Me preguntas por qué

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Me preguntas por qué y yo intento responderte. Es la turba, no el “combustible fósil formado de residuos vegetales acumulados en sitios pantanosos” (Real Academia dixit) sino la “muchedumbre de gente confusa y desordenada” (Real Academia también) aunque a veces la segunda también esté formada por fósiles. No hablamos pues de la turba sino de la turba, esa masa insensata que toma Bastillas, destrona reyes y luego los decapita, ese pueblo desbordado que aclama dictadores y ampara sus crímenes.

Los verás allí donde les ordena el líder máximo, sea Hitler, Mao, Pinochet o Castro, unos obligados por las circunstancias, las prebendas o el miedo; otros con auténtico fervor revolucionario, dispuestos a arrancar a mordiscos la cabeza a quien les ponga freno, quien intente presentar ideas diferentes.

La turba, que algunos llaman pueblo y le perdonan crímenes “porque siempre es inocente”, quemó curas y monjas o fusiló inocentes en la guerra civil española, violó mujeres y asesinó semejantes en la revolución (revuelta) haitiana y lanzó tomates y huevos a quiénes no soportaron la dictadura cubana en los 80, luego de fusilarlos en los 60.

Ahí los tienes, son niños, ancianos, mujeres, no hay edad ni sexo ni condición para ser parte de ella. Mira sus rostros congestionados, sus dientes prestos a la mordida, sus garras listas al zarpazo. No perdonan, no se equivocan, están del lado del poder y usan su fuerza. Advierte sus máscaras, no son simuladas, están ahí porque quieren, algunas vez los obligaron y ya se acostumbraron, lo hacen con placer, no conocen más que un líder: el dictador, no tienen más que una patria: la mentira y una sola ideología: la que les impone el tirano.

Si te fijas algunos sonríen, no todos, pero se lo toman casi como un juego. Ellos no pierden el contacto con sus familias pues se quedan junto al líder, no sufren cárcel porque no cuestionan su mando, nadie los golpeará ni los mutilará, no los amenazarán con perder el empleo. Quizás tengan algún familiar que sucumba al enemigo, al que amenacen, detengan y/o mutilen las fuerzas de la seguridad del Estado en medio de la noche. Aunque esto a la turba no le preocupa: aún más, le entretiene, como se entretenía cuando se quemaban supuestas brujas o se ahorcaban ladrones en la Edad Media.

O quizás no, puede que el familiar logre evitar las turbas o pasar entre ellas y encamine sus pasos hacia fuera, lejos de la muchedumbre orate. Puede que este familiar olvide sus estudios, profesión y diplomados, para hacer de camarero en Madrid o ayudante de cocina en Nueva York; si es que no quedó en el estómago de algún come-humanos en el viaje sobre las aguas de La Florida.

Puede que este camarero le envíe dinero al que grita en la turba, porque gritar puede pero comer lo tiene difícil. Así se mantiene vociferando contra todo lo que sea su enemigo –incluido su familiar camarero o ayudante de cocina- mientras sobrevive con la moneda de ese enemigo y sueña con tener el mismo trabajo en Madrid, Nueva York o Amsterdam.

Eso sí, nunca dejar de gritar, de vociferar a favor o en contra (aunque aquí es siempre en contra), con el rostro congestionado o sonriente, por miedo o por convicción, lo realmente importante es gritar, poner las venas del cuello a punto de reventar, agitar banderas y amenazar con los puños-garras. Así, además de otras formas, se apuntala un gobierno totalitario. ¿Y todavía me preguntas por qué Castro sigue en el poder?

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