Cold War e Ida. Cine clásico en el siglo XXI

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En el documental Jacques Rivette, le veilleur, de Claire Denis y Serge Daney, el director al que dedican este filme dijo en 1990 que mientras reveía el filme It Happened One Night, de Frank Capra, le sorprendió la capacidad de condensar una historia tan increíble en apenas 90 minutos y agregó “hoy en día en las películas de ficción contemporánea, se necesitan tres horas donde hace 50 años necesitabas una”.

El incremento de la extensión de los filmes de ficción, visto con progresión histórica, es algo que me desconcierta del cine actual. Las películas son más largas que al inicio del cine, y a medida que avanzamos al futuro la longitud se incrementa a niveles que pueden llegar a parecer irrazonables, si es que ya no lo son.

Obviamente hay excepciones históricas que marcaron una época, y que sin ellas hoy el cine no sería el mismo. Metrópolis (145 minutos), Ben-Hur (224 minutos), Gone with the Wind (270 minutos), el Napoléon,de Gance (350 minutos) y hasta Cleopatra(320 minutos), si se quiere, pero como norma general, la extensión de los filmes va en un aumento indiscriminado que no siempre está justificado por necesidades cinematográficas o narrativas.

Los motivos para que haya sucedido este incremento podrían ser disímiles, la misma tecnología permite menos gasto, aunque exista más metraje, la demanda del público ha convertido el cine en una industria de entretenimiento más que un arte, los directores y realizadores son incapaces de contar la misma historia en menos tiempo, etc…, no podríamos asegurar con claridad una sola causa.

Lo más probable es que, como casi siempre en casi todo, la economía dicta las normas. Si tienes dudas sobre ello, haz una comparativa de las películas más rentables en taquilla y su duración narrativa y te sorprenderás de los resultados: cuanto más largo es el filme, más recauda en pantalla.

Por eso es un lujo, una ostentación casi obscena, cuando un director, ajeno al mercado, se atreve a romper las normas y nos brinda un filme en blanco y negro, y que apenas rebase los 90 minutos de metraje como hace este director polaco con fuerte influencia británica: Pawel Pawlikowski.

Los dos filmes que he visto de este director −prometo que aumentaré esta cifra− Cold War (Zimna wojna, en polaco) tiene apenas 88 minutos de duración e Ida tiene unos insultantes 82 minutos de metraje, y son de lo mejor que se puede ver en el cine actual.

Para no contar demasiado, ambos filmes retratan historias concretas, muy peculiares y personales, sencillas, si se quiere, vinculadas a la desgarradora historia polaca, y esto los hace aún más grandes. La magnitud desgarradora de los grandes temas es aún más fuerte cuando se abordan en pequeñas historias que lo retratan desde dentro.

Ida narra la búsqueda de una respuesta lógica y satisfactoria para un suceso angustioso en una Polonia postcomunista que sucede a una joven que ejerce como novicia en un convento; y Cold Warnos conduce a través de una historia de amor de cerca de 20 años que comienza en 1949, prácticamente con el comunismo, en Polonia, y que tiene uno de esos finales que serán, probablemente, de estudio en las escuelas de cine.

Cada uno de los filmes merece un espacio separado, quizás lo haga, pero quiero decir, de forma general, que aquel que sienta apego por el cine como arte, alejado de las fórmulas del espectáculo, debería intentar ver estas dos grandes obras cinematográficas que, como cuentos de Chéjov, nos introducen en medio de una historia de la cual es imposible escapar. Lo que me lleva hasta la admiración, además de otras virtudes, es el talento para condensar grandes trozos del relato con una capacidad narrativa que desborda el canon cinematográfico contemporáneo.

La labor de un creador de ficción es, tanto en cine como en literatura −y hasta en teatro−, en definitiva, una labor de elección de momentos, trozos de la historia que cuenta y que debe manipular y organizar en aras de convencer y persuadir al consumidor del producto artístico.

Los fragmentos escogidos y la organización del metraje realizados por el director polaco son de una pericia tal que permite comprender el todo, aún haciendo grandes elipsis en el desarrollo de la historia de los personajes. Es sencillamente, magistral.

No puedo demostrar que la formación inicial de Pawlikowski en literatura y filosofía tenga que ver con su forma de hacer cine, pero sí podría asegurar que marcan su visión del mundo y, por tanto, de la experiencia narrativa que nos transmite. Este director tiene una mirada peculiar en este mundo atiborrado de cine para palomitas. Su capacidad para el retrato, la narrativa visual y la síntesis lo convierten en un narrador eficaz y colmado de gran sabiduría. Su cine no se puede evitar.

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