Mustang. La adolescencia secuestrada

| febrero 7, 2016

MustangDijo Godard que el cine es realidad a 24 fotogramas por segundo. En la esfera de lo que sabía, dejó una frase redonda y eficaz, pero que siempre he tomado con pinzas cuando se trata de explicar qué es la ficción.

Más allá de cualquier otra implicación filosófica, cuando se hace ficción, se está contando una mentira, o así lo creemos muchos de los que la creamos, porque instauramos mundos que no existen para emocionar y hacer reflexionar a un público que está dispuesto a creer ese disfraz con que se reviste la realidad.

Mientras veía Mustang, de la realizadora turca Deniz Gamze Ergüven, la rotundidad de este dictamen fue dejando de tomar fuerza para volver a aquella idea de que no es necesario que la ficción cuente una verdad, basta con que la recree, para convertirla en más verdad que la propia realidad. En la hiperrealidad de Baudrillard.

Este filme franco-turco, que representa a Francia a los Oscars, y ganador del Goya a la mejor película extranjera en 2016, es un filme donde la frontera artificial entre realidad y la ficción pierden todo su sentido.

Mustang cuenta la historia de cinco niñas llenas de vitalidad y de ganas de algún pueblo al norte de Estambul a las que la realidad de ser mujeres marca para siempre. Un pueblo pequeño (casi más villorrio) donde tiene mucho más sentido aquella frase del infierno que se esconde en la base de los pueblos pequeños, donde gobierna la ley de la fuerza mayor de la familia, a la que debe supeditarse todo.

Si hubiese que describirla más, es la historia del declive de la felicidad de cinco adolescentes, alegres, llenas de vida, y en camino de descubrir su sensualidad y la fuerza imbatible de su sexo, a los cuales las convenciones sociales, la moral absurda de una época y las barreras sociales y de género, convierten en algo completamente ajeno a lo que deberían haber sido.

Un filme ágil, con un ritmo trepidante y casi loco al inicio, donde la riqueza y la belleza de la vida se respira por los todos lados, con estas cinco hermanas que nos hacen vibrar, estremecernos, pensar en la misión tan importante de traer un ser humano al mundo (en este caso 5) y prepararlo para enfrentarse al mundo tal cual es, sin afeites, sin decorados, ni artificios.

Y así es Mustang, una película que no tiene artificios ni metáforas; con una narrativa descarnada y directa, que nos presenta una realidad de hoy en día en la que no tiene sentido preguntarse dónde empieza la ficción, porque la realidad de los matrimonios pactados existe, y nadie podrá sustraerse a ella; realidad que conlleva el secuestro de la adolescencia para muchas personas, especialmente mujeres.

El filósofo alemán Markus Gabriel, autor del libro Por qué el mundo no existe, cree que la ficción nos muestra la realidad tal cual es. La ficción, dice Gabriel, no es otro mundo, no es una mentira, sino la capacidad de distinguir entre lo esencial y lo no esencial de los fenómenos; y yo estoy por darle la razón.

No todas las historias de ficción tienen la capacidad de mostrarnos lo esencial de la realidad, de mostrarnos la espina dorsal de los hechos que se presentan. Mustang tiene eso y más.

El ritmo ágil y trepidante de esta historia, donde la felicidad y la risa reflexiva y sana comienzan siendo la fuerza rectora, nos va introduciendo poco a poco en una realidad que, aunque conocida, nos parece muy lejana. El filme termina por desdibujarnos la sonrisa a medida que avanzamos hasta introducirnos en una atmósfera lóbrega e irrespirable, nos hace reflexionar sobre nuestro entorno, la capacidad y la pujanza real de nuestras decisiones y preguntarnos por la fuerza de la libertad en nuestra toma de decisiones.

Pocas películas me han obligado a pegarme a la butaca sin apenas pestañear, tanto por su historia, su desparpajo y sencillez para contar, como por el uso tan poderoso de la cámara en mano, como testigo más de esta historia, emocional y deliberadamente más cercana de la realidad que un documental.

Sí, es cierto que la ficción no reproduce la literalidad de lo que existe, no retrata como una fotografía lo que ven nuestros ojos; pero sin dudas instaura un espacio metafórico que permite comprender y advertir mejor el tejido de las cosas reales, pero que no son siempre evidentes.

Mustang, a través de una historia bien contada, a veces sombría y angustiosa, por momentos fresca y optimista, intenta aportar argumentos de un conflicto humano en otro escalón de la realidad; ese donde uno termina por mirar hacia uno y otro lado con cierta suspicacia, porque a veces, sin que lo sepamos con certeza, el enemigo parecer estar en nuestra propia casa.

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