La bella y la bestia. Entre la estética y la legalidad

| Noviembre 5, 2012

Ya la testosterona y los estrógenos no son lo que eran. Más allá de lo llamativo del titular, más allá de los aspectos subjetivos de la belleza, cuando leí que un chino denunciaba a su mujer por fea, pensé que estaba ante la efectista y típica noticia falsa con la que un diario sensacionalista pretende llamar nuestra atención. Pero siempre voy más allá de los titulares y me entero que sí existe noticia y que la denuncia no es por fea, sino por esconderlo, y entonces comprendo mejor el tema.

La historia es la siguiente, Jian Feng conoce un día a la que sería entonces su mujer, entre tantas cosas le gusta físicamente, se casan y fingen que todo va bien hasta que tienen una hija en común. El problema, al parecer, es que el hombre no concebía que una niña tan fea fuera parte de su cónyuge, tan guapa, tan perfecta, tan de naricita respingada, ojos grandes y rostro sin lunares. Y aunque recelamos de la sospecha de Jian, todo alcanza visos de realidad cuando ella le confiesa que en algún momento de su pasado se hizo una cara operación de estética que la hace ligeramente diferente a lo que era cuando se conocieron y se prometieron lazos eternos y vástagos bellos para siempre.

Reconozcámoslo, la esposa no era algo diferente, la mujer era fea de cojones, y gracias a esa maravilla de la ciencia que es la cirugía estética ha logrado mejorar su físico para ser algo que la naturaleza o Dios, en su infinita inmisericordia, no le dio al nacer.

Miremos por favor un momento la imagen que encabeza este texto. La bella no lo resultaba tanto y se transformó en la bestia que está al lado.

Independientemente de lo subjetivo de la belleza y la fealdad, lo que me provoca esta reflexión es lo difícil que resulta en el mundo actual escoger con criterios únicamente estéticos a la pareja que uno desea.

Estoy seguro que muchos me darán la razón cuando digo que el físico no es agua de borrajas. Los propios estudios antropológicos actuales demuestran que estamos genéticamente programados para perpetuarnos como especie, y para ello escogemos a la pareja que más nos parece saludable para procrear. Por eso miramos la simetría de los rostros, el ancho de las caderas, el tamaño de los pechos, el ancho de las espaldas y otros tantos aspectos para meternos en la cama con alguien.

El problema de este detalle es que ya no es tan sencillo. Hay demasiados cuerpos esculpidos por el gimnasio, los esteroides o el bisturí, demasiadas tetas operadas, nalgas, bíceps y pectorales pinchados de silicona o cincelados con la fantasía de los anabolizantes, arrugas sometidas frente a la tiranía del botox. Hay un exceso de superficialidad transmitida por los medios y la propia sociedad, que nos hace preferir muchas veces la perfección de un rostro rubio oxigenado con unas medidas espectaculares, que la inteligencia que se esconde sobre un cuerpo pasadito de grasas.

No es que alguna vez haya sido fácil, porque todos hemos visto los exagerados trajes bajo los que se escondían los cuerpos en la Edad Media, pero con el desarrollo de la ciencia ahora no se descubre el engaño ni siquiera en la noche de bodas.

Donde no se puede engañar de ninguna manera, al menos por ahora y espero que nunca se pueda, es en nuestro árbol genético. Aquello que viene de nuestros antepasados desde infinitas generaciones está marcado como fuego en nuestro interior, y por mucho que pasemos a bisturí una nariz de buitre o unos ojos de sapo de cuento de los hermanos Grimm esa información pasará a nuestros hijos, nos guste o no nos guste.

Por eso no considero irrelevante la noticia, creo que nos pone alertas sobre algo que no habíamos previsto, la legalidad y las consecuencias para terceros que traen nuestras decisiones estéticas. Porque si este Jian se hubiera casado voluntariamente con la fea sin remedio que era su mujer sin afeites ni bisturíes, el tribunal no le habría dado la razón. Ahora queda por ver si es ético acusar a nuestra pareja por darnos un vástago feo. A ver quien saca razones ahora para identificar a las bellas y las bestias.

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  • Daniel:

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