Sexo y dolor. ¿Una historia por desvelar?

| marzo 22, 2012

El sexo es esclavitud y liberación, fuerza torrencial que somete y redime, que obliga a ceder a los absurdos de la inmoralidad o brinda herramientas para coger a la fuerza la independencia que el medio impide.

Es el argumento que sometió a reyes y tiranos a la aromática entrepierna de una mujer, haciendo de ellos mansos corderos a lo Napoleón en la cama de Josefina, o un psicópata depredador y asesino como Enrique VIII fabricando Bolenas a diestro y siniestro.

Pero de la misma forma es el sexo el ímpetu que dio libertad a mujeres que en su momento tenían menos derechos. Fue el arma de Matahari para someter hombres, de Cleopatra para poner a sus pies al César más poderoso que tuvo el imperio romano, lo que lanzó al ruedo del azar a Emma Bovary y que le dio alas para enfrentarse a una vida aburrida y llena de sometimientos sociales de los que no podía escapar.

Barry Komisaruk, neurocientífico estadounidense, autor del libro Orgasmo. Todo lo que siempre quiso saber y nunca se atrevió a preguntar estudió el cerebro de 200 mujeres mientras tenían un orgasmo.

Lo más llamativo: durante el orgasmo femenino se activa la misma parte del cerebro que cuando se siente dolor. ¿Por qué? ¿Qué misterio se oculta tras la idea de que placer y dolor están obligados a convivir en la misma región? ¿Es que hay diferencias entre el placer y el dolor? Komisaruk asegura que ganaría el Nobel si pudiera responder a todas estas preguntas.

Tengo necesariamente una visión masculina del sexo, sopesada y condicionada por las imágenes y las experiencias personales o que me han contado. Y puedo asegurar sin temor al yerro que no existe una regla común para el orgasmo femenino; sin embargo, la verdad sea dicha, los hombres, por regla general somos mucho más fáciles.

La mujer es, en el sexo, compleja, descontrolada, misteriosa, llena de cimas por escalar, contradictoria, apasionada y, si se llega hasta ella, si se logra acceder a su intimidad y su confianza, es capaz de la fidelidad más absoluta, llegando hasta al sacrificio sexual por otros motivos superiores, aunque guarda por más tiempo y le da mayor importancia a las decepciones sentimentales. El hombre es mucho menos complejo, de los que consideran que si una pregunta lleva como respuesta un sí o un no, no hace falta más palabras para describirla.

Todo ello también, aunque parezca increíble, se traslada a las diferencias en el sexo y durante el orgasmo.

Según algunos de estos estudios con “cobayas humanos” es apto reconocido que el umbral del dolor sube durante el orgasmo. Esta valla sensorial, esta marca que divide lo tolerable de lo insoportable es aquel que tenemos todos los seres humanos y que nos permite identificar el placer del sufrimiento.

Es de sentido común que si sube esa tolerancia durante el orgasmo, en ese momento estamos dispuestos a grados superiores de cierto dolor a los que soportamos en estado natural. Komisaruk habla incluso de que concretamente el orgasmo (no así todo el acto sexual) puede llegar a ser un analgésico porque distiende  el dolor.

No resultaría tan curioso si no fuera porque estas nuevas concepciones sobre el sexo y el género que están siendo asimiladas por casi todos en la actualidad, fueron ampliamente desacreditadas por la ciencia cuando en su momento algunos científicos del XVIII recomendaban una buena sesión de sexo –con orgasmo final incluido- como tratamiento para las migrañas.

 

“…un coito puede hacer desaparecer el malestar y alejar los accesos de migraña. La continencia puede, al contrario, hacerlos aumentar de intensidad y frecuencia.” (Poincaré)

 

Se ha llegado a decir, no sé si erróneamente, que para tener un orgasmo, las mujeres deben suprimir las emociones mientras que los hombres deben dar rienda suelta a ellas. Se describe la actividad cerebral del varón de una forma en la que responde vivamente a estímulos sensoriales mientras la mujer los suprime hasta el punto que quedan anestesiadas aquellas zonas  del cerebro que mantienen alertas los mecanismos de autocontrol y de juicios de valor y de moral.

No tengo argumentos (una forma caballerosa de decir que me guardo lo que creo de este tema) de una u otra cosa, pero de que somos diferentes, incluso en allí en las cuestiones más físicas y anatómicas, no me cabe dudas.

Si no fuese así jamás se explicaría por qué los casos de mujeres que sufren de daltonismo es casi cero y por qué ellas son más propensas en los trastornos mentales a la depresión mientras los hombres lo somos a la agresividad.

Fue en la película War House, en que un personaje alcohólico, y cascarrabias le pide comprensión a su esposa por ser como es: “No dejes de amarme, Rose. Ni de culparme cuando lo haces.” Ella le responde con una de las frases más llamativas que, quizás, mejor describe a una mujer:

 

“Puedo odiarte más, pero nunca te amaré menos.”

 

“Odiarte más, pero no amarte menos.”  Provocadora y sugerente frase que sólo se le puede ocurrir a una mujer; nos lleva a pensar si es posible seguir amando, odiando. Equilibra amor y odio, como Komisaruk, dolor y sexo. ¿Se puede odiar más pero no descender el amor? ¿Se puede disfrutar el orgasmo mientras se siente dolor?

Ahí hay cuestiones para debatir un buen rato. Entre el sadomasoquismo y el sexo tántrico hay miles de variantes que hombres y mujeres debemos explorar por igual según nuestros gustos, tolerancias y capacidad para saltar barreras éticas y morales propias o sociales.

Lo que llama mi atención es que, al parecer, haya más estudios sobre el orgasmo femenino que el masculino. ¿Será por la idea de que es más rico y heterogéneo?

Me intriga saber lo que sucede en mi cerebro en el mismo momento. Ya voy sintiendo curiosidad.

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    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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