El peor enemigo es no hacer nada

| enero 23, 2012

Fue Viktor Frankl el primero en usar el término proactivo para identificar a las personas que asumen eficazmente el pleno control de su conducta. Su historia como sobreviviente de un campo de concentración nazi, las decisiones que tomó en circunstancias complejas, la actitud que asumió en un medio donde el optimismo era casi imposible, fueron los disparadores que le hicieron tomar las decisiones adecuadas en cada momento para sobrevivir a esta experiencia y convertirse en el iniciador de toda una corriente psicológica inevitable.

Recientemente volví sobre la proactividad viendo uno de los capítulos de la magnífica serie Downton Abbey, que centra su argumento en los conflictos que se cuecen en la servidumbre de un gran castillo perteneciente a una familia británica muy pudiente de inicios del siglo XX.

Una de las hijas de esta familia establece un diálogo con su hermana, sobre la utilidad del trabajo que realizaba aquella, ayudando en una finca colindante donde necesitaban alguien que supiera conducir un tractor, trabajo que terminó de manera inesperada y brusca:

Es que parecías tener un propósito allí. Te hacía bien.

Sí, me hacía bien. Lo disfruté, pero ahora siento que estoy de repuesto.

Confía en mí. Tienes un talento que nadie de nosotros tiene. Sólo encuéntralo y úsalo. El peor enemigo es no hacer nada.

Fue en este momento que mi Detector de Mierda Incorporado (DMI) se activó. Recordé un deseo cuando tenía 24 o 25 años. Quería obtener a toda costa algo que no dependía sólo de mí y que necesitaba al menos un mínimo de dinero para poder empezarlo. Tuve una conversación con la persona interesada, la otra de la que dependía obtenerlo, y no encontramos solución.

Caminé desolado a mi casa, me tiré sobre la cama y miré al techo sin saber qué hacer, creía que parte del mundo se venía abajo y hasta intuí que algo cambiaría entonces. Y cambió; hice algo que luego movió mi vida: prometí que no me quedaría de brazos cruzados y que nunca iba a volver a vivir una situación parecida, en que la felicidad personal dependiera de causas externas.

El deseo no lo obtuve entonces como quería pero encontré una solución que satisfacía, al menos en parte, el anhelo insoportable que me absorbía. Y desde entonces siempre lo he asumido como norma. Lo más importante fue que no me quedé sin hacer nada. No permanecí inerte mirando al techo consumiéndome en mi propia miseria, hurgando en la basura de la vida y pensando en salidas negativas para el hecho.

Como Frankl o la hermana más emprendedora de Downton Abbey fui entonces proactivo y seguí siendo proactivo después, y ya para siempre. Proactividad es ser emprendedor, no como empresario (aunque también si fuera necesario), sino como eficaz hacedor de nuestro propio futuro. Es no esperar a que ocurran las cosas, sino decidir por nuestra cuenta los hechos, actos, tomas de posición que nos llevan a generar mejoras en nuestra vida. Es ser libre de tomar decisiones propias, ser audaces, creativos, usar la libertad para crear, someter activamente al libre albedrío. Es tomar la iniciativa para decidir por nuestra cuenta lo que queremos hacer de nosotros mismos y, asumir la responsabilidad de estimular a nuestro mundo privado, de hacer que nuestro alrededor se mueva en función de las decisiones que tomamos para cambiarlo; decidir siempre lo que queremos hacer y la forma en la que lo queremos y lo vamos a hacer.

Ahora caigo, es simplemente actuar como lo que somos: seres humanos libres e independientes.

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