Con Megan Draper y el temperamento artístico

| julio 11, 2015

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Don&Megan

De tranquila secretaria de un publicista en Nueva York a actriz fracasada y casi depresiva, Megan Draper, personaje de Mad Men, me viene a la cabeza por aquello de las ambiciones y deseos personales que no siempre terminan donde uno quiere. Pero vayamos al principio de esta reflexión.

En unas convocatorias de Doctorado, me fijo en una chica delgada, de vestido sutil y ojos grises e inquietos. Expone con tranquilidad que su proyecto trata de literatura, que siempre se ha sentido admirada del poder creativo de la melancolía en la literatura moderna, muy especialmente en la obra de Sylvia Plath y William Styron. Dice algo más, deja entrever su hipótesis y las herramientas por las cuales piensa demostrarla. Intento concentrarme porque pierdo con facilidad el interés, sobre todo por un esfuerzo doble si quien me habla no lo hace en español, pero quizás ya es tarde.

Tratando de no perder sus argumentos, mi mente sale de viaje, perdida entre los fracasos amorosos de Plath, y la muerte de la madre de Styron, con dos finales diferentes y que llevan a la reflexión de cómo afrontar las crisis, las depresiones, los ramalazos que nos llegan sin avisar y que no siempre se pueden solucionar con un trago de optimismo y una palmadita en la espalda.

Esa imagen del artista, bastante artificial y propia del romanticismo, no nos abandona del todo, aunque pasen los años. El creador artístico, en nuestra mente, aparece expresando esa melancolía con un pitillo –no siempre de tabaco– en una mano, y un vaso de cualquier tipo de alcohol en la otra, mientras se quejan de la vida y sus bolsillos huecos. Y si bien esa imagen está algo alejada de la realidad general actual, ha sido la pauta durante siglos.

La parte que queda de esa idea antigua es el resentimiento derivado de lo que esta chica, y gran parte de la tradición cultural francesa, llama melancolía, es decir una tristeza profunda y continua que no permite el disfrute de nada.

Hay algo cierto. Cuando se asume el arte, como generalidad se hace por una insatisfacción, por un espíritu poco complaciente con la realidad que obliga a criticar y/o embellecer lo que nos incomoda. Si se analiza con detalles la mayoría de los grandes clásicos de todas las artes, se apreciará esta insatisfacción o crítica a la sociedad humana del momento.

Lo otro, el escritor depresivo y con pose de torturado es una idea romántica que no está del todo articulada en la realidad de los tiempos que corren. Hoy en día cualquiera, sin ser escritor, puede garrapatear un texto, que no nace de la insatisfacción, colocarlo en librerías de la red y, en algunos casos, hasta ser un superventas.

En la modernidad prima en el gran público, más allá de esa idea romántica, otra realidad engañosa. Es esa cierta imagen del artista exitoso y masivo que sale en la tele y las revistas del corazón, que tiene entre sus referentes a gente que hace reggaetón o cine de Marvel, o muy poco más. Pero casi ninguno de los que ejercen la creación desde una posición en la que nada influye el oropel de la fama, se cree que esto de vivir de crear arte tiene glamour. Lo que prima en ese oropel de las revistas y la tele es la autosatisfacción y muchos seguidores de lo que haces en tu vida, pero no todos de tu obra.

Lo otro, borronear letras con talento, dar brochazos de gran fuerza estética o incluso ser capaz de crear obras maestras musicales o cinematográficas no conlleva ganarse la vida vendiendo obras como rosquillas o ganar premios Nobel, Grammys u Oscar. Ni lo es hoy, ni lo ha sido nunca.

La insatisfacción es un gran motor de cambio que, en un creador, produce la necesidad de mostrar a otros los desperfectos que le molestan y, en no pocos casos a recrear un mundo mejorado. Pero insatisfechos con el mundo, la humanidad o la vida somos muchos, quizás casi toda la humanidad; artistas y escritores, ya no tanto.

El proyecto de esta chica me obliga a pensar que sí, que gente insatisfecha, melancólica o resentida existe, muchos con gran talento y capacidad para enfrentar ese resentimiento como Plath o Styron, (y una lista amplia desde Demóstenes hasta Amy Winehouse que llenaría varios folios) y que, sin embargo, no todos tuvieron la fuerza para poder soportar la existencia.

Y me pregunto, ¿que quedará para los que ni eso? Vuelvo a la reflexión inicial.

Don Draper, el protagonista de Mad Men, recrimina a Marie, su suegra.

 

–¿Cómo pudiste dejarla así, borracha como una cuba? -pregunta Don.
–Está casada contigo. Ese es tu trabajo. Se fue de mi casa siendo una chica feliz –responde Marie.
–Y tú apareces y ella se siente miserable.
–Sé que es difícil de asimilar, pero esto es lo que pasa cuando tienes un temperamento artístico, pero no eres artista –respondió ella, sin perder su compostura afrancesada, y concluye:–Acepta mi consejo, acompáñala en su fracaso y tendrás la vida que deseas.

 

Existen no pocos con esa melancolía e insatisfacción, con inclinaciones artísticas o mínimamente espirituales, pero por una razón u otra no tienen salida para ese resentimiento. Porque quieren ejercer una profesión para la que no tienen un mínimo de talento, porque quizás lo tienen, pero escasean de la fuerza para enfrentar los obstáculos y sinsabores, o sencillamente porque no tienen idea de cómo hacerlo.
No puedo ponerme en su piel, pero entiendo cómo debe sentirse alguien, teniendo algo que cree mal en su vida y sin una herramienta que les permita encontrar una puerta para darle salida o fabricarla si no existe. Debe ser horrible tener melancolía, insatisfacción, resentimiento, tristeza o como quiera que se manifieste su incomodidad con lo que nos rodea, en definitiva, tener un temperamento artístico, una inclinación sensible hacia el arte, pero no poder ejercerlo.

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