Internet y la memoria. Algo sobre los peligros de la red

| febrero 16, 2012

Una de las frases más llamativas que recuerdo estaba en el dintel de la entrada en la Biblioteca de la Universidad de La Habana. Decía más o menos: “No necesito saberlo todo, solo tengo que saber donde encontrarlo”. No recuerdo que mencionara autor, y en la red se le atribuye a Einstein –ese gran culpable de todas las frases ingeniosas que alguien se inventa por ahí, como ahora se acusa a Steve Jobs o Paulo Coelho de otras tantas que nunca dijeron. Es probable que tampoco sea exacta; hace tiempo no tengo el privilegio de pasear por las calles y retazos de mis recuerdos, pero siempre he creído en la veracidad del argumento.

Pero Internet lo está cambiando todo.

Me destroza la noticia de un estudio realizado por la revista Science sobre el impacto de Internet en nuestro cerebro. Un grupo de sujetos (que pensaban que iban a otra cosa) realizaron varias tareas en dos grupos separados, uno al que dijeron que los resultados serían archivados para estudios posteriores y otro al que informaron que lo realizado sería destruido después. El primer grupo, pasados varios días, no recordaba apenas nada de lo que habían hecho, el otro guardaba mucha más información.

Es interesante porque nos acerca una característica innata del ser humano sobre la que deberíamos reflexionar. Si algo existe, si se guarda o está disponible para luego consultarlo, no hacemos el menor esfuerzo por recordarlo, lo cual es bueno desde el punto de vista evolutivo, porque nos permite concentrar nuestras energías en aquello que es más difícil de consultar luego.

Pero es un arma de doble filo, porque de la misma manera, nos hace despreocuparnos por aprender, ¿para qué tengo que aprender nada si sé que lo encuentro en Google?

Uno de los argumentos más interesantes del desarrollo del homínido hacia lo que somos hoy lo expuso Engels en su célebre artículo, “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” donde, a grandes rasgos y dejando de lado su maniqueo interés adoctrinador hacia el marxismo, teoriza sobre cómo la obligación del hombre por subsistir, por usar herramientas para ayudarse, hizo que tuviera que aprender y de paso desarrollara el cerebro, lo que a su vez redundaba en que le hacía ser más eficiente para fabricar nuevas herramientas y aprendía aún más, cerrando el círculo dialéctico en más desarrollo cerebral.

Con la era de Internet, con el desarrollo impetuoso y, sin dudas, valiosísimo de la masificación de la información, también ha llegado esta idea de que Internet es nuestro cerebro. El acceso a los datos más valiosos que podamos imaginar está con meter las manos en el bolsillo de la chaqueta o el bolso y sacar un Smartphone o una Tablet. Es cómodo, es un lujo indescriptible, pero nos puede llevar a la trivialización del dato.

Internet tiene de lo mejor y de lo peor, como la vida misma, y como en esta estamos abocados a escoger, discriminar, decidir qué nos llevamos, quiénes preferimos como compañeros de viaje,  qué argumentos entresacar de la maraña de datos inservibles para conocer el pasado, entender el presente y orientarnos al futuro. Si nuestro cerebro no se entrena, si dejamos que nuestro disco duro neuronal deje de cumplir sus funciones básicas, para dejar esa función al disco duro de la red, estamos perdidos.

Sin dudas, dejar de aprender de memoria tiene sus ventajas, porque podemos destinar a guardar más espacio para guardar otras cosas. La pregunta es: ¿qué? Si dejamos de memorizar algunos datos para guardar otros, ¿cuáles son esos datos para los que guardamos más espacio? Y ahí es donde todo se complica.

Alguien dijo que el saber no ocupa lugar. Bueno, pues sí, lo ocupa, por suerte. El aprendizaje creativo al que nos somete Internet, la idea de que podemos dedicar más tiempo a comprender los hechos que a memorizarlos, nos puede llevar a cometer el error de no ejercitar la memoria, y ya sabemos los efectos reales que tiene dejar que nuestro cerebro se vaya desengrasando sin intentar algo de mantenimiento por nuestra parte para mantenerlo en forma. Anda un maldito nombre alemán por ahí, que nos está acechando. Más vale hacer algo por intentar alejarlo porque a este paso, vamos a empequeñecer nuestro verdadero disco duro.

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    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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Escrito por Hector García Quintana