La democracia desde dentro

| mayo 29, 2009

En un capítulo de El Ala Oeste de la Casa Blanca (The West Wing), Josh, uno de los asistentes del presidente demócrata de Estados Unidos e interpretado por Bradley Whitford, debate con Matt, un amigo del partido contrario, sobre un proyecto de ley que quiere aprobar el Partido Republicano y donde se aprecian ciertas dudas sobre los derechos de los homosexuales que podrían derivar en el veto del presidente al proyecto. El debate va subiendo de tono y vamos conociendo poco a poco que Matt es también homosexual, lo que descoloca a Josh.

El líder de tu partido comparó la homosexualidad con la cleptomanía y la adicción sexual. ¿Cómo puedes ser miembro de ese partido? Tu partido dice que por ser cómo eres, estás contra la ley.

La respuesta de Matt es interesante:

Comparto el 95 por ciento de la plataforma republicana. Creo en el gobierno local. Favorezco los derechos individuales más que los colectivos. Creo que el mercado libre crea gente libre y que mi nación necesita una fuerte defensa. Mi vida no debería girar en torno a ser homosexual. No tendría por qué ser así, en definitiva.

Su respuesta debería figurar en un manual de educación desde los primeros años de vida y seguir luego en los temas de estudio de todas las carreras universitarias de todos los países del mundo. Las personas que militan en grupos, partidos, ideologías de cualquier tipo, no podrán, estar, en modo alguno, de acuerdo con todos los preceptos del grupo al que pertenecen. Y si alguien sigue a un grupo en todo lo que éste le dicta no deja de ser en sí mismo algo parecido a una dictadura.

Muchas veces se ha dicho que los partidos políticos, en su organización interna, son lo menos parecido que existe a una democracia. Es verdad…, a medias. Cuando se pertenece a un grupo que lucha por un objetivo, como un partido político que aspira al poder, la disciplina restringe muchas de las disidencias internas en interés de alcanzar la meta para la que se unieron. Las opiniones contrarias a veces se ven como versos sueltos que molestan en el poema. En esto, los partidos del mundo deberían fijarse en la democracia que existe en los Estados Unidos.

Sean o no sean del todo democráticos los partidos, lo realmente cierto es que jamás se puede compartir el 100 por ciento de las ideas de un grupo. Quien las sigue todas anula su libertad interior o cuando menos, las sigue por fe, dando por bueno todo lo que diga su partido sin cuestionarlo, lo cual es bastante poco inteligente pues afecta a la democratización interna del grupo al que pertenece y lo que es peor, al propio individuo que pertenece a él.

Ahora me viene a la cabeza el caso del padre Alberto Cutié, un ídolo para los jóvenes católicos de La Florida, que ha renunciado a sus votos para pasarse a la iglesia episcopal. Todo por una disidencia. La iglesia católica obliga al celibato y el padre Alberto llevaba varios meses de arrobado romance con una muchacha con la que dice que se casará en el futuro. «Amar a una mujer no es incompatible con amar a Dios», ha expresado el padre Alberto y no puedo estar más de acuerdo, a pesar de ser yo mismo agnóstico, cada día menos convencido.

El argumento de que la iglesia católica no puede aceptar en sus filas a quien no defiende uno de sus preceptos es válido para sus seguidores, pero el uso simple de la razón, de esa virtud tan poco común como el sentido común, indica que el celibato es un precepto contra natura. Cualquier psicólogo o médico objetivo, puede darnos los argumentos de lo perjudicial que puede ser para un ser humano ir contra su naturaleza vital y desterrar el sexo por completo de su vida.

Para empezar es preocupante el reiterado abuso de menores que afecta cada cierto tiempo a la iglesia católica, cuyo último caso escandaloso es la noticia de los abusos cometidos en centros católicos de Irlanda sobre miles de niños durante casi 70 años; no puede ser más brutal, y no puedo dejar de concebirlo como una consecuencia de aquello.

En cualquier caso los que han salido perdiendo en todo esto son los propios católicos que han perdido un propagador muy eficiente de su fe y todo por un argumento tan pedestre que pone cortapisas a la razón. Por desgracia, para ellos y para todos, la iglesia católica y muchos otros grupos, partidos o ideologías, no comulgan con la idea de Matt: puedo ser maricón, pero ese no es el centro de mi vida porque comparto más cosas con la gente de mi partido, que me acoge aún siéndolo y sin estar de acuerdo conmigo. Todo un ejemplo de democracia.

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    Leyendo por aqui tus cosas. Y pensando en la muerte, no en la propia, que al final creo que uno se muere...

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