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Escribo esto en octubre de 2026. Ha habido tres casos muy sonoros en este año de escritores a los que han sometido su más reciente trabajo literario a un verificador para intentar detectar si la novela con la que han triunfado ha sido escrita por Inteligencia Artificial. La escritora japonesa Rie Kudan, quien ganó el prestigioso Premio Akutagawa, el escritor canadiense Thélyson Orélien, que estaba en la carrera como finalista (y muy favorito) para ganar el Goncourt y el escritor peruano David Silva Rojas que ha ganado el Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat. En los tres casos las novelas no han pasado el filtro de detección de Inteligencia Artificial. Más allá del escándalo, los titulares, la posible vergüenza para cada uno de los autores, ¿qué hay de cierto en estas acusaciones? Vamos a descubrirlo.
No es la primera vez que tocamos el tema de la IA por. En su momento hice un texto y un vídeo bastante amplio y con ejemplos de los problemas, grandes problemas, que tiene esta tecnología a la hora de realizar una obra de ficción.
Recuerdo que apunté bastantes errores que cualquier estudiante, medianamente leído y con aplicación para el estudio, puede aprender a evitar a la hora de crear ficción: la IA crea textos previsibles, tiene gigantescos problemas de punto de vista, rebosa excesiva moralidad, y por donde quiera hay errores básicos de redacción y estilo, tópicos, adjetivaciones innecesarias, repeticiones monótonas, estructuras verbales y gramaticales vacías, cacofonías e ideas preconcebidas y frases inútiles.
¿Por qué un escritor se atrevería a usar una IA sabiendo esto? ¿Pereza? ¿Holgazanería? ¿evitar la complejidad de tomar decisiones y reflexionar? ¿Mala voluntad? Uno podría pensar que le si le pides a la IA que haga una primera redacción y luego la revisas, el problema está resuelto. Y puede que esto sirva para ciertos errores de redacción y escritura, y en algunos textos que no sean de ficción, pero, en serio, son tan grandes los problemas de estructura que aparecen en un texto de ficción hecho por una Inteligencia artificial, que no veo el beneficio del excesivo trabajo que pasarías corrigiéndolos cuando cualquier escritor medianamente entrenado ya los evita en el primer borrador.
La escritora japonesa Rie Kudan reconoce haber usado IA en un 5%. Bien, puede que, bajo ciertas condiciones, en un texto que no implica complejidad, podrías usar un 5% de IA. Yo no sé cómo, quizás si me pongo a investigarlo podría hacerlo. Imagino que, si escribes una novela entera con un único punto de vista o que cada capítulo sea de un único punto de vista, podría ayudarte la IA, pero es que luego la corrección es tan ardua, que sigo sin ver beneficios.
Por su parte, Thélyson Orélien y David Silva Rojas han negado toda responsabilidad y uso de esta tecnología, aunque se ha detectado hasta un 90% de coincidencias con ella. En el caso de David Silva Rojas la negación es bastante contundente: “Soy el autor de Donde el agua trabaja. Yo concebí, escribí y revisé esta novela. No utilicé herramientas de inteligencia artificial generativa para crearla, redactarla ni revisarla.”
¿Y entonces?
Tengo una hipótesis, pero es cada vez menos teoría. El problema viene porque para hacer esta detección de uso de Inteligencia Artificial en un acto creativo de ficción, que suele ser intrínsecamente humano, estamos usando la misma Inteligencia Artificial, lo cual plantea no pocas incertidumbres interesantes. El famoso programa que se dedica a esto se llama Pangram y algunas editoriales y otros organismos del mundo editorial están poniendo en sus manos esta labor de diferenciar el oro de la paja. Y yo, en este punto, empiezo a dudar que estemos haciéndolo en verdad.
El amigo y colega Amir Valle, usó una tecnología de este tipo para pasar una novela que ha escrito en 1985 y publicado en 1998, y según sus propias palabras si hiciera caso al resultado que le hizo la IA, cito: “soy un robot humanoide con cerebro de inteligencia artificial”.
El caso de Amir y otros escritores que han realizado pruebas similares, me ha puesto alerta, aunque ya venía con esta mosca detrás de la oreja y para no ser menos, sometí mi primera novela, El diablo bajo mi piel, publicada en el año 2000 al mismo proceso. Es una novela de la cual un autor maduro no se siente orgulloso, porque es muy primaria y fue de mis primeros textos, de esos que con la experiencia preferirías no haber publicado. En cualquier caso, le paso el detector de IA y ahora mismo estoy preguntándome si de verdad soy hijo de Felicia y Héctor o un número de serie consecutivo de la misma de fábrica de Monsieur Larx, el famoso androide protagonista de las novelas y relatos de Félix Mondéjar. Los cubanos recordarán: F. Mond.
¿No estaremos exagerando demasiado poniendo esa confianza de detectar lo no humano en una tecnología? ¿Merece la pena en serio el esfuerzo, el riesgo?
Con uso o sin uso de la Inteligencia Artificial, tenemos un problema aquí, y ante mi comentario, mi amigo Carlos me dirige a Hot Ones:Alexandre Astier a hacké le concept, el programa donde el multifacético artista y escritor Alexandre Astier responde a una pregunta sobre el tema:
“La inteligencia artificial es un peligro para el escritor malo”, dice él con absoluta seguridad, y yo estoy dispuesto a darle razón, pero me temo que esto es algo más complejo.
Astier considera, y es algo que me has escuchado decir, porque lo creo, que un autor de verdad, escribe porque tiene que escribir. Repito, lo he dicho y escrito, pueden piratear tu obra, no publicarte, rechazar tus textos decenas de veces, no ganar 100 premios literarios a los que te presentas, puede que hasta te encierren en un campo de concentración, como a Irene Nemirovsky; es decir, vivir en un sitio y un tiempo sin esperanza ni futuro, pero el escritor que lo necesita no puede dejar de escribir. Porque la condición natural del escritor es la nada, el texto no escrito, el premio no ganado, el libro escrito no publicado. ¿Por qué va a preocuparse de una IA?
Astier dice que, al final, lo que realmente le conmueve es esa necesidad de por qué un escritor ha parido una novela porque, vive un conflicto, un sufrimiento, un pasado, una infancia; y plasma eso en un texto, y eso es intocable. “Si nadie hubiera sentido esa necesidad, me interesaría menos.”, apostilla él.
Y quiero que nos detengamos un momento en algo que dice él sobre la escritura del autor humano.
Por ejemplo, Flaubert, cuando describe los bajos de un vestido que hace un ruido particular, te dices: «Este tipo sabe cómo se camina». O Maupassant, cuando un personaje gira la cabeza hacia Ruan, cuando está a orillas del río; y no dice «Ruan con los tejados de los campanarios» No, dice «Ruan, el pueblo puntiagudo de los campanarios góticos». Si una IA saca a relucir «el pueblo puntiagudo de las torres góticas», ya no me interesa porque no es humano.
Se refiere aquí Alexandre Astier a uno de los momentos de Madame Bovary y el ejemplo es perfecto. Recuerdan que la novela de Flaubert trata de una mujer que es infeliz en su matrimonio. Ella quiere vivir una gran historia de amor y no aquella anodina al lado de Charles, un marido competente y acomodado, pero aburrido. Entre tantas decisiones humanas que toma Emma Bovary (puede qué erróneas, o no, depende de cada uno que lea la novela) es hacerse amante de Rodolfo, un joven que la corteja y con el que ella imagina ese amor futuro que no tiene junto a Charles.
El momento al que se refiere Astier es una escena de la novela en la que Flaubert entra en la mente de Emma con estilo indirecto libre, que he explicado en Cómo se escribe una novela como si fuera una cámara de cine que colocas en el hombro de un personaje, pero a ratos se despega para mostrarnos al personaje haciendo algo desde fuera. Pues el personaje describe el grado absoluto de falsa felicidad que vive Emma creyendo que su futuro será lo que circunstancialmente vive con Rodolfo.
Al galope de cuatro caballos era transportada desde hacía ocho días hacia un país nuevo, de donde nunca volverían. Cabalgaban, cabalgaban, cogidos del brazo, sin hablar. A veces, desde lo alto de una montaña, divisaban de pronto alguna ciudad espléndida con cúpulas, puentes, navíos, bosques de limoneros y catedrales de mármol blanco cuyos puntiagudos campanarios albergaban nidos de cigüeña. Caminaban al paso debido a las grandes baldosas, y por el suelo había ramilletes de flores que ofrecían unas mujeres vestidas con corpiño rojo. Se oía el tañido de las campanas, los relinchos de los mulos, junto con el murmullo de las guitarras y el rumor de las fuentes, cuyo vaho refrescaba al ascender montones de frutas dispuestas en pirámide al pie de pálidas estatuas que sonreían bajo los surtidores. Y luego, una tarde, llegaban a una aldea de pescadores, donde al viento se secaban unas redes oscuras a lo largo del acantilado y de las cabañas. Allí se quedarían a vivir; habitarían una casa baja, de tejado plano, sombreada por una palmera, al fondo de un golfo, a la orilla del mar. Pasearían en góndola, se columpiarían en hamacas; y su existencia sería fácil y holgada como sus vestidos de seda, muy cálida y estrellada como las dulces noches que contemplarían. Sin embargo, sobre la inmensidad de ese porvenir que ella imaginaba, no surgía nada extraordinario; los días, todos magníficos, se parecían como olas; y todo se balanceaba en el horizonte infinito, armonioso, azulado e inundado de sol.
Toda esa representación con estilo indirecto libre de cómo un ser humano se pierde en su mente y hace esa puntillosa descripción de “catedrales de mármol blanco cuyos puntiagudos campanarios albergaban nidos de cigüeña” de una ciudad donde eso es precisamente lo que la caracteriza, ¿lo puede hacer una IA? Ahora no, ¿lo podrá hacer en el futuro? Yo no lo creo.
No olvidemos que un ordenador es una caja con cientos de componentes físicos orientados por nosotros los humanos a una misión, al final es una herramienta con un interruptor. Hay muchos, están conectados, pero no son más que cosas que se apagan y que se encienden. No les importa el sufrimiento, la identidad, la supervivencia, las dudas, la frustración, todos esos aspectos humanos que ni siquiera conocen. Todo estos que hacen que nos complementemos entre nosotros y que nos une y que una máquina, por avanzada que sea, no puede, al menos por ahora, replicar, y dudo mucho que pueda hacerlo en el futuro.
Escribir, lo he dicho muchas veces, es tomar una cantidad enorme de decisiones que no importan a nadie más que al propio escritor que puede pasar noches enteras sin encontrar una solución que es lo que implica ser escritor: una suma de esas decisiones mínimas, tontas, pequeñas. La literatura es grande con esa suma de pequeñas decisiones porque vive de lo menos probable: del adjetivo que a nadie se le ocurrió antes, de la interrupción de una frase allí donde impacta o conmueve al lector, un sustantivo inesperado, etc.
Lo que hace una IA, un modelo de lenguaje cualquiera es resolver cada problema por la vía más probable y quizás más sencilla. Hablamos de que un autor humano puede estar de mal humor por dormir mal, porque debe pagar un montón de dinero en impuestos o porque no encuentra una solución para un problema. Puede, por el contrario, tener buen humor porque tuvo una espléndida noche de sexo o porque su hijo sacó buenas notas, o porque le han informado que es ganador de una lotería o un premio literario.
Todos esos pequeños detalles, elementos imponderables, la máquina no los puede replicar, porque lo que hará es solucionar de la manera que cree más efectiva, según los datos estadísticos conque alguien la programó, y lo hará sin emoción. Si le pides que describa una camisa azul, probablemente tire por compararla con el cielo, la IA pondrá eso, “azul” un autor podría decir que “el color de su camisa se mimetizaba con el horizonte del campo” o una frase mejor que esta o lo que sea, pero toma una decisión improbable que impacte, conmueva o llame la atención del lector. Se llama oficio.
¿Entonces no puedo, no debo, está prohibido usar la IA para la literatura? Quien eso crea no está muy alejado de aquellos que negaban la imprenta como un adelanto para los libros, porque ningún libro hecho por una máquina tendría la bella caligrafía de un monje benedictino encerrado en su monasterio del siglo XIV.
Puedo usar la IA en beneficio mío como autor, sí, como un secretario o secretaria. Puede ayudarte a buscar información a darte diferentes opciones ante un dilema, estructurar una idea, y varias cosas más. Yo no recomiendo usarla siempre ni en todos los casos, porque a veces la reflexión que lleva a la toma de una decisión ayuda a perfeccionar el texto que estás creando.
Astier dice que es como un secretario que siempre sabe en qué punto estamos, en que no se pierdan u olviden elementos, en mantener todo al día o en saber dónde está en qué punto estás con tu estructura argumental, pero son funciones de robot, no funciones de autor; no le pides que escriba, le pides que sea, una secretaria.
Os pongo un ejemplo. Estoy escribiendo una novela donde para mí es importante saber cómo era el ambiente sociocultural de Praga antes de la Primera Guerra Mundial. Como historiador hay cosas generales que yo sé, como que la República Checa no es un estado independiente sino un estado más del imperio austrohúngaro y otros detalles generales, su forma de gobernarse, cómo se dirige al resto de países de su entorno, y cosas así.
Para poder situar a un personaje en este espacio geográfico y temporal necesito que él se mueva por la ciudad mirando carteles, calles, advirtiendo los diarios, el movimiento social, lo que se habla en la calle. Soy historiador, pero no tengo memoria fotográfica ni soy especialista en este período histórico, así que necesito información. Aquí puedo buscar todo eso por mi cuenta o decirle a ChatGPT o Claude o la IA que sea, hasta puedo inventarme una personal, que haga esa búsqueda por mí. Me ofrece nombres de artistas, escritores, lo que más se publicaba en los diarios. Ahora sólo me queda confirmar que todo lo aportado es verdad y ahondar allí donde más me interesa. Por lo tanto, no neguemos la IA, aprendamos a usarla, pero no seamos tan estúpidos de pedirle que escriba por nosotros.
Pero esto me lleva a otro punto de lo que dice Alexandre Astier cuando asegura que la IA será un peligro para los escritores malos. Y aquí no estoy muy seguro si estoy de acuerdo. Creo que en la base de su planteamiento tiene razón por todo lo que expliqué antes: serás único y mejor escritor si eres capaz de ofrecer algo que la IA no puede, toda esa serie de imponderables vinculados a la creatividad que ninguna máquina puede replicar, por lo menos hasta ahora, y es dudoso que lo haga en el futuro.
Pero yo quiero ir más allá. Ante el desafío, lo que importa no es tanto si una máquina puede escribir mejor que un escritor humano sino si el lector bajará tanto su nivel que va a preferir un texto facilón y simplón creado por una Inteligencia artificial que un texto bien elaborado, valioso y único creado por un autor humano. El factor diferencial en el triunfo de la Inteligencia Artificial sobre el ser humano en la creación de textos literarios no es la sustitución del autor, sino el declive del nivel cultural del lector.
La conclusión, por tanto, puede llegar a ser descorazonadora. Si ChatGPT o cualquier otra, sustituyen a un escritor, un poeta o un ensayista, no es porque lo haga mejor, sino porque la sociedad lo permite, tras haberse vuelto incapaz de sentir la diferencia que ofrece el autor humano.
Creen muchos que las historias que están triunfando hoy en cine y literatura, tienen gran parte de su éxito a que alguien se está ayudando de la Inteligencia artificial, que no es negativo, pero lo hacen de manera acrítica para contar sus historias. Y le está faltando emoción y el orden del caos que es la vida.
Si esto fuera así, la idea que defiendo de que una Inteligencia Artificial no puede sustituir en realidad al creador como contador de historias de ficción, se viene abajo. Y no porque pueda o no –que yo sigo creyendo que no puede– sino porque el público debe ser igual de exigente y crítico, que el propio creador, con la obra creativa. Y a ver cómo lo solucionamos.
Un mes después del caso al autor haitiano-canadiense Thélyson Orélien que les conté al principio, en Francia se lanzó la primera edición del Premio Pascal de Literatura creada con IA, que gratificará obras inéditas producidas en coautoría o con la asistencia de esta herramienta.
Y yo, que soy muy mal pensado y suelo ser bastante escéptico con la información, me quedo reflexionando en algo que no sé si muchos estarán pensando: Si una Inteligencia Artificial detecta que otra Inteligencia Artificial ha metido las manos en la creación de un texto de ficción, y esto puede ser puesto en duda, ¿quién será capaz de detectar ahora que una novela que se presente al premio Pascal, donde es obligatorio usarla, pueda probar que realmente ha usado Inteligencia Artificial o el autor escribió solito su novela sin más ayuda que un PC con Windows y el Word 2024? Repito la pregunta: ¿No estaremos exagerando demasiado poniendo esa confianza de detectar lo “no humano” en una tecnología?
