La banalización de la ficción

| febrero 13, 2021

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Un amigo, novelista y que hizo sus pinitos en el mundo audiovisual, me comenta que alguna que otra vez, su pareja le reprende cuando ven juntos alguna serie o filme. Al parecer, mi amigo no puede evitar comentar en voz alta cuando ve errores garrafales en la ficción. Ya le dije que se aguante, pero no sé si yo mismo soy un buen ejemplo de contención cuando veo que maltratan una buena historia de ficción.

El mundo de la ficción se ha banalizado. No me malinterpreten; la ficción desde El poema de Gilgamesh o El libro de los muertos, en Mesopotamia y Egipto antiguos pasando por La Ilíada, La Odisea y El Quijote, en Occidente o Genji Monogatari, en Japón, tenía como objetivo entretener a todos los que entonces podían leer. Y para llegar a convencer a muchas personas y transmitir la moraleja o el mensaje que estas primeras obras de ficción pretendían, había que acomodar el lenguaje y las historias desde los tronos hasta las casonas, y luego a los tugurios.

Pero había algo que, en todas estas obras, alejadas en tiempo y lugar, tenían en común, y es el deseo de imitar la realidad. Aristóteles dejó expresado en La poética, en el que probablemente sea el primer libro de crítica y enseñanza de la ficción, el concepto de Mímesis, es decir, imitación de la realidad, que hoy se ha asentado para todos los que van más allá de escribir o crear cine para los amigos y la familia y pretenden llegar al gran público.

¿Por qué entonces se podría decir que hoy se ha banalizado la ficción? Es simple. Una gran parte de las nuevas series y filmes en todos los medios actuales de transmisión, sea cine o plataformas de streaming han abandonado el rigor inicial de la mímesis. Fíjense en las listas de lo más visto en las plataformas y los filmes que más recaudan y quizás me den la razón.

Pero si aún no estás del todo convencido, vamos a tratar de mostrar algunos ejemplos.

Empecemos por dejar algo por sentado. La ficción es subjetiva. Lo que para mí puede ser una obra maestra en cine o novela, puede constituir una historia insoportable para otros consumidores. Esto hay que asumirlo desde la base. ¿Cómo entonces podemos establecer una norma, un canon por el cual podamos analizar lo que sirve de lo que no lo es? No es sencillo. Pero hay una forma que podría ser sensata para esto. Vamos a tratar de expresarlo: una buena obra de arte de ficción podría ser aquella, que dentro del ámbito de la historia que cuenta y los argumentos que propone, logra crear una realidad propia que logre convencer a mucha gente de que cuenta una verdad razonable o lógica, aunque no retrate la realidad misma. Espero que quede más o menos claro.

Pongamos algún ejemplo. Podemos contar una historia que ocurre en Alfa centauri en el siglo XXIV (esta imagen ya la hemos expresado en otros momentos); para narrar lo que allí contamos no nos sirve la realidad del planeta tierra, en apariencias. Pero al final, a menos que nos inventemos una nueva raza de seres que no existe en nuestro planeta, debemos tratar de crear un mundo que sea accesible, creíble, verosímil para todos los lectores o telespectadores que van a consumir lo que les proponemos. Y aunque creemos seres nuevos, de nada nos sirve que usemos la imaginación para inventarnos un mundo totalmente nuevo, si luego nadie se lo cree. Pensemos en Blade Runner o Star Wars y analiza cuántas similitudes con la tierra y el ser humano tiene el mundo imaginado y creado en esas historias de ficción.

Este principio, que no norma, es mucho más complejo cuánto más nos acerquemos a la realidad misma, esa que está ahí afuera, independiente de la que creamos para nuestra obra de arte. Por eso, si intentamos contar una historia de amor u odio entre dos personas que ocurre en New York, Madrid o La Habana, más debemos tener en cuenta que cuanto más nos alejemos de la realidad, más posibilidades tenemos de equivocar el objetivo principal: convencer a mucha gente de nuestra historia para que reflexionen sobre el conflicto que proponemos.

Es aquí donde, en mi opinión, las ficciones actuales están errando. He visto que aspiran, y en muchos casos lo logran, que el gran público quede hipnotizado por la historia que cuentan, pero no prestan atención a los elementos técnicos que usan para ello. En parte, creo, porque a ese mismo público, le da igual si la historia es creíble o no, lo que le importa es ser entretenido y poco más.

Eso no está mal, en principio, si logras vivir de eso porque mucha gente esté dispuesta a pagar por historias mal contadas, pero indudablemente, será un lastre para la permanencia en el tiempo. A medida que el público vea más historias, llegará un momento (quiero creer) que será más exigente, y lo que ya ha disfrutado le resultará insípido y poco serio si alguna vez vuelve a intentar disfrutarlo en el futuro.

Mi tesis: hay muy buenas historias con excelentes conflictos, que están siendo maltratados en su puesta en escena, porque gran parte del público, no se fija en estas minucias que expreso.

Y pondré ejemplos audiovisuales, porque son los más comunes. En la literatura, si bien basta leerse algunas obras que están ganado premios para reconocer este error, los escritores de novela tienen más cuidado con estos lastres de estructura:

 The Queen’s Gambit (Netflix, 2020)

Una historia magnífica, con un conflicto sugestivo, una propuesta visual exquisita, pero con un trazado de personajes tan bondadosos, tan capaces de pasar por encima de los celos, las envidias profesionales, las marcas que las representaciones sociales o políticas dejan en las personas; en definitiva, tan iguales entre sí, que se vuelven todos increíbles y deja un sabor ñoño y previsible en una serie que podía haber sido una obra maestra.

 

Lovecraft Country (HBO, 2020)

Esta serie tiene el que, probablemente, sea uno de los mejores primeros capítulos de la historia de la ficción televisiva. Con intriga, giros inesperados, unos movimientos de cámara casi perfectos y cambios en la historia que, no por extraños, dejan de ser creíbles. Sin embargo, superada la sorpresa inicial, se convierte en una historia de argumentos mil veces repetidos en la ficción, con personajes que empiezan a realizar acciones contrarias y no justificadas a la caracterización que nos han propuesto y un argumento plano y poco atractivo.

 

 The Undoing (HBO, 2020)

Nominada inexplicablemente a varios premios. Tiene todo para ser una obra maestra: un escritor probado, un elenco de actores que deslumbra con sólo decir sus nombres y un conflicto que mantiene en vilo porque es interesante saber si alguien tan piadoso, perfecto amante, adorable con los niños, entregado a su profesión de ayudar a los demás, es capaz o no de cometer un brutal asesinato. La revelación temprana de este dato escondido, convierte el conflicto inicial en una historia trillada, llena de lugares comunes y actitudes poco creíbles en cada uno de los personajes que, además, se acrecienta con la excesiva dramatización de los actores. Y un capítulo final digno de las peores historias de thriller de la historia del cine.

 

Your Honor (Showtime, 2020)

Otro capítulo inicial de los mejores de la televisión. Con Bryan Cranston, un actor que es sinónimo de calidad allí donde lo encuentres, una serie con varias buenas historias inconexas entre sí que van acoplándose de manera casi perfecta y dejando un argumento principal bien montado y atractivo de un juez célebre por ser prudente e imparcial en sus sentencias. El conflicto viene porque este profesional se ve entre la espada y pared al enfrentarse al deber de cumplir fielmente su trabajo de hacer cumplir la ley o pasar por encima de ella cuando le afecta personalmente.

¿Dónde falla esta serie? La incapacidad para centrarse en el argumento principal abriendo historias y conflictos a destajo provocando que personajes que no tienen ningún motivo para encontrarse en la serie, sean cercanos y tengan una continuación excesiva en pantalla. Llega un momento en que los argumentos secundarios, son tantos y tan excesivamente traídos por los pelos, que se vuelven absurdos e inverosímiles.

Como puedes ver, los errores que señalamos aquí son de estructura, es decir, el tronco fundamental de la historia. Una serie o una película (incluso una novela escrita) pueden tener otro tipo de errores como mostrar anacronismos o similares por descuido, pero salvo para unos muy pocos, esto no afecta a la verosimilitud de la historia.

Pero los errores de estructura, aquellos que se cometen por dejadez, o porque se sabe que el gran público no va mirarlos ni a fijarse en ellos, y que afectan aspectos fundamentales del argumento, no deberían ser pasados por alto, porque nos alejan como creadores, de gran parte del público al que pretendemos convencer.

Por desgracia, esto irá siendo hábito y quizás hasta sea una norma de la ficción en el futuro. Es algo que aquí expresamos y, tememos que de poco servirá mientras siga existiendo un público que necesita historias masticadas en lugar de argumentos de peso que obliguen a un mínimo esfuerzo intelectual. Por lo demás, intentemos hacerlo bien nosotros como creadores y el gran público lo agradecerá.

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