El amor no es eterno

| enero 25, 2010

Creo que no haya dudas de eso. Pero no es eterno el universo, según algunas teorías científicas, y no es eterno el tiempo, según la teoría de la relatividad, y no lo son muchas más cosas que creíamos eternas.

Pero sí lo es la materia, según dice al marxismo, que no se puede crear ni destruir, pero sí se puede transformar. Y yo tengo dudas de si el amor es, fue, será o pudo ser eterno.

Si amas a alguien puede que lo ames hasta tu muerte, pero en ese caso no es eterno porque termina con ella. Pero si dejas plasmado ese amor en algo que pueda sobrevivirte, un libro, un cuadro, una estatua, un palacio, o algo que se la parezca, quizás lo hagas más duradero. ¿Pero sería eterno?

Me pregunto si es amor lo que Francis Bacon expresó, inspirado por sus amantes, en sus cuadros que hoy parecen eternos; me pregunto si es amor lo que dejó escrito Emile Zola luego de su escisión personal entre dos amores; me pregunto si eterno el amor que inspiró un jovencito apolíneo a Thomas Mann a escribir Muerte en Venecia, y hasta dónde es eterno el amor expresado por Víctor Hugo, siempre obsesionado con su amante Juliette; o si es eterno el Taj Mahal, con el que el emperador Shah Jahan quiso homenajear a su esposa favorita.

El amor, como casi siempre creemos y a menos que se escoja a nuestra pareja con premeditación orientada hacia el bienestar, es una especie de deseo irrefrenable de estar con la otra persona, de querer su bien, de estar en cada momento de su vida para sentirnos a gusto y ayudarla en todo lo que podamos.

Para llegar a este punto debió atraernos físicamente, y debimos haber sentido cierta admiración por ella. Quizás porque es guapo, o porque es el mejor jugador de baloncesto, porque habla como si escribiera poemas, porque nos hace reír a todas horas, o es la más inteligente de la universidad, o un líder nato, o una gran escritora o pianista.

Pero si una relación sobrevive a ese primario deseo irrefrenable, si no sólo es sexo, o aspiración a un futuro de bienestar, el amor debe ir siendo acompañado o sustituido por otros sentimientos, aunque el amor en sí mismo no desaparezca del todo.

Cuando afloran los defectos del otro, cuando la convivencia se hace complicada porque la vida diaria impone sus obstáculos en la relación y cuando hay cientos de dudas y reflexiones sobre la continuidad del amor, tiene que aparecer la comprensión.

La comprensión no siempre sustituye al amor, pero es preferible que lo sustituya si fuera necesario. Es cuando apoyas al otro en algo aun cuando crees que está equivocado, es cuando alientas sus proyectos, cuando le escuchas si sus problemas diarios le sobrepasan.

El problema sería cuando no desaparece el amor pero tu pareja ya no te admira y no te comprende. Cuando tus sueños son pesadillas para el otro; cuando encuentras reprimendas en lugar de apoyo para tu plan de vida; cuando tus argumentos son palabras vacías; cuando tus consejos son seguidos sólo por boca de otros, porque si son tuyos, aunque sean los mismos, no te escuchan, bostezan de aburrimiento, o te interrumpen con brusquedad y antipatía; cuando los celos se alzan sobre el amor; cuando la conversación es una lucha donde gana quien ofende más.

Si ese momento llega ya sabes que el amor, aunque pueda ser eterno, no lo será a su lado. Quizás, y esto es sólo una idea suelta sin argumentos sólidos, la comprensión es parte de la convivencia que termina con la muerte. Pero el amor, queridos míos, el amor para que sea eterno, debe ser carne de cierto sufrimiento y entrega. Si es así –lo que no sé, ni puedo asegurar– quizás haya algún rincón en la eternidad para él, pero yo estoy empezando a dudarlo.

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