De vuelta con los sueños

| abril 12, 2009

Existen ciertas verdades callejeras que alcanzan el estatus de mito y que no hay forma humana o alienígena de que sus valedores crean, o simplemente escuchen, lo contrario sobre la verdad que ya tienen establecida. Se pueden mencionar montones:

El hombre nunca ha llegado a la luna (fue un montaje televisivo terrestre de los yanquis en el entorno de la guerra fría para superar a los soviéticos), Kennedy fue asesinado por la CIA (había que evitar que abriera el embargo a Cuba), las torres gemelas fueron tumbadas por los servicios secretos norteamericanos (era necesario declarar la guerra a Iraq para quedarse su petróleo), el Priorato de Sión es una sociedad secreta que existe desde los tiempos de Jesús (a la iglesia no le conviene reconocer este hecho porque quebranta su poder), se pueden llenar páginas infinitas.

Pero no sólo en el plano de la historia existen mitos:

Las cartas adivinan el futuro, los astros también, las alcantarillas de Nueva York están plagadas de cocodrilos, la Coca Cola es perjudicial para la salud porque es un ácido que limpia metales, la hamburguesa de McDonald’s está hecha de carne de ratas, los gatos negros atraen la mala suerte, los gemelos tienen formas extrasensoriales de comunicación, en fin, para no parar.

Haciendo hincapié en ello y de vuelta con el tema de los sueños, estuve mirando estos días una noticia sobre los estudios realizados por un equipo italiano encabezado por Luigi de Gennaro, neurocientífico de la Universidad de la Sapienza de Roma, que demuestra una especie de huella genética en los sueños.

A ver si nos explicamos. Durante cuatro días, los científicos midieron durante el sueño la actividad eléctrica cerebral de veinte gemelos monocigóticos –tienen los mismos genes porque nacen del mismo huevo o cigoto (el óvulo fecundado que se divide en dos)– y de veinte gemelos dicigóticos –comparten la mitad de la información genética porque nacen juntos, pero de dos óvulos fecundados–. El equipo llegó a la conclusión de que la actividad eléctrica cerebral de los primeros veinte hermanos idénticos tenía característi­cas análogas, no así de los segundos.

Si lo analizamos un poco, ¿acaso este equipo nos está diciendo que sí existen formas de comunicación extrasensorial entre gemelos? Pues no lo parece, pero podría ser cierto. Si este experimento alcanza categoría de verdad podríamos entender que el sueño –o su carencia– es también una de las características que pasamos a nuestros hijos a través del mapa genético. ¿No es sorprendente?

El descubrimiento de esta huella genética quizás le daría otra argumentación al por qué Einstein dormía casi 11 horas o Da Vinci apenas 30 minutos cada tres horas. Pensándolo aún más puedo llegar a comprender por qué Pedro, un compañero del instituto, se quedaba dormido en todas las clases y jamás suspendió una asignatura –hoy es Licenciado en Inglés y lo último que supe era que daba clases de esa asignatura.

¿Pero podría ser que el mito de que los gemelos se comunican entre sí adquiera otra dimensión? No estoy muy seguro, la información genética es interior, no está en el aire como las ondas de radio. ¿Recuerdan algo del inconsciente colectivo de Carl Gustav Jung? Este psiquiatra suizo, alumno de Freud, siempre estuvo sorprendido por la similitud de los mitos de las más diversas culturas humanas que nunca tuvieron contacto entre sí, y a su vez cómo estos mitos guardaban tantos puntos de contacto con los sueños de muchos de sus pacientes.

Esbozó la teoría del inconsciente colectivo. Todos los seres humanos tenemos una estructura anatómica idéntica; somos negros, altos, blancos, flacos, gordos, bajos, pero la disposición anatómica sigue siendo la misma, más allá de toda etnia o cultura. Psíquicamente nos sucede igual, los seres humanos deberíamos tener también una estructura psíquica inconsciente similar: el inconsciente colectivo. Dicho de otra manera, hay contenidos psíquicos inconscientes que son comunes a toda la humanidad y que no se aprenden en la experiencia vital de cada individuo sino que viene de nuestros antepasados y lo recibimos hereditariamente, y que no guardan ninguna relación con las llamadas conductas innatas, como cubrirse el rostro si nos lanzan una piedra.

Su explicación dista mucho de estar probada científicamente, pero tiene una validez teórica que hoy en día muy pocos se atreven a cuestionar. Quizás, y esto es sólo una teoría lógica, todo aquello que ha quedado en la mitología popular esté condicionado por este inconsciente colectivo. Las leyendas de vampiros, la astrología y todo lo que antes esbozamos, ¿podría ser una especie de huella genética que recibimos del hombre de cromagnon? Interesante. No sé por qué pero a veces la ciencia, avanza tanto que llega a una formulación inicial sobre las cosas simples de la vida. Nos dijeron durante mucho tiempo que nacimos de Adán y Eva y la ciencia nos dijo que no. Ahora la misma ciencia busca por África o Asia esa pradera donde estuvo el primer homínido que dio origen a la humanidad. A ver si al final el Jardín del Edén va a ser un asentamiento con dos australopitecus.

Fuente: Fundación nacional del sueño (http://www.sleepfoundation.org)

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