Alegato intencionalmente subjetivo en favor de Facebook

| Marzo 13, 2011

Probablemente -casi con toda seguridad- este texto será mal entendido, o entendido a medias, o apenas entendido. Pero creo que es bastante claro: voy a defender Facebook.

Sé que hay contrarios, enemigos declarados, renegados, aburridos, enganchados resentidos, gente de todo color que considera que esto de la tecnología, las redes sociales, los móviles y demás, es un retroceso, un paso atrás en el mejoramiento humano.

Razones se esgrimen por miles: Facebook me hace perder tiempo, los amigos de Twitter no son amigos reales, las redes sociales afianzan la soledad, la sociedad del consumo nos ha hecho más solitarios, las verdaderas relaciones humanas no dependen de Internet, hay violentos que usan esto para sus fechorías…

Hay algo o mucho de cierto en todo ello, y estoy dispuesto a reconocer que Facebook, ese mundo donde habito cada día, me ha cambiado como ser humano, no siempre para bien porque a veces pierdo parte de mi tiempo con él. Es obvio: lo que nos gusta nos hace prestarle más atención.

Yo mismo era un contrario con pistola de prejuzgamiento, con la barbilla en alto y mirando por sobre el hombro a estas insignificancias de la vida moderna como quien reniega una vez más de Gran Hermano y la subcultura friki de la televisión del (UN)Reality Show.

Carola –siempre Carola, disponible cuando la necesito–­me hizo bajar la barbilla y mirar de frente a Facebook: “bien utilizado es una buena fuente de publicidad”. Ahí puse oído alerta. Carola, siempre Carola, más que agente literaria, amiga, con consejos de madre que sustituyen a los que nunca tuve.

No sé si fue Carola la primera amiga virtual, pero estoy casi seguro que lo fue al abrirme esa puerta, y otras… Y descubrí este mundo:

Facebook es una isla, un espacio virtual donde vives por decisión propia, estás si quieres o no existes en ella si así lo prefieres (dicen que darse de baja es arar sobre las olas. No tengo experiencia de ello) pero cuando estás lo disfrutas como un niño de su coche o muñeca de pilas.

Las redes sociales, han abierto la puerta de la comunicación con personas que ya no creímos que estarían alguna vez de nuevo en nuestras vidas, con lo bueno y lo malo que ello implica. Que nos cuentan sus victorias, sus miserias, sus pequeños logros del día a día, el orgullo por su embarazo, sus hijos o el record de su salida a correr en las tardes.

Gracias a este país más allá de las líneas divisorias tradicionales, ríos y montañas, simas o picos, de las patrias, las religiones e ideologías he visto buenas películas recomendadas por alguien desde Australia, puedo expresar mi dolor, pero también mis respetos por la muerte de una actriz del otro lado del mundo en cuya casa pasé de los mejores momentos de mi vida junto a su hijo Tomás, tipo genial al que ya prometí que nos volveríamos a ver.

Gracias a esta isla sigo el desarrollo de los hijos de mis amigos que viven en Tarrassa, Montalbán de Córdoba o incluso, México, Miami o Francia. Me avisa –tengo una memoria infame– de los cumpleaños de muchas de las personas a las que aprecio, de lo que piensan sobre mí que nunca me han dicho personalmente, y quizás nunca lo hubiesen hecho si no les pregunta una aplicación abierta.

Gracias a este país que es todo el planeta he leído novelas de autores de países que ni siquiera estarían en mi lista de descartados porque simplemente ni los conocía, he sentido alegría por el premio de novela de un colega, por la alegría de otra –u otro– que ha encontrado el amor, he descubierto canciones adorables y detestables, pero seguramente todas inolvidables.

Puede importarme una mierda si aquel se siente eufórico o a punto de abrirse las venas, como a él puede importarle otra plasta si mis relaciones sentimentales son buenas o malas, si la canción Stop, de Joe Bonamassa, la película Cinema Paradiso o el libro El filo de la navaja me parecen celestiales, pero ambos nos detenemos un minuto, un segundo, un milésimo de segundo para saber por qué algo que a uno funciona al otro no le sirve.

Este archipiélago de la comunicación tiene de lo más ridículo, pero también de lo más sublime. Es capaz de hacer que un imbécil cuelgue las fotos de su exnovia desnuda o presumir de su noche de disco y drogas, pero al lado están las fotos de una represión policial que un gobierno dictatorial impide que la prensa publique, y permite que sobrevivan en las mentes colectivas nuevos tipos de revoluciones, esta vez tintadas de colores. Y por si fuera poco, estas redes sociales ayudan a la comunicación cuando las catástrofes naturales o humanas se ceban con la gente.

Gracias a Facebook pude ver nuevamente a Raquel, una increíble amiga con la cual había perdido contacto desde 1992, seguramente por mi culpa. En la insomne alegría de la noche madrileña y entre cervezas y tapas intercambiamos libros, fotos, recuerdos y promesas de visitas que seguramente cumpliremos.

Soy naturalmente, un ermitaño, no antisocial, pero casi. Y cada día que pasa me doy cuenta que tengo más cosas de qué hablar con alguna gente, a quienes antes creía más preocupada por otras cosas que a mí me importan nada. Pues resulta que luego de habitar esta isla hago más vida social, salgo más y la gente respeta más mis ideas sobre la vida, por lo que en lugar de alejarme de la gente me ha acercado más.

Y para mí, lo más importante es que estas reflexiones serán leídas desde Suecia hasta Cuba, desde USA hasta Sudáfrica. ¡Y mira por donde sin salir de casa! Tan solo con colgar esto en un trocito de un servidor que sólo unos pocos lograrán saber su ubicación real.

Tengo que reconocerlo, esta isla virtual engancha y sólo me abstrae de ella lo que siempre me ha sacado en la vida de todo aquello que me distrae de lo esencial: mi propia responsabilidad y voluntad.

Esa es la clave: la responsabilidad individual; es la que hace que le dé un uso adecuado, sin violentar intimidades de terceros, sin bordear las fronteras de la ley, sin hacer que mi tiempo se pierda en lo fútil. Si paso más tiempo del que debo en Facebook es porque algo hay en él que veo interesante y debo conseguir la voluntad, si fuese necesario, para alejarme sin disparar al mensajero.

Si alguien sustituye su incapacidad para tejer amistades por una red social, si alguien se encierra en su mundo de fantasía tras una pantalla de ordenador, si hay un salvaje que cuelga sus atrocidades en internet, sea Facebook, Youtube o un blog personal, hay que fijarse o cuidarse, prestar atención o desprenderse de la mente del incapaz, del fantasioso o del salvaje, que seguirá siendo lo que es, con o sin su móvil, con o sin Facebook, con o sin medios para presumir de serlo.

Si hay algo que no nos funciona como seres humanos deberíamos mirarnos a nosotros, no al tipo de al lado. Facebook es, como tantas otras cosas, un medio, maravilloso como pocos, pero un medio. El uso que hagamos de él, es, como casi todo en nuestra vida, una responsabilidad individual.

Sinceramente, gracias a Mark Zuckerberg por crearlo y a todos los que habitan este universo peculiar por hacerlo más grande.

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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