Una batalla de percepciones

| Marzo 5, 2012

Dijo una vez Eduard Punset, citando a su vez a Gary Marcus en su obra Kluge, que el cerebro es un mal gestor de nuestros recuerdos. La idea es bastante atrevida teniendo en cuenta los múltiples lugares comunes que se cuentan en la calle sobre el uso y el conocimiento de él por parte del mundo científico; aunque por atrevida y provocadora, no deja de tener algo de cierto.

Recuerdo: en casi todas las dinámicas de grupo que se realizan para seleccionar nuevos trabajadores en las grandes empresas se usan ejercicios prácticos. El más recurrente es aquel de contar un rumor al oído de una sola persona, que lo cuenta a otra igualmente en secreto, y así hasta el final, dando la vuelta a todo el grupo.

La idea de este juego es que el comentario final que sale a la luz pública no tiene absolutamente nada que ver con el rumor que se contó al oído del primer participante, y lo que intenta demostrar son las limitaciones que tenemos los seres humanos para la escucha, cuando en realidad el verdadero problema no es la escucha sino la percepción de la realidad.

Cualquier persona mentalmente sana sabe que todo lo que vemos, escuchamos o apreciamos por nuestros sentidos, no se recuerda; si acaso, una pequeña parte de esa realidad. La idea es lógica visto desde la perspectiva Marcus-Punsetiana, porque el cerebro no tiene la misión, en nuestra imperfecta maquinaria humana, de recordarlo todo, sino de hacernos subsistir en un medio agreste y cambiante.

Nuestro disco duro neuronal se encarga de gestionar por nosotros lo que considera importante, marcando los momentos necesarios que nos ayudan a mantenernos vivos y evitar peligros y obstáculos incómodos. Es bueno para olvidar lo malo, pero chapucera, (según los científicos) para afianzar los recuerdos.

Bien es cierto, que si no fuera así, no seríamos la especie que está en lo más alto de la escala evolutiva, ni siquiera habríamos llegado al presente, porque habríamos dejado de existir hace siglos. Un ser humano que lo recuerda todo, absolutamente todo, es una imperfección de la anatomía cerebral del ser humano; dicho en otras palabras, sería un inútil disfuncional porque no podría, siquiera, orientarse en una realidad en constante cambio.

Al minuto de haber pasado por un lugar, este ha dejado de ser exactamente el mismo, porque hay miles de detalles insignificantes para el cerebro, que serían imposibles de evitar si lo recordara todo.

Si comprendemos esto, si somos capaces de aceptar que tenemos esta inmensa capacidad de poder discriminar una realidad dinámica y dialéctica, más aptos estaremos para sobrevivir en ella, y sobre todo, para tener la mente abierta al conocimiento, tan diverso, que está constantemente ante nuestros ojos.

Muchos definen al marketing con una norma que lo describe a sí mismo, no como una batalla de productos, sino como una batalla de percepciones. Y sí, en realidad lo es. La verdad es una batalla de percepciones, porque la realidad que apreciamos y terminamos aceptando es un cúmulo de asimilaciones tamizadas en base a unas normas, un aprendizaje y una cultura previas de las cuales cuesta muchas veces escapar.

El gran reto de un ser humano, la gran capacidad que demostraría su inteligencia y que lo otorgaría un grado de sabiduría superior, se alcanza cuando es capaz de sobreponerse a ese aprendizaje previo, cuando sea capaz de vislumbrar una verdad contraria, más allá de lo que cree que es su propia verdad asumida.

Para lograr ser más justos y, sobre todo, más sabios se recomienda desconfiar de lo que sabemos, tener la mente abierta a argumentos más allá de aquellos a los que nos aferramos, que son apenas una parte de la realidad en forma de percepción. Y una percepción instalada en la mente, se interpreta como una verdad universal, cuando en realidad es apenas una parte ínfima de ella.

Así que lo principal por ahora es desconfiar de nuestras propias percepciones. Pueden estar equivocadas.

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  • Daniel:

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