Spanish Revolution. Absuelta por falta de pruebas

| mayo 29, 2011

Para que nadie me hiciera el cuento de otra forma, para que nadie me engañe contando la realidad que quiere o que aprende por los medios afines o contrarios, he ido a ver con estos ojitos de mi madre la acampada callejera antisistema que empezó el día 15 de mayo en Madrid, en la Puerta del Sol. No fui el 15, es verdad, pero fui, y creo que como toda revuelta, debería terminar como terminan todas las manifestaciones dentro de una democracia: “Calabaza, calabaza, cada uno a su casa”.

No puede ser de otra manera. Empezó por un grupo de jóvenes, muy indignados por la terrible situación en que el gobierno socialista ha dejado España, que salieron a manifestarse a las calles de Madrid y se extendió a varias ciudades españolas y es ahora un poblado casi chabolista de corte fiestero-hippie en el centro de Madrid y otras ciudades que molesta a vecinos y comerciantes de las zonas donde están.

Como todo derecho constitucional se expresaron libremente, gritaron contra todo lo que se movía, pidieron la abstención o el voto (incluso en el día previo a las elecciones en que la ley española absurdamente lo prohíbe) para los partidos que quisieron, y terminadas las elecciones, con una participación incluso más alta que las elecciones pasadas, se vaciaron de argumentos.

Tengo que reconocer que al principio me entusiasmó la idea. Creí que finalmente la sociedad española hacía algo útil para quejarse de un partido que siempre ha dicho representar a los trabajadores sin hacer nada para merecerlo. Me entusiasmó ver que se iba más allá, que se pedía una reforma de la ley electoral, tan necesaria para evitar todos los obstáculos que impiden la escalada de muchos partidos pequeños al manejo del poder, que permitiera que gobierne la lista más votada, que hiciese que el poder judicial se abriera a reformas que le son inevitables y varios etcéteras más que sería necesario emprender en España.

Hubo cosas interesantes. Querían que les tomaran en serio y se negaron a quemar contenedores, a romper vidrieras, a llenar las calles de porquería, a que los tomaran por organizadores de un macrobotellón, se negaron a todo aquello que siempre hacen los extremistas -de izquierdas o derechas- cuando se manifiestan en las calles. Incluso organizaron asambleas para tomar decisiones -algo novedoso entre manifestantes-, pero ahí quedó todo.

Fueron tan desatinados en sus peticiones que se quedaron sin argumentos. Y se quedaron sin ellos porque de una manera asombrosa, se levantaron contra el sistema. ¡Bastante raro! Sobre todo si tomamos en cuenta que hace 8 años, en las elecciones generales, luego de que el Partido Popular tratara de forma torpe la crisis del 11M, se pidió en las calles un cambio de voto hacia el socialismo, pero nunca una condena del sistema.

Y sus peticiones en las improvisadas asambleas callejeras, encierran, en palabra del filósofo y pedagogo español, José Antonio Marina, “un mensaje muy infantil”. Abogan prácticamente por la voladura del sistema, con el reparto por igual del trabajo existente (que ya fue un fracaso en Francia) por la expropiación de viviendas y más intervención del Estado que debería nacionalizar empresas (Cuba y Venezuela son dos buenos ejemplos a seguir de estas medidas), implantación de las normas de la II República (que no sé por qué creen que sería algo diferente a lo mismo que ahora pero sin Rey), y otras salvajadas económicas que me ponen los pelos como escarpias de sólo pensar que se aplicaran en España.

Lo peor, abogando por hackear redes contrarias a su mensaje, portando pancartas que pretendían amordazar a la prensa (“Periodismo terrorismo”) y ya el colmo: respaldando la excarcelación de cinco espías cubanos presos en Estados Unidos.

Por más que intento no alcanzo a comprender varios misterios.

El primero es por qué los manifestantes se quejan tanto de que la prensa no les presta atención y que manipularon sus intenciones. Al día siguiente de las primeras protestas, la prensa española de todas las tendencias ideológicas, abrió en primera plana con los manifestantes, y no precisamente criticándolos. ¡Qué criterio periodístico!

Incluso los días siguientes se les glorificó en toda la prensa, y cito titulares textuales: “¿Llegará la revolución a España?”, “Y un día llegó Sol para sacudir el sistema”, “El día que lo cambió todo”, “Sol sacude el sistema”, “España vota hoy pendiente de los indignados y los indecisos”, “Los tiempos están cambiando… 40 años después”, “La revolución traspasa fronteras”, “Tambores de resistencia”, “La revolución española en marcha”. Si esto es ser parciales y vendidos a las grandes transnacionales que me presten unas gafas porque algo debo haberme perdido.

El otro misterio:

Nunca conseguiré entender cómo muchos que no son comunistas, fascistas ni socialistas, gente que odia las dictaduras, los procesos totalitarios y todo aquello que limite la libertad del ser humano, defienden esta manifestación sin siquiera dudarlo un segundo, incluso cuando empezaron a ensalzar los argumentos que allí donde se han aplicado, han derivado dictaduras.

Hablo de defensores de la propiedad privada, de la libertad de expresión, artistas que defienden sus derechos de autor, que no les gustaría que le piratearan sus discos, o sus libros, ciudadanos normales que respetan los derechos humanos y la ley y, sin embargo, se lanzaron en brazos de este batiburrillo de ideas inconexas que no lleva a ningún sitio.

¿Cómo lograron en su mente deslindar la plataforma que aboga por el cambio electoral (a la cual estaría dispuesto a dar mi apoyo si se lanza sosegadamente a una reforma de la democracia que sea algo más que el asambleísmo utópico de la unanimidad a mano alzada) de la marea antisistema de corte izquierdista radical que aboga por un suicidio general de la sociedad española a la cubana? Yo no pude. Me escuece la piel pedir el fin del dolor mientras me siento rodeado de espinas. Seguro es un defecto de mi visión académica de los procesos históricos. ¡Deformación profesional! ¡Ni más ni menos!

Estoy sorprendido que esta gente inteligente haya caído en esta vorágine de magnificar como revolución lo que es una manifestación, solo eso: una manifestación de descontento: un calentón que tendrá réplicas alguna vez, sobre todo si los políticos no captaron el mensaje.

Me da vergüenza ajena ver a personas con talento e inteligencia engrandeciendo sin elementos válidos un hecho vago e impreciso que los descalifica como analistas sociológicos de una realidad que deberían conocer o analizar seriamente.

Mirado todo desde la distancia es una exageración sin paliativos. Y lo es aún más porque no hace falta ser analista político, ni historiador, ni siquiera estudioso de ciencias políticas para tener el sentido común de analizar la manifestación como lo que es: una manera de evitar que otro partido que no fuera el socialismo llegara al gobierno.

La plataforma Democracia Real, principal valedora de la acampada, abogaba por la eliminación del bipartidismo en España. El periodista Rubén Amón, con un exquisito manejo de la ironía, dijo: “…ha conseguido su meta: ya sólo hay un partido. El Partido Popular”.

Y viendo algunos comentarios en las redes sociales de los mismos que apoyan la manifestación nos dejan de piedra. Pues extraña es su manera de entender la democracia, llamando lerdos y borregos a los que fuimos libremente y sin presiones a dejar el voto en la urna. Al parecer existe democracia sólo cuando ganan los propios y pretenden la unanimidad de voto y pensamiento. Me recuerda algo que viví 30 años en una isla del Caribe.

Pero el votante español, en su mayoría, ha demostrado ser maduro y abogó por votar, no por quedarse en casa. Ha demostrado que, si bien es verdad que los acampados en Sol tenían (tienen) razón en criticar el bipartidismo imperante en la sociedad española, los verdaderos indignados no estábamos precisamente en la Puerta del Sol sino en las urnas intentando cambiar las cosas con algo más útil que levantar la mano y dejar que voten otros.

Y además demuestra esta votación que no existe voto clasista en España. Ni el partido socialista representa a la clase obrera, ni el Popular es el partido de los ricos y los fachas. Quien grita esto a los cuatro vientos lo hace de forma interesada. La gente con sentido común ha dejado en el pasado esa simplificación manoseada y, en lugar de llamar borregos o lerdos a los que acamparon en la Puerta del Sol, fueron a votar, y más que en las elecciones pasadas.

De todas formas, ojalá esta manifestación sirva para algo que anhelo en este país, y es que los dos grandes partidos, los mismos que hasta ahora han bailado en la política nacional, comprendan que la calle es un poder más, que las redes sociales pueden hacerles muy difícil mantener algunos privilegios que se niegan a cambiar, y que si no se ponen las pilas, muchos de los que desconfiamos de los gobernantes, que tenemos reservas contra el poder, podemos hacer por cambiar las cosas, independientemente de su voluntad. El miedo al electorado es lo que hace cambiar a los políticos y la superación del miedo es parte de la clave del éxito.

Si esto no lo aprenden los políticos, pero sobre todo no lo aprenden los propios indignados, la irritación contenida bajo las casas de campaña en la Puerta del Sol, no habrá servido para nada. Lo peor de este batiburrillo de descontentos, abstencionistas, antisistema, y postulantes del voto en blanco es que es imposible reunirlos en un solo partido o proyecto.

Todo ese voto descontento es como la famosa metáfora del agua y del aceite, que pueden convivir en el mismo recipiente, pero jamás se mezclan entre sí porque saben cómo organizarse pero no alcanzan a ponerse de acuerdo en lo que quieren más allá del infantilismo izquierdista de dinamitar toda la casa para encontrar un premio enterrado bajo el cuarto de baño. Mal empezamos, si queremos cambios, renegando de lo conseguido.

Es una lástima porque a mí también me hartan los grandes partidos y alguien debería comprender desde el Estado, que los presentes en este descontento deberían ser ilusionados de alguna manera dentro del sistema, si piden más democracia habrá que hacer algo, desde la democracia, para darles respuesta dentro de ella y no estigmatizarlos hacia la frontera.

De todas maneras por la reacción de llamar borregos y lerdos a los que sí creen en ella, aún tengo dudas de que quieran una respuesta dentro del sistema. Y es que la usurpación del espacio público no garantiza la bondad de las ideas de los usurpadores. No sé si algún día lleguen a entender que se debe mantener el espíritu de protesta pero madurar (y moderar) el discurso.

Sí, como ellos, yo (y montones de amigos descontentos) quiero cambiar muchas cosas, pero no dinamitar el sistema que tiene más beneficios que fallas. Hagamos por reparar las grietas, y tumbar una pared si está inservible, pero no destruyamos la casa donde todos convivimos, y que tanto le costó levantar a nuestros padres y abuelos.

Y por favor, seamos serios, a una manifestación se le llama manifestación. Por más que la llamen Spanish Revolution (Revolución Española), ha quedado absuelta por falta de pruebas.

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