La creación artística y ciertas paradojas del amor perdido

| enero 24, 2016

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recuerdos pasadosVivir o escribir: he aquí uno de los conflictos que plantea la serie The Affair; Conflicto, quizás no tan válido, según mi experiencia, como verdadera paradoja, pero muy auténtico para muchísimos creadores, sumidos en una permanente creatividad mental y verbal, aunque escasamente productiva en términos materiales.

Noah, el protagonista de la serie, está en una sequía creativa importante, y su exsuegro Bruce, un escritor superventas, se ha percatado que a Noah le afecta la pérdida de una amante, que lo ha dejado tocado y perdido. “Me parece a mí, le dice Bruce en un momento, que esta chica puede haber sido tu musa, y ahora que se ha ido, tienes miedo a la página en blanco. Tienes que usar esa desilusión, hijo. Si sabes cómo usarla, realmente podrás producir algo que merezca la pena leer esta vez.”

A continuación, le cuenta una historia de cuando aún no era famoso, de una estudiante, nada llamativa y más bien apagada y poco atractiva, que “tenía algo” que le iluminó, le deslizó el suelo de forma tan brusca e inesperada que pensó abandonar toda su vida anterior, esposa, hija, y trabajo. “Sentí que había sido un sonámbulo toda mi vida, y que de repente, estaba muy despierto” le dijo finalmente.

Pero Bruce le dice también que visualizó por un instante el futuro con aquella chica; que se vio triste, pobre y enjaulado en un pequeño apartamento con su novia y con pocas opciones de salir adelante y finalmente renunció a ella para crear una novela con lo vivido que lo catapultó como novelista y lo llevó a la nominación al premio Pulitzer.

Probablemente el gran conflicto de la creatividad, más allá de las inherencias propias de conocer el oficio, está en esa búsqueda de ideas para producir. Quien crea cultura teme no poder un día tener la cordura, el medio o simplemente sus órganos vitales en buen funcionamiento para poder hacerlo; pero si se tiene todo esto, muchos temen con verdadero pavor a la falta de ideas, de elementos que incentiven la génesis del arte.

Y aquí cómo muchas veces el desengaño, la desilusión, la tristeza pueden ser grandes fuentes de creatividad literaria, y si me apuran, de casi cualquier actividad creativa que vincule la cultura. El hecho de que algo nos suma en la nostalgia, nos obligue a cierta soledad obligada e inevitable, a una búsqueda reflexiva del porqué de las cosas pasadas, sea la muerte de alguien querido, un desengaño amoroso, o algo tan simple como la antipatía hacia otro, puede llevar a los que tienen cierto conocimiento de su oficio creativo, a reflejar meritoriamente lo vivido en sus creaciones.

Lo peor de la posible paradoja de vivir y escribir es que muchas veces la musa de la creación no está tanto en la existencia o motivos  de una persona sino en la ausencia de ellos. Y en esto, por desgracia, si bien hay ejemplos de musas que se mantuvieron junto a sus creadores, la mayoría de las grandes creaciones ficcionales vienen de la pérdida, el alejamiento, la ausencia (intencional o no) de un amor sublimado y, casi seguro, irreal si se hubiera consumado hasta el final.

Desde La novela de Genji, y pasando por cientos de poetas donde me conmueve de forma especial Antonio Machado y su “Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar” llorando en versos la muerte de su esposa, hasta The Affair, hay innumerables momentos en que el dolor provoca las mejores creaciones humanas.

Un ejemplo que me gusta reiterar es aquella magnífica sabiduría que expresa el maestro del filme Pollo con ciruelas, cuando acusa al alumno que aprende el violín de excesivo tecnicismo y poca pasión. Y hubiera sido así siempre hasta que el aprendiz pierde a su amada: “…aquella que has perdido estará en cada nota que toques, será tu aliento y tu suspiro. Ese amor es precioso, porque es eterno.», le dice el maestro como forma de consolación, si es que existe algún consuelo en perder lo que amas.

Para los que se atreven con historias poderosas y no temen a la complejidad no dejen de lado la novela Hermosos y malditos, de Francis Scott Fitzgerald, una de esas inolvidables historias nacidas de describir la propia autodestrucción entre el autor norteamericano y su amante Zelda, donde el amor es tan poderoso como la toxicidad de estar juntos.

Y es autodestrucción lo que parece sentir a ratos Bruce, cuando en The Affair, Noah, le pregunta si en todos los años posteriores ha vuelto a pensar en aquella chica sin brillo que lo había iluminado en sus años como profesor; la respuesta de Bruce es descorazonadora: “Todos los putos días.”

Aquí no parece haber escapatoria: podrás crear obras magníficas e imperecederas con el recuerdo de un amor inolvidable e imposible, pero vivirás eternamente con el tormento del recuerdo de lo que pudo haber sido. ¿Es que hay otra solución para quién crea?

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