Es lo que tiene la estimulación intelectual

| agosto 23, 2020

Cuando alguna vez me quejo entre conocidos de que el tiempo no me alcanza, siempre hay alguien que, razonablemente y con cierto grado de veracidad, me recuerda que podría dejar de ver series y películas. Y bien, es cierto que muchas tardes, si puedo, veo tres películas de un tirón, me hago un maratón de series o me sumerjo en las páginas de alguna novela o un ensayo. Y esto tras haber tenido una mañana donde mi despertar ha llegado en algún momento entre las cinco y las seis de la mañana, de manera que cuando el resto del mundo comienza a despertar, para mí ya es casi mediodía de tanto qué he avanzado en mi trabajo diario.

Obviamente podría dejar de hacerlo como me recomiendan, dejar de ver tantas series o películas, pero no podría. Me explico.

Existen personas, como es mi caso, cuya introversión necesita ser estimulada de una manera diferente a otros con mejores habilidades sociales. No es ni mejor, ni peor, es diferente, a veces ayuda, a veces es un lastre. Soy más introvertido que fiestero, más reflexivo que vehemente, más de casa que de tasca. El tronco fundamental de mi vida profesional está encadenado de manera irremediable a la ficción y las inventivas o modos de cultivarla. Cuando disfruto una ficción (serie o película) o leo una novela mi mente se pasea no solo en la historia que me cuenta, si no en los argumentos emotivos y técnicos que provocaron al creador. Los quehaceres poco creativos o las labores cuya ejecución implican alejarse demasiado de la creatividad me aburren como una ostra; insisto, no es bueno ni malo, es diferente, y a veces me trae más problemas que soluciones. Hablar de cosas cotidianas, hacer salidas sociales, hacer un trámite burocrático, incluso ir al médico, se me hacen tareas pesadas y que me cuestan tanto como mover una montaña.

Obviamente no es que sea bueno, porque al médico hay que ir; pero, si me siento bien y no tengo ningún problema de salud visible o claro, pospongo la visita, y las tareas que implican impuestos, subvenciones o reuniones de todo tipo, son extremadamente aburridas, pero muchas veces son necesarias y las hacemos por obligación porque pueden afectar al resto de nuestra vida.

Hace poco un amigo me decía que era imposible que pudiera encontrar alguna virtud en una serie cuya calidad está en entredicho y mi respuesta tenía que ver con el hecho de que a veces, incluso las cosas mal hechas o absurdas, me provocan un pinchazo intelectual que incita una reflexión que no esperaba. En mi caso, ver una película o una serie y leer un libro no son sólo entretenimientos, son tareas que estimulan mi curiosidad intelectual y, por extensión, mi creatividad.

Esto lleva varios problemas. La mayoría de la gente no entiende cuando digo que no a algo que debería ser atractivo; y lo es, cierto…, para ellos, pero no para mí. Tampoco entenderán que a veces, en medio de una tertulia social, esté distraído porque mi mente está intentando resolver un problema que se me ha presentado en la novela o el ensayo que estoy escribiendo, o que la serie que vi ayer, ha creado un conflicto emocional o intelectual que me tiene turbado.

El otro problema es que casi cualquier tarea que sea aleje de la creatividad (y como he dicho me aburre) no es fácilmente ajustable a la vida diaria, donde tienes un trabajo para pagar las facturas, unos hijos que exigen tiempo y algunas obligaciones sociales que no siempre puedes evitar.

¿Cómo lo resuelvo en mi caso? Intento que todas esas otras labores que no estimulan mi creatividad, tengan algún tipo de paralelo o encaje en las que sí lo hacen, o al revés, que todo lo que me provoca creatividad, pueda ser llevado a la vida consuetudinaria. Por ejemplo, a mis hijos les leo todo lo que puedo o les ofrezco como entretenimientos clásicos del cine y la literatura, o les doy tareas que constituyan un reto, también para mí. Si hacemos un paseo, incluso a un jardín o por un parque, intento que haya cosas qué aprender de esa salida.

No siempre se puede. No siempre tendrás la posibilidad de que las labores que te resultan fastidiosas dejen de serlo, pero si alguna vez llegas al grado de que, en una reunión aburrida, te fijes en las reacciones de la gente, los gestos que explican por qué este y aquel no se llevan bien o los últimos motivos de por qué alguien no está a favor de alguna medida, aunque después no te sirva más que como simple diversión, has logrado una gran parte de esa estimulación intelectual que no te aleje por completo del resto del mundo. Aunque a veces (esto sigue siendo verdadero) no se pueda del todo y no seas capaz de convencer a la gente de ello.

Muchos que me rodean no lo saben, o quizás sí; pero la cosa más nimia y tonta puede provocar mi creatividad. Desde las reacciones de la gente en una reunión fastidiosa, un comentario al azar en una red social o el vuelo de una mosca, pueden ser motivos para llegar a crear una novela. Al menos he encontrado este grado satisfacción donde me importa un rábano la opinión de la gente y más las reflexiones de las cosas que veo y aprendo.

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