La técnica y el oficio en la creación literaria

| febrero 1, 2010

Apunta Johann Peter Eckermann, en sus Conversaciones con Goethe, como en una ocasión, abordando el tema  de la literatura, Goethe se sintió contrariado con el espíritu que reinaba en la Alemania de entonces a la hora de concebir y analizar este arte.

Advirtió Eckerman en las palabras de su maestro el desagrado de que tanto críticos como creadores se preocuparan demasiado por aspectos formales, y concluía su desazón expresando que si fuese joven entraría a romper intencionalmente con los rígidos patrones de la tradición literaria siempre que tuviera algo de veras importante que mostrar a la humanidad.

Con este desacuerdo Goethe ha sacado a la luz uno de los aspectos medulares a la hora de asumir el hecho de la creación artística, acaso el primordial: la necesidad de revelarle algo trascendente y valioso a las generaciones futuras.

Claro que existe el divertimento, el placer que reporta la cuartilla terminada o el punto final tras varias páginas de desasosiego e incertidumbre, luego de dejar correr nuestra imaginación creativa. Pero cuando un escritor se siente, como lo sintió Goethe, consciente de su oficio y comprometido a la vez con el arte literario, nunca deja al margen el poder que se le ofrece de advertir, a través de la palabra, sobre los errores que impiden el buen funcionamiento del mundo.

El Goethe que así se expresaba era el anciano de lúcido entendimiento y harta consagración literaria, el ya famoso autor de Fausto, cuya segunda parte escribía entonces en plenitud de facultades y con clara noción de lo que es posible dentro de la creación literaria. Para él no era ningún desafío romper con técnicas que conocía a la perfección puesto que las había aprendido en su largo bregar por la creación. Tratando de ser más concreto: para romper con la tradición hay que estudiarla y conocerla hasta el mínimo detalle.

Visto así, después de ese toque mágico —en el que generalmente se cuentan historias de forma intuitiva— el escritor va conociendo cientos de detalles que por no sabidos han frustrado los mejores intentos literarios. En literatura ese toque mágico, esa inspiración divina o infernal, esa locura incontrolada de la que habla Leon Surmelian debe ser frenada, y ese freno está en las técnicas literarias.

Las técnicas ayudan al escritor a contener su emoción en dosis adecuadas, para que no roce el melodramatismo o la inverosimilitud. Cuando un creador de ficciones pasa de la intuición al oficio puede llegar algún día a dejar obras maestras como Fausto, La montaña Mágica o Madame Bovary. «Técnica significa control y medida. La locura no puede ser enseñada, la medida sí».

Entonces el toque mágico o inspiración no se abandona pero se une al oficio, a cierto compromiso con el arte y con la posteridad. En primer lugar, a través del estudio diario, del análisis y la investigación cotidianos que permiten conocerlo como una profesión; y en segundo lugar sería de gran utilidad la asistencia de un maestro, entendido no sólo como la persona que enseña, sino también como un grupo, escuela o taller literario que logra reunir a varios creadores en torno a una o varias figuras.

Ejemplos sobran. Grupos como el de la Generación Perdida, con Gertrude Stein a la cabeza, y de donde han salido figuras como Ernest Hemingway, Sherwood Anderson o Thorton Wilder. No es menos conocido el grupo donde se pueden citar nada menos que a Joseph Conrad, Herbert George Wells o Stephen Crane. O el reconocido escritor cubano Alejo Carpentier, discípulo durante algún tiempo de la escuela surrealista bretoniana, quien en una entrevista expuso:

“…nada es tan provechoso para un artista joven como sumarse a una escuela, a condición, desde luego, de que los propósitos de esta escuela coincidan con sus aspiraciones profundas. Una escuela significa espíritu de equipo, emulación, posibilidad de discutir y comparar lo hecho; también una revista, medios de comunicación, exposiciones: modos de manifestarse libremente. Es excelente la posibilidad de trabajar en el seno de una escuela, contribuyendo al auge de sus ideales, a condición de liberarse al cabo de algún tiempo, escapando a lo que pronto se transforma en academicismo de nuevo cuño, con sus consiguientes retóricas y lugares comunes.”

Respecto a este tema es necesario aclarar: se destaca el énfasis en reunirse en un grupo, taller o escuela más que en las carreras universitarias afines a la literatura pues los planos de estudios de la universidades son más rígidos mientras en los primeros todos han descubierto su vocación, o al menos su interés en este arte, todos han sentido la picazón que provoca el don y se han reunido por intereses propios.

También en las carreras universitarias se enfatiza el análisis literario y la historia de la literatura mientras en los grupos literarios se enfoca más la formación práctica del escritor. Asimismo advertir que en un taller o grupo literario serio donde realmente se puedan aprender las técnicas del oficio literario, no sólo se forman escritores, sino también críticos y promotores culturales.

Eso sí, aún con las herramientas en las manos, el arte es mucho más que conocimiento y técnica; es soplo divino, trabajo y esfuerzo paciente y sacrificado; es, a fin de cuentas, y expresado por el mismísimo Goethe: “…cosa tan grande y difícil, que para llegar a la maestría se requiere toda la vida”.

 

Más en: Cómo se escribe una novela. Técnicas de la ficción narrativa

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