Hablar con los muertos

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blankBaltasar Gracián hace mención en su libro El criticón sobre el descubrimiento de la sabiduría a través de una anécdota interesante. El hombre sabio fue encontrado cuando uno de los hombres consultados, expresó que su aspiración para alcanzar la sabiduría estaba en hablar en la mañana con los muertos, hablar en la tarde con los vivos y hablar en la noche consigo mismo.

Descifrar la sabiduría en este hombre fue tan simple como descubrir que hablar con los muertos era aprender todo aquello que ya se sabía desde el inicio de los tiempos, las enseñanzas que están en los libros, en el desarrollo humano y que nos ha permitido llegar hasta el presente. El estudio de la filosofía, la historia, la literatura, las ciencias. Todo esto lo haría en la primera parte de su jornada.

Hablar con los vivos era sencillamente viajar, poner en equilibrio lo aprendido con lo vivido, peregrinar por el mundo conociendo culturas, pueblos, lugares, escuchar historias del imaginario popular y disfrutar de las cosas que nos ofrece el mundo presente.

La tercera parte del día era para hablar consigo mismo, la meditación necesaria sobre lo aprendido viajando y leyendo para poder asimilarlo y expresarlo, aprovechar ese conocimiento adquirido en las dos primeras partes de su vida para crear ahora en la tercera parte ideas propias que a su vez sirvan a otro hombre en el futuro en su primera etapa de la vida.

Estoy en la segunda etapa de mi vida.

He estado a los pies de la torre Eiffel, me he arrodillado ante la catedral de Notre Dame y he paseado en barca por el Sena. Por primera vez he sentido la estrechez del mundo, he sido consciente de que mi lengua materna se quedó pequeña en otro ambiente, que el mundo tiene recovecos que explorar que asentarían los diálogos que tuve con los muertos.

Ya tuve antes el placer de admirar el Cristo de las ampollas, me sorprendí ante el templo de Kukulcánen Chichen Itzá, casi me hago cristiano frente al Cristo de la catedral de Cantabria o el trozo de la cruz que me enseñaron en el monasterio de Santo Toribio de Liébana, pero todo ello fue en mi lengua, con la estrechez que permite moverse dentro de la seguridad del mundo que conocemos.

Hay quien viaja y se vuelve más terco, menos tolerante, incapaz de disfrutar el del mundo en que vive y del mundo al que llega. Pretenden que todo el mundo hable su idioma donde quiera que llegue, se encierran en su cúpula cuando ven que existe un mundo diferente.

Tuve que pedir comida en Tours sin saber francés, tuve que preguntar en inglés y por señas para llegar a la catedral de Notre Dame, subir en autobús o metro por intuición, sentirme impotente en un medio bello pero a medias adverso, para comprender que ya no puedo estar sentado hablando con los muertos.

El mundo está ahí, amplio, libre, diverso, único. La vida es corta, el tiempo pasa, la vejez nos obligará a la meditación más que a la acción física; es momento de salir, es momento de abrir las alas y permitir que la diversidad del mundo nos amplíe la tolerancia. Que la mente vuele hasta el infinito, hacia ese lugar inexplorado que permita crear las bases para llegar a la tercera fase de nuestras vidas, esa en la que debemos hablar con nuestro interior. Allá vamos.aquí

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