Joyce y el Ulises. Indirecto libre, monólogo interior y corriente de pensamiento

| febrero 3, 2022

Entre los críticos e historiadores de la literatura se toma como punto de partida del monólogo interior moderno la novela Han cortado los laureles, de Edouard Dujardin. Este autor, perteneciente a la corriente simbolista lidereada por Stéphane Mallarmé, trató de llevar los preceptos de esta tendencia poética y de las artes plásticas a la narrativa, y en especial a la novela; y lo logró en buena medida. Su novela, necesario es reconocerlo, no está considerada como un ejemplo de gran literatura; se la acusa de superficial y ligera, pero el recurso empleado por Dujardin revolucionaría la escritura narrativa.

Han cortado los laureles, sin embargo, no tuvo la trascendencia que alcanzó una novela posterior escrita con el mismo método narrativo y que aún hoy es motivo de estudios una y otra vez y que cada día se hallan en ella nuevas revelaciones acerca de su argumento: Ulises de James Joyce. Ya en Retrato del artista adolescente Joyce había hecho algunos amagos de utilizar este recurso, pero en Ulises fue donde alcanzó las cotas más altas, y su novela, aunque de difícil lectura, no puede ser ignorada por los que pretenden ejercer la escritura narrativa.

Fue tal su capacidad de exploración del monólogo interior que Dujardin reconoció posteriormente haber sido superado por el talento de este genio. Hay quien considera imposible ir más allá de Joyce en la utilización del monólogo interior y la corriente de conciencia, pero dejemos una puerta abierta a otros posibles genios que puedan descubrir nuevos caminos.

En Ulises Joyce mantiene un narrador omnisciente que va muy cerca de Leopold Bloom, su protagonista. Lo verdaderamente sorprendente en esta novela es que no se utilice marca o signo alguno para darnos la transición de uno a otro. El cambio o muda de punto de vista espacial de tercera a primera persona está apenas separada por un punto y, a pesar de ello, no es posible que el lector se pierda. Veámoslo a través de un ejemplo, pero antes debemos situarnos en tiempo y espacio narrativos.

En el capítulo anterior a este, el señor Bloom fue a una tienda y compró un jabón. Al no encontrar sitio donde guardarlo lo colocó en el bolsillo trasero de su pantalón hasta que llegara a su casa. En el transcurso de esa mañana le informan de la muerte de un conocido a cuyo funeral asiste en compañía de unos compañeros. El inicio de este capítulo es precisamente el momento en que todos ellos entran a un coche. Bloom se da cuenta de que el jabón le molesta mientras está sentado, pero no quiere que sus amigos lo sepan y prefiere esperar un momento mejor para cambiarlo al bolsillo delantero. Van al funeral, pero el señor Bloom está a la vez pensando en hacerle una visita a su hija Milly que no vive con él y su esposa.

Toda esta información la tiene el lector mientras está descifrando la novela y es necesaria para entender lo que en este fragmento sucede.

El señor Power señaló:

–Allí es donde fue asesinado Childs, la última casa.

–Así es –dijo el señor Dedalus–. Un caso horripilante. Seymour Bushe lo sacó. Asesinó a su hermano. O así dicen.

–La acusación careció de pruebas –dijo el señor Power.

–Nada más que presunciones –agregó Martín Cunningham–. Es el principio en que se basa la Ley. Mejor dejar escapar a noventa y nueve culpables antes que condenar erróneamente a una persona inocente.

Miraron. La casa del asesino. Pasó siniestramente. Con las persianas cerradas, sin inquilinos, jardín sin cuidar. Propiedad arruinada. Condenado injustamente. Asesino. La imagen del asesino en el ojo del asesinado. Les gusta leer esas cosas. La cabeza del hombre fue descubierta en un jardín. La vestimenta de ella consistía de. Cómo fue muerta ella. Acababa de ser ultrajada. El arma empleada. El asesino todavía prófugo. Pistas. Un cordón de zapato. El cuerpo será exhumado. El crimen será esclarecido.

Apretados en este coche. A ella podría no gustarle que fuera en esa forma, sin anunciárselo. Hay que tener cuidado con las mujeres. Pescarlas una vez con los calzones bajos. Nunca se lo perdonan a uno después. Quince.

Las altas verjas de Prospects ondearon bajo su mirada. Álamos oscuros, raras formas blancas. Formas más frecuentes, siluetas blancas apiñadas entre los árboles, blancas formas y fragmentos de monumentos pasando como estelas, mudos, prolongando gestos vanos en el aire.

El carruaje raspó ásperamente el cordón de la vereda: se detuvo. Martin Cunningham sacó su brazo y, dando vuelta la manija hacia atrás, abrió la puerta con la rodilla. Descendió. Lo siguieron el señor Power y el señor Dedalus.

Cambia ese jabón ahora. La mano del señor Bloom desabrochó el botón de su bolsillo trasero rápidamente y cambió el jabón envuelto en papel a su bolsillo interno, reservado al pañuelo. Salió del coche, volviendo a poner en su sitio el diario que todavía sostenía con la otra mano.

Entierro mezquino: carroza y tres coches. Es lo mismo. Cordones de acompañamiento, riendas doradas, misa de réquiem, salvas. Pompas de la muerte. Detrás del último coche un vendedor ambulante al lado de su carrito de tortas y fruta. Tortas Simmel son ésas, pegoteadas entre sí, bollos para los muertos. Bizcochos de perro. ¿Quién los comió? Los familiares que salen.

 

Pero Joyce va mucho más allá. Si aquí salta de narrador a personaje sin avisar donde acaba uno y empieza el otro, en el capítulo final de la novela coloca al narrador en la conciencia de Molly, la esposa de Leopold Bloom. Aquí, más que monólogo interior existe lo que se llama corriente de pensamiento, aunque también se le conoce como flujo de pensamiento o de conciencia. Aquí Molly está acostada en su cama recordando varios acontecimientos de su pasado y presente justo antes de dormir. Desaparece el narrador, asistimos a todo lo que se gesta en la mente de Molly, sus más secretos pensamientos; caóticos, libres, espontáneos… Joyce elimina todos los signos de puntuación excepto el que finaliza el largo soliloquio mental, y lo hace para transmitirnos ese caos y esa espontaneidad.

 

Señor recuerdo los tiempos en que podría mandarlo derechamente silbando como un hombre con facilidad oh Señor qué bochinchero supongo que andarán las burbujas por encima como señal de dinero de algún tipo tendré que perfumarla por la mañana no olvidarlo apuesto a que él nunca vio un par de muslos mejor que este son blancos realmente el lugar más suave está aquí entre este pedacito qué suave como un durazno despacio oh Señor no me desagradaría ser hombre y subir sobre una mujer hermosa oh Dios qué bochinche estás haciendo como el lirio de jersey despacio oh cómo caen las aguas en Lahore

 

Algunos creerán que este recurso es muy ingenioso, pero de poca o ninguna aplicación práctica. Se equivocan. Sin ir más lejos, Miguel Delibes escribió la novela Cinco horas con Mario usando esta técnica literaria; y un escritor norteamericano de gran valía como William Faulkner, antes que Delibes, exploraría sus posibilidades en El sonido y la furia.

En la novela de Delibes es necesario aclarar que el monólogo de esta mujer no se dirige a sí misma. Todos sus recuerdos y pensamientos reprimidos, aquellos que ocultó durante tanto tiempo a su marido, ahora los desata en un largo monólogo mientras este yace muerto. Así, más que un monólogo interior, sus pensamientos están expresados en forma de discurso sin contraparte que escuche.

Algunos críticos incluyen en las opciones del monólogo interior una variante que usó Virginia Woolf en varias de sus novelas, muy en especial en La señora Dalloway. Virginia Woolf situó en esta novela un narrador omnisciente en la mente de su personaje, aunque no se atrevió a soltar las riendas del fluir de su conciencia, sino que mantuvo al narrador como intermediario entre el personaje y el lector. A esto se le ha llamado erróneamente monólogo interior en tercera persona.

Ya Flaubert en Madame Bovary había utilizado este método indirecto de presentación del pensamiento y, si bien no debe incluirse –a nuestro juicio– dentro de las modalidades del monólogo interior, es un recurso muy interesante cuando queremos presentar los pensamientos de un personaje sin el caos o el abigarramiento que evidencia aquel.

Este estilo indirecto libre es muy usado en la novela moderna. Los autores del llamado boom de la literatura latinoamericana hicieron de él una práctica recurrente. Un ejemplo de ello está en la novela Coronación de José Donoso, un magnífico escritor nacido en Chile cuya obra no ha tenido todo el reconocimiento que merece:

 

¿Deseaba a Estela? Nada más fácil que obtenerla: era inocente, sola y pobre. Él era rico y muy sabio. Le entregaría todo su saber al conquistarla, la colmaría de dones de todas las clases y de vida desconocida para ella, de entusiasmos nuevos que la enriquecerían. La muchacha llegaría por lo menos a estimarlo y a respetarlo, si no a apasionarse por él. Cincuenta y cuatro años no era, al fin y al cabo, una edad en que es imposible optar por encender un deseo. ¿Sería quizá una acción detestable seducir a una inocencia para que su apetito la consumiera? ¡Pero si llegara a amarlo, y no era imposible, qué altura podría alcanzar la existencia de Estela! Además, él no tenía tiempo para pasar de largo ante esta otra ocasión que significaba su vida. Y después, Estela tendría tanto tiempo para rehacer lo que hubiera que rehacer…

 

De cualquier manera, cada una de estas variantes (estilo indirecto libre, monólogo interior y corriente de pensamiento) son técnicas novedosas que el escritor actual tiene a mano y ayudan a un mayor poder de persuasión del texto y un refuerzo de su verosimilitud.

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