Mi amigo Ravshid

| diciembre 2, 2008

Conocí a Ravshid por uno de esos inextricables caminos que nos guarda el azar en sus bolsillos. Mi amigo era traductor de libros de inglés para una editorial iraquí de la época del dictador Saddam. Es un tipo peculiar; sabe adaptarse a las más inverosímiles situaciones de manera inexplicable para la mayoría de los occidentales. Cuando las bombas estadounidenses cayeron sobre Bagdad salió como refugiado político gracias a un proyecto de un país europeo y terminó recalando en Barcelona donde coincidimos en un curso de maquetación y diseño de libros y revistas.

En el momento en que nos conocimos sabía árabe, inglés, español, catalán y estaba aprendiendo indio porque se iba a trabajar a una editorial de ese país que reclamaba traductores de árabe. Estuvimos varias veces en sitios que se pueden contar y en otros que no se pueden contar tanto o nada, pero de ahí nació una amistad a toda prueba. Después partió a Bombay y nos escribíamos de vez en vez, como en esas amistades que sabes que siempre están del otro lado de la línea, disponibles, aunque pase el tiempo y no las veas a diario.

Cuando supe que Bombay estaba siendo objetivo de las bombas y los tiros no pude reprimirme las ganas de saber urgentemente de él y lo llamé. Estaba bien, por suerte y a punto de llamarme por un próximo a viaje a España donde nos encontramos nuevamente, esta vez en Madrid. Tuvimos, como casi siempre, una conversación profunda sobre muchos temas que fueron desde la crisis del Real Madrid hasta el último libro de Habermas, pero en especial tuvimos una conversación minuciosa sobre terrorismo y política que me han dejado con un desaliento de muerte.

No perdió amigo o familiar alguno en los atentados de la India pero me hablaba sobre ellos con una tristeza que atenazaba mi entusiasmo por verlo de nuevo. Su reflexión sobre los atentados se resumía en lo deprimente que resultaba ver que el mundo entero estaba en peligro con independencia del destino que hayan decidido sus gobiernos y sus ciudadanos, siempre y cuando estemos en contra de las premisas del islamismo radical. “No puedes comprender, me dijo, lo descorazonador que es saber que hay alguien ahora mismo aquí en Madrid pensando y haciendo algo para intentar matar a inocentes en la primera oportunidad mientras sus políticos se tiran los trastos por si los vuelos secretos de la CIA hicieron escala aquí en España.”

Le intenté explicar que era una cuestión de pura democracia, que no se podía permitir que se secuestraran ciudadanos del mundo para llevarlos a un lugar indeterminado sin garantías legales y me hizo un gesto con la mano: “no, amigo, no cuestiono la legalidad de la democracia, pero es un problema para vosotros en esta situación de lucha contra asesinos. Cuando un terrorista islámico secuestra un occidental lo ejecuta frente a las cámaras de la televisión de medio mundo y usa niños, mujeres y ancianos como escudos humanos para acabar con Occidente. Vuestra democracia es maravillosa en derechos humanos pero es a la vez un freno para luchar adecuadamente contra esta forma de guerra. Si no lo has olvidado las escuelas de Irak se usaron para esconder armas cuando Estados Unidos invadió mi país y algunos posibles autores de los atentados de esta ciudad tan bonita que es Madrid, han sido absueltos por vuestra propia democracia.”

“Estos nuevos elegidos de Alá, continuó diciendo, se acomodan y se mimetizan en vuestro mundo legal hasta identificarse con él y burlarlo. Imagina que estos bestias están pensando siempre en superar su última masacre. El objetivo de volar el hotel Taj Mahal con gente dentro podía haber provocado cinco mil muertes, muchos más que en Nueva York. Estos tipos van por delante de vuestra democracia, que siempre está a la zaga del último atentado mortal mientras vosotros os preocupáis si la presidenta de la comunidad de Madrid debió salir antes o después de Bombay. Es triste pero habrá inevitablemente otro atentado, en la India, Madrid, Nueva York, Londres o cualquier otro sitio del mundo y de nuevo vuestra democracia quedará desconcertada por la forma en que lo habrán hecho porque se niegan a usar métodos que los terroristas sí están dispuestos a emplear. Y si una democracia a toda prueba como los Estados Unidos ha empezado a usar algunos de esos métodos es algo sobre lo que deberían reflexionar en Europa.”

Reconozco que mi argumentación contra sus reflexiones parecían de niño: esa misma debilidad, le dije, es el arma más poderosa que exhibe Occidente porque demuestra al mundo su superioridad frente a los terroristas al respetar la vida humana de los inocentes.
¿Y crees de verdad, me preguntó desalentado, que en Oriente Medio tendrán una forma diferente de apreciar vuestro mundo por ser más legales cuando ni muchos de vuestros propios ciudadanos se creen a vuestros políticos cuando lo son?

Hablar con Ravshid es siempre agradable, pero esta vez me dejó con la sensación de que mis vecinos pueden tener armas químicas para usar en El Corte Inglés de la calle Preciados en cualquier día de la Navidad. Exagero, es verdad, lo reconozco; sin embargo no puedo dejar de sentirme desamparado. Es verdad que el común de los mortales que conozco incitan a no temerles a estos bestias, que nuestro modo de vida no puede resentirse por su rancia ideología de misoginia y asesinato en masa, que nuestra sociedad perdurará por su superioridad moral y social, pero me deprime pensar en que puedo dejar de ver a la desconocida con la que cruzo miradas cómplices a diario en el metro, o que mis amigos Yomar o Ricardo puedan no responderme al teléfono, o que mi familia se vea obligada sin mí a una ceremonia que ni quieren ni se esperan.

El mundo ha cambiado, de eso no cabe dudas. Vivimos mejor o peor según el color de las gafas del que mira. Por mi parte sólo espero que Ravshid no tenga razón y pueda regresar un día a su tierra sin el temor de que mi teléfono no responda a su llamada.

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