Socialismo: la maldición del kilo prieto

| noviembre 4, 2009

Reconozco que me molesta la ignorancia. O quizás no tanto la ignorancia como la necedad. Puedo entender, aunque no lo comparta, que alguien decida ser ignorante por decisión propia, no querer conocer el mundo que le rodea o alejarse de temas trascendentes para el ser humano mientras se preocupa del último modelito de Dolce&Gabbana o de las rebajas de navidad.

Lo que me incomoda es aquel que siendo ignorante, no habiendo tenido el más mínimo interés por un tema, ni haberse acercado a él de una u otra forma, levante la voz como el gran sabio al que consultar.

Me pasa con muchos socialistas y comunistas a los que conozco, nunca han vivido bajo un régimen socialista o comunista, y si lo han hecho, no conocen las interioridades de barrio, la vida del que quiere y no puede y del que puede pero no lo dejan.

Pero todavía puedo entender que alguien polemice sobre algo que no ha vivido pero del que conoce leyendo, preguntando, con argumentos de peso porque se ha preocupado por el tema. Lo que no entiendo es aquel que se dice comunista o socialista y tartamudea o se molesta cuando le preguntas por la idea central de El capital de Carlos Marx o La economía y la política en la era de la dictadura del proletariado de Vladimir I. Lenin.

Si aún después de haber leído a los maestros del marxismo y de haber conocido los sistemas comunistas y socialistas que existen y han existido, sigue siendo socialista, merece mi más sincero respeto, aunque no mi aprobación a sus ideas.

La base del socialismo es la igualdad de todos los seres humanos sin importar el individualismo, lo cual entra en choque frontal con la esencia del ser humano, lo cual, evidentemente no puedo aprobar porque sería reconocer que es cierta la maldición del kilo prieto.

 

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La moneda más pequeña del sistema monetario cubano es el centavo, al que todos llaman kilo en la calle. A la moneda de 20 centavos se le conoce como peseta, y fue durante mucho tiempo y antes de que se inventara la de 40 centavos, la última de las monedas antes de saltar al peso, que es la moneda básica del sistema monetario cubano.

Un refrán callejero dice: “quien nace pa’ kilo prieto nunca llega a la peseta”. Es una forma bastante dura de manifestar la mala suerte. El kilo, ya infame en sí mismo, se rebaja aún más otorgándole la característica del negro; otra forma de llamarlo malo, perverso, o simplemente de estar excesivamente manipulado que se ha vuelto negro con el tiempo.

Variantes hay por montones:

El que nace pa’ tamal del cielo le caen las hojas
El que nace para gallo nunca llega a ser tucán
El ave nace para volar y el hombre para trabajar
El que nace para inodoro del cielo le llueve mierda
El que nace para ochavo no puede llegar a cuarto
A perro flaco todo se le vuelve pulgas
El que nace para mulo, del cielo le cae el arnés

Todos diferentes pero en esencia iguales: la predestinación del ser humano a ser pobre, a conformarse con lo que tiene y no intentar superarse a sí mismo y superar el medio en que se me mueve y al que se supone obligado.

Aunque no es su patrimonio exclusivo, esta es la base del socialismo. Que todos somos iguales y quien se diferencia debe ser obligado a ser igual por cualquier medio.

Lo siento, pero no es verdad. Todos no somos iguales, no creo que de eso haya dudas. Hay personas que son más talentosas que otras, más inteligentes que otras, más habilidosas que otras, y la sociedad (no el estado) debe premiar a estos sin que los otros sean perjudicados.

Lo que ha logrado el hombre en su vida sobre la tierra es intentar que seamos iguales ante la ley, que si bien no se ha logrado del todo porque los mejores abogados cobran más y están al alcance de los más pudientes, es lo más cercano que estaremos a la igualdad real.

Desconocer esta esencia de la sociedad, desconocer que hay quien merece más por su trabajo sin que se le quite el sustento al que tiene menos, es lo que nos conduce al socialismo y al comunismo. Es decir, a la pobreza, a la maldición del kilo prieto. Si alguien defiende esto sin haber leído a Marx, Engels o Lenin, debería pasarse por la biblioteca. Yo pasé por ella y, parafraseando a Reagan, soy liberal porque los leí y además los entendí.

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