Cuba. El Chip defectuoso

| junio 13, 2010

Hay reflexiones fundamentales que me produjo el documental de Alejandra Aguirre, Voces de un trayecto, donde se consulta la experiencia del exilio de varios artistas cubanos que viven en España. Siendo yo mismo exiliado no debería sorprenderme las tantas cosas en común que me unen a ellos, pero sí, me sorprenden y mucho.

Creía que mi experiencia era única, que mi natural rebote hacia los cubanos que encuentro era una forma peculiar de expresar mi carácter ermitaño y hosco hacia las multitudes ruidosas, pero veo que no.

Consigo darme cuenta que esa mezcla entre atracción y rechazo hacia Cuba y los cubanos es parte consustancial de nuestro carácter, y que tiene un valor incalculable encontrar pensantes comunes, gente con la que se puede hablar de los olores de la isla, de los sabores, los odios, las melancolías, filias y recuerdos.

Pero si ya estás imbuido del país donde vives, si ya te sientes medianamente integrado al país donde ganas para pagar el alquiler, ya no sientes como propios muchos argumentos de gente que viene de donde tú mismo naciste.

Los cubanos de menos de 50 años nos criamos en un medio extraño y peculiar, alejados del mundo real, de la vida tal y como existe en el resto del mundo y que es la vida normal en Bolivia o Suecia, con las diferencias que pueden existir entre ambos países.

Los cubanos, según el cantautor Pavel Urquiza, tenemos un Chip defectuoso en la cabeza. Un chip erróneo, diría yo, que nos hace creer, desde la condición de la insularidad de Cuba, que somos un centro mundial de muchas cosas, que el mundo no puede vivir sin saber de Cuba, que hacemos la mejor salsa, la verdadera literatura y la única política verdadera, entre otras tantas falsas creencias.

Luego la vida, si te da la posibilidad de vivir desde fuera ese nacionalista carácter insular, te hace ponerte en tu sitio, te hace comprender que algunos cubanos aprendemos a mejorar ese Chip defectuoso, a integrarlo de nuevas experiencias que nos ayudan a sobrevivir o vivir de forma normal, adecuada o incluso mejor.

Otros cubanos no, otros viven con la misma jodida pieza imperfecta en el cerebro, esa que les impide ver la realidad como es, que les hace odiar a los franceses, los españoles, los americanos o cualquier otra nacionalidad donde viven, que no comprenden que es él quien debe acomodarse, sin perder sus rasgos propios si le da la gana, pero debe aclimatarse al país donde reside y no sólo el país cambiar hacia él mismo.

Cuando salen de la insularidad embrutecedora se percatan que el mundo es imperfecto –¡menudo descubrimiento!– y en lugar de organizarse en función de ello, mantienen la insularidad como norma. Son esos que desde Barcelona, Berlín o Madrid lucen una camiseta de Che Guevara mientras gritan contra el capitalismo, o que viajan a Panamá para comprar a precios bajos productos que en Cuba venden en el mercado negro, el único verdadero que existe en la isla, o que ejercen sin licencia de dentistas en Hialeah, o venden tamalitos en las calles americanas sin cumplir las normas mínimas de higiene mientras escuchan a todo grito timba cubana.

Tengo la experiencia de cubanos que vienen a Europa y se van a Miami o regresan a Cuba porque no soportan el modo de vida europeo. No sé realmente qué es lo que no soportan, pero sí sé con qué comparan la Europa donde viven; y es con la Cuba de sus cabezas. Esa Cuba, que algunos de los artistas del documental califican de inventada. Una Cuba donde intencionadamente olvidan los defectos, los horribles defectos que tiene la isla, y potencian las virtudes, las muchas virtudes, que tiene.

Y es cierto, todos, o casi todos los cubanos, cuando nos metemos en nuestros problemas diarios del país donde vivimos, nos inventamos unas virtudes que no existían en nuestra isla. Es probablemente un carácter de todo exiliado, pero el cubano además, no tenía punto de comparación previo para sus vivencias de la isla.

Yo también lo viví, no soy ajeno a ello, pero basta regresar alguna vez, basta volver a pisar las calles inmóviles de tu ciudad, vivir las mismas situaciones eternas, los mismos sitios que están detenidos como una foto, en esa Cuba que se ha quedado estancada en el tiempo, enclaustrada en un mundo irreal y ficticio que los que están allí no alcanzan a darse cuenta, para comprender que aquello es un presente perpetuo que no tiene futuro. Y donde lo único que se mueve son los que mueren y los que se van al exilio.

Mi experiencia, pero es sólo la mía, es que a Cuba es mejor extrañarla que vivirla.

Voces de un trayecto from Producciones Atalaya on Vimeo.

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