Matterhorn. Tocar las teclas correctas en el momento adecuado

| enero 31, 2016

MatterhornDurante algún tiempo creí que existía una lógica o justicia universal; una especie de mecanismo mediante el cual todo lo que debe estar en un sitio estará por mor de cierto equilibrio que pone cada cosa en su lugar. Es un pensamiento bello, que nos permite vivir.

No parece ser así; no parece existir una justicia universal, más allá del hombre, que repartiría absoluciones o castigos según nuestros actos diarios. Para poder creer en ello, mi argumentario debería empezar por dejar de ser agnóstico e inclinarme algo más a la existencia de un Dios (ni siquiera me cuestiono si justo o no) que no encaja en mi concepción de la vida.

Viendo Matterhorn, la exquisita película de 2013, del director Diederik Ebbinge, me obliga a reflexionar sobre el tema y otros que no esperaba. Entre tantas reflexiones que me asaltan, es que más allá de ese inexistente karma que dosifica la bondad y la maldad según nuestros actos, puede haber una especie de medidor mental o moral, si se quiere, que nos obliga (exceptuando ciertas sicopatías) en momentos concretos a repensar nuestros actos y actuar en función de ellos, y quizás intentando enderezar aquellos actos que desviamos en el pasado.

Se suele decir que hay personas que, más allá de sus virtudes o defectos, tienen la capacidad de tocar ciertos resortes emocionales que nos cambian la vida. Lo curioso de esta lógica universal es que ni es lógica, ni es universal. La persona que para ti es el fundamento de todas las cosas, para muchos a tu alrededor no significa nada, y puede que hasta sea lo contrario, un saco de defectos y cosas negativas del que hay que salir huyendo.

En esta película holandesa, sin desvelar demasiado el argumento, esta máxima se convierte en tesis y demostración. Un tipo excesivamente religioso, que vive una vida aburrida, milimetrada y llena de moralidad (quizás escasamente divina), tiene un encontronazo con otro personaje por un conflicto de caridad. El encuentro va a tener para ambos efectos devastadores; con la fuerza de un huracán (por las consecuencias) pero con la delicadeza de una hoja que cae en otoño (suave e inevitable) Theo y Fred van a despertar en el otro el resorte que hace ¡click! en el universo emocional del otro.

Cuando se hace buen cine todo cuenta, y en Matterhorn, sería crimen de lesa cinematografía, quitar o poner nada más. Hace tiempo no veía una película tan redonda, tan perfecta, tan delicada en sus veladas sugerencias, su fina ironía y humor disimulado, pero reflexivamente aplastante.

En el cine por excelencia, aquel que intenta ir más allá del puro espectáculo, hasta los silencios cuentan, y en este filme cada escena, cada cuadro, cada ceja que mueven los personajes tiene un objetivo concreto; hacernos dudar de lo que vemos, obligarnos a recordar que las apariencias son, muchas veces, materia para la ilusión, que no todo lo que se ve es lo que parece, y que hay que indagar en las vidas de la gente para intentar conocerlos sin juzgar, y sobre todo perdonar.

Esta película inclasificable, tiene la rara virtud de obligarnos a observar cada escena con una lupa en la mano. Además de una historia de la que ansiamos ver el final, añade a cada milimetraje evidencias físicas que refuerzan aquellos cambios argumentales que dan peso a su historia: desde la forma de caminar, la forma de hablar, de rechazar o recibir un abrazo, todo cuenta para llevarnos a una escena, casi al final, donde todas nuestras convicciones se ven abocadas a un profundo examen de lo que hemos asistido como testigos.

Una vez, una amiga (ella sabe quién), me dijo que hay que dar segundas oportunidades, y por más que hubo situaciones contradictorias y ambiguas entre nosotros, siempre me tendía la mano para esa segunda oportunidad, que ella creía que yo debía merecer. Su persistencia me cambió; hoy en día juzgo menos y escucho más, porque ella logró provocar en mí lo que la película avisa. Es muy llamativo el mismo inicio, desde que vemos un autobús solitario en medio de la nada,  y una frase de Johan Sebastian Bach que, aunque originalmente era para la música, se convierte en el leitmotiv de Matterhorn:

No es difícil. Todo lo que hay que hacer es presionar las teclas correctas en el momento adecuado.

Ahí está todo. Es verdad que la justicia no se fundamenta en mirar a la gente a los ojos, pero a veces es suficiente para cambiarlos.

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