Mignonnes y los ofendiditos

| septiembre 30, 2020

He visto la película Mignonnes, que se ha comercializado con el título internacional de Cuties. No iba a verla porque los escándalos no me interesan. Respeto al artista que provoca, que crea conflictos con la realidad y nos enfrenta con una realidad diferente a nuestra forma de ver y entender el mundo, y ahí están Buñuel o Jean-Luc Godard, para demostrar que la provocación y la transgresión son elementos que pueden mover a un artista a crear con talento.

Pero utilizar el arte solo para provocar, se aleja demasiado de todo lo que me interesa y de todo lo que mueve mi estimulación intelectual, y Mignonnes depende demasiado (¡excesivamente!) de la provocación, y termina siendo aquello a lo que pretende parecerse: una historia para crear controversia, y poco más. Pero ha logrado con creces su objetivo.

Si analizamos bien la historia que cuenta, la estructura del filme y su desenlace, lo que cuenta Mignonnes es algo que todo los que tenemos una hija pequeña deberíamos saber o ser conscientes: la excesiva influencia de la sociedad de masas y las redes sociales en nuestro mundo actual. Lo hace mal, porque tiene cortes innecesarios porque abusa de primeros planos que terminan siendo repetitivos, y por tanto explicativos, porque el crecimiento del personaje principal es chocante y, por tanto, su epifanía es poco creíble, y el uso de la cámara es tan subjetivo que termina por molestar el adoctrinamiento que pretende, y etc., etc. ¿Para qué seguir?

Pero, más allá de sus errores técnicos y su absurda manera de querer adoctrinarnos, lo que pretende expresar es que hay un mundo ahí afuera que no queremos ver, un mundo donde los niños y adolescentes van a su ritmo, ajenos a nuestra forma de educarlos, con unos valores (más bien, ausencia de ellos) que les entran por los ojos, y que tienen, no pocas veces, mayor autoridad que el discurso que les damos sobre cómo comportarse en sociedad.

No recuerdo ahora qué filósofo francés dijo en una entrevista en France Culture que todo, o casi todo, el conocimiento humano, está en un pequeño aparato que cabe en la palma de una mano. También dijo que, con toda esa cultura, usamos el aparato para postear fotos de gatitos, y quizás es parte de lo que me interesa que pensemos.

Esa cultura universal que hoy cabe en la palma de la mano viene con lacras. Nos disguste o no, nos escandalice o no, ahí afuera existen las imágenes provocativas, la escabrosa libertad de las redes sociales, la mala televisión donde se triunfa por el escándalo y no por la profesión, el Reggaetón y resto de géneros musicales con sus coreografías sexualizadas, el porno, la publicidad orientada al consumo, y demás elementos perturbadores que llegan de formas atractivas y escasamente corregidas porque estamos en una sociedad masificada donde cuesta decir a nuestros hijos: no hagas aquello que hace popular al resto porque no es lo correcto.

Y aun debemos hacerlo y tenemos que buscar formas de lograrlo. La directora del filme Maïmouna Doucouré (sí, es mujer y negra), nos muestra aquello que podrían hacer nuestros hijos cuando los dejamos en la puerta del colegio o en la casa de sus amigos cuando creemos que estudian. Y lo hace con imágenes chocantes, con primeros planos que son incómodos, con contrates inquietantes que serían censurados en casi cualquier país si la película se estrenara en grandes salas. ¡Pero, eh, esa realidad existe! Ocultarla y censurarla no la hará desaparecer.

Doucouré no quiere, ni pretende sexualizar a niñas de 11 años para nos regocijemos con ellas en una película, más bien escandalizarnos con el mundo que está ahí afuera y no queremos ver:

En mis investigaciones, constaté que todas las chicas están expuestas a las redes sociales. Y con los nuevos códigos, cambia la forma de escenificar. Comprobé que chicas muy jóvenes tenían 400.000 seguidores en las redes sociales y yo intentaba comprender por qué. No había ninguna razón en particular, excepto el hecho de que habían publicado fotos sexys o desnudas: eso es lo que les dio “fama”. Hoy, cuanto más sexy es una mujer, más se la percibe como un objeto y más valor tiene para las redes sociales. Y cuando tienes 11 años, no comprendes bien todos estos mecanismos, pero tienes tendencia a imitar, a hacer lo mismo para obtener un resultado similar. Me parece que es urgente hablar de ello, abrir un debate sobre el tema.[1]

Por ello mi mirada se fija en los ofendiditos, estos que se pasan el día en el mundo buscando motivos para sentirse afrentados, sea con la crítica a su presidente favorito o la última película tonta que sale en su plataforma favorita. Están por todos lados, a izquierda y derecha, buscando la mínima frase o comentario de los otros para censurar, porque la censura es su herramienta única, nunca el debate o la argumentación con raciocinio. Su fuente de información son los titulares de los medios que siguen donde la confrontación de otra realidad no importa porque la única verdad es la que saben, aprenden y expresan, haciendo válidos los obstáculos de la inteligencia que José Antonio Marina apunta en uno de sus ensayos sobre la mente[2].

El arte, entre tantas otras virtudes y objetivos como el entretenimiento, tiene también que enfrentarnos a nuestras verdades, creencias y valores, hacernos ver partes de la realidad que creemos conocer, y que no habíamos visto hasta ese momento. Mignonnes, con todos sus errores y su manera absurda de adoctrinar, lo hace, de manera directa, sincera y provocativa. Si los ofendiditos hubieran usado su aparente racional sentido común para mirar correctamente, habrían visto algo tan evidente, pero están tan ocupados entre la hojarasca buscando motivos para la censura, que se pierden lo esencial.

[1] Fabien Lemercier, «Maïmouna Doucouré • Réalisatrice de Mignonnes», Cineuropa – le meilleur du cinéma européen, agosto 18, 2020, https://cineuropa.org/fr/interview/390968/.

[2] José Antonio Marina, La inteligencia fracasada: teoría y práctica de la estupidez (Barcelona: Anagrama, 2008).

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