha escrito, y aun así es capaz de percibir las meteduras de pata en la obra, antes de que sea publicada. Es aquella persona, según el novelista norteamericano, que te avisa que tienes la bragueta abierta antes de enfrentarte al público.

 

Llamemos Lector Ideal a la persona para quien escribes. Siempre la tendrás en tu habitación de trabajo: en carne y hueso cuando abras la puerta y dejes que el mundo ilumine la burbuja de tu sueño, y en espíritu durante los días, de ocasional desquicio y frecuente euforia, de la primera versión, cuando está cerrada la puerta.[1]

 

King dice que todo novelista tiene su lector ideal, y seguramente será así, pero mi experiencia indica que es difícil encontrarlo. En su caso es Tabitha, su esposa, otros tienen amigos, familiares…

En cualquier caso, mirándolo desde el punto de vista del lector, puedo entender que la tarea de leer una obra que aún no existe para el público, que potencialmente podría no salir nunca a la luz, no es tarea simple. Para empezar, no puede ser cualquiera.

Otro escritor podría ser un buen lector ideal, pero mi experiencia es contradictoria. La mirada de un escritor profesional es, por lo general, parcial, en el sentido de que sus referencias culturales (sobre todo si está formado en los clásicos) le obligan a ver obras a la altura de lo que cree que debe ser la ficción perfecta, y su mirada es, por extensión, excesivamente subjetiva. Me ha pasado presentar una novela terminada a un escritor, quien ha dudado de sus valores como obra de ficción, y que luego el público lector la ponga por los cielos.

Pero que el público la engrandezca no dice nada, o dice muy poco, de la calidad literaria o estética de una obra de ficción. El lector ideal tampoco puede ser un lector pasivo, aquel que disfruta la lectura sin interactuar demasiado con la obra. Me ha pasado que encuentras quien te expresa solo virtudes del texto, lo que no está mal para el ego, pero ayuda muy poco cuando necesitas saber si el personaje femenino que has caracterizado puede pensar así, o si la actitud del protagonista era lógica cuando se metió en aquel conflicto.

Para poder decir que has encontrado algo parecido a ese lector ideal, debes contar con un descifrador de textos muy activo. A saber, alguien que lee y disfruta del camino, pero mira con desconfianza el terreno que pisa. Un lector activo es capaz de disfrutar de un clásico, pero también de una novedad que sólo pretende entretener al lector al que se dirige. Todo lo que se escribe no pretende, ni puede ser, la gran novela del siglo, y un lector activo es capaz de ensalzar las virtudes de una novela entretenida, sabiendo que tres meses más tarde olvidará gran parte de su contenido.

De la misma forma, el lector activo es capaz de reconocer que está ante un texto que desborda los límites de la novela tradicional, intuir que está ante una obra ficcional que podría ser la gran novela que muchos buscan escribir, y cuyo autor lo ha logrado casi de casualidad; y aún así reconocer que ha fallado en la página 250 la caracterización del personaje, o que hay algo extraño en la resolución del conflicto.

No es simple. Como autor de una novela que está, en apariencias terminada, pero aún es un esqueleto, estás poniendo en un compromiso a alguien que tiene una vida y cosas por hacer más que meterse en el conflicto del último argumento que has creado, y sobre todo, en un proyecto, un esbozo, una idea que has materializado; algo que aunque terminado, aún no existe hasta que pasa a ser público, una potencial obra literaria que, si coinciden varios en que no sirve, probablemente sea verdad y deberías replantearte su publicación, o cuando menos, merece la pena sentarse a reescribir, si algo en ella es rescatable.

Tengo la suerte de contar con el lector ideal en la piel de Manuel Alfredo. Él sabe lo que vale su criterio para mí porque se lo he dicho más de una vez, y seguramente se ofuscará porque lo haga de forma pública, pero no quiero dejar pasar el agradecimiento que le tengo por sacar su tiempo para meterse en el embrollado asunto de leer un manuscrito que podría no salir nunca a la luz.

Su ojo lector es amplio. Formado en clásicos, amante a destajo de la novela bajo la firma Dumas, pero a su vez tienen un amplio espectro de lecturas desde Europa del este hasta Japón; y con un detector de mierda que lo hace perfecto para descubrir el grano, pero igualmente para apreciar donde está la hojarasca que molesta.

Así que, estimado Manuel Alfredo, contra tu posible voluntad de que haga pública nuestra relación profesional, muchas gracias por estar ahí y descubrir cuando me voy a enfrentar al público con la bragueta abierta.

[1] King, Stephen, y Jofre Homedes. Mientras escribo: memorias de un oficio, 2021. P. 141

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