Volar con enigmáticas historias de otros mundos

| Enero 30, 2011

No debería decirlo pero el ser humano se alimenta de muchas desilusiones. Estamos a la espera de príncipes azules o princesas rosas, viviendo en un mundo donde creemos todo perfectamente ordenado y a nuestro control, pero siempre poniendo esperanzas en que algo que existe más allá nos saque de la aborrecible cotidianeidad de nuestro mundo.

Por eso nos inventamos argumentos fantasiosos para extraños hechos y circunstancias que nos rodean. Que si a Kennedy lo mató una conspiración de difícil descubrimiento, que si las pirámides de Egipto o de México las construyeron seres del extramundo universal, que si el mundo está siendo gobernado por un club de nombre impronunciable que se reúne cada año para trazar las pautas a los estados del planeta, que si Jesús de Nazareth, el Kraken, el monstruo del lago Ness, Ovnis, Roswell, y así miles de ellas.

Pero no está mal del todo. En el fondo es bueno que echemos a volar nuestra imaginación de cuando en cuando. Es bueno (con suficiente mesura) que nuestra mente se despegue de nuestro cuerpo a veces, para ir más allá de nuestro agotador entorno.

Fue lo que hicimos con la historia del piano que apareció una mañana en la bahía de Miami. En un pequeño islote, en medio del mar, un piano que representan tantas cosas bellas dejando a todos con las ganas de saber sobre un mito moderno.

La repercusión de la noticia, la publicación de la foto en revistas y periódicos de todo el mundo agigantó aún más la especulación de un hecho bastante insólito y en parte inexplicable.

Un piano, que simboliza al arte, al creador, a la persona que ha decidido escapar a otro mundo para dejar en evidencias las imperfecciones de éste.

Para hacer más grande el misterio el piano estaba quemado, como reminiscencias pasadas de una historia de amor-odio contra alguien o algo. Como si un rencor nacido de una atracción aún más grande hubiera hecho mella en el alma de un ser humano que la emprendió contra un símbolo antes que emprenderla contra otro ser humano, quizás el causante de su resentimiento contra el mundo.

O quizás un artista, un creador desengañado como yo, o cualesquiera de muchos que conozco, que se cansó de este mundo cruel y decidió enfrentarse a lo que le ha creado su desesperanza, en un mundo donde estamos obligados a vivir bajo la tiranía de las normas, sin alas, sin deseos de sacar la armadura para luchar contra molinos en una llanura que se extiende a todo el planeta.

Tiene la historia además otras implicaciones menos universales pero igual de emotivas para mí. Aparece en una playa de Miami, una ciudad donde los cubanos han fabricado por años un sueño que les escamotearon en su propia tierra. Y lo han hecho cruzando el mar, el mismo que ahora expone este nuevo mito. Siendo yo mismo cubano, me obliga esta historia a mil ideas imparables sobre un sueño que se hace realidad más allá de nuestro mundo.

Pero claro, no iba a quedar aquí el misterio. Un insensato jovencito de 16 años salió a los medios descifrando que él había colocado el piano para deshacerse de él. La noche anterior, en una fiesta donde estaban todos pasados de tragos, alguien tuvo la idea de quemar el viejo piano de la abuela que se desgataba en un sótano sin que sirviera para nada.

¡Vaya, hombre! ¡Qué decepción! Al final toda la atractiva y misteriosa historia del piano de Miami no es más que la broma pesada de un grupo de borrachos. Y yo que estaba haciendo los preparativos de mi novela sobre el tema.

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