Nomadland. El relato de los excluidos

| abril 17, 2021

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Cuando era aprendiz de historiador en la universidad de La Habana, y ni siquiera sabía que algún día dedicaría mi vida profesional a la novela, tuve que defender El general en su laberinto, frente a un jurado de especialistas de Historia de América Latina. Una de las preguntas del jurado tenía como base la polémica que rodeaba esta novela cuando Gabriel García Márquez la publicó en 1989; ¿Tiene sentido publicar una novela sobre el declive, los años más tenebrosos, de una figura que tuvo una vida llena de momentos gloriosos?

En aquel momento improvisé una respuesta sobre la humanización de las figuras históricas que seguramente yo mismo no me creía del todo. Hoy en día tengo otra réplica más clara y razonada: la ficción, en general, es para mostrar los despojos del alma humana, no su belleza. O mejor, la belleza estética de la ficción es más permanente y poderosa cuando abordamos los problemas humanos y no exclusivamente su solución. Podríamos hacer literatura y cine sólo de las vidas bellas, sobre momentos fastuosos y admirables de un aspirante a santo que jamás tuvo problemas en la vida, o de una pareja de dos niños bellos, perfectos y obedientes que viven en la misma ciudad pulcra de un país sin problemas, se conocen en la universidad, se casan, tienen hijos bellos, perfectos y obedientes que se convierten todos en perfectos dechados de virtudes humanas y útiles a la sociedad y aquellos dos niños nacidos en una ciudad pulcra de un país sin problemas, ahora ancianos, mueren felices rodeados de sus seres queridos. Pero eso no sería ficción, es panfleto.

La reflexión cobra fuerza tras ver la película Nomadland, de la directora de origen chino Chloé Zhao, que como seguramente ya conoces, trata sobre las personas a los que en la vida no les ha ido precisamente bien; seres humanos que, por una niñez difícil, una incapacidad para las relaciones humanas, malas decisiones o simplemente por decisión propia, se ven abocados a la vida en caravana.

La reflexión se impone. ¿Cuál es la necesidad de hacer una película sobre los más jodidos cuando son minoría?

Nadie sensato va a creer que, en el primer mundo, incluso en más de la mitad del resto del mundo, todos vivimos en caravanas y cagamos en cubos, pero esa realidad existe, sale en las noticias de cuando en cuando, y muchas veces forman parte de las estadísticas, pero apenas reparamos en ellos, salvo que pase algo gordo. Y sí, son la materia prima de la ficción.

La ficción son los sufrimientos de Jean Valjean, los conflictos psicológicos de Raskolnikov, la búsqueda del amor perfecto de Emma Bovary, e incluso la bondad natural, que termina siendo excesiva, del príncipe Mishkin que lo hace incómodo a la sociedad. Los libros y filmes que sobreviven a su tiempo y espacio, aquellos que marcan generaciones y devienen clásicos, versan sobre los obstáculos, los problemas y las peripecias para sortearlos, se logre o no.

Esta reflexión de hacer ficción sobre los casos precisos, los excluidos, los que no cuentan o cuentan a ratos, y no sobre la mayoría, me la pude haber hecho antes. De hecho, pensé sobre ella cuando vi el filme Amour, de Michael Haneke, donde el calvario de una pareja de ancianos en su lucha contra el Alzheimer, se convierte en una indagación filosófica de los que llenan cifras, pero no vemos en el día a día en nuestras sociedades.

A propósito de esta inmensa película de Haneke en su momento escribí:

…además de una historia bien contada, una fuerte crítica hacia nosotros, hacia el ser humano, hacia esta criatura que a veces, de tanto meternos en nuestras rutinas, olvidamos las rutinas de los otros; de tanto mirarnos, olvidamos que el espejo es un trozo de vidrio, con una pátina de nitrato de plata detrás, que refleja además, las imágenes de cientos de personas que no salen en las noticias, que no son comentario más que de unos pocos, y que sólo sabemos de ellos, o nos acordamos, cuando sucede la tragedia.

Apunten la misma tesis sobre Nomadland, sólo que en este filme las estadísticas las ponen los parias. Y la paria principal de esta película es Frances McDormand, una actriz de las que uno puede decir: si sale ella es que la película vale la pena. Raro sería que no estuviera nominada a los Oscars.

Escucharás a más de uno decir que Nomadland es una película aburrida, que es tan lenta que se ve crecer la hierba. Y bueno, puede que lo creas tras verla, pero yo, que odio las pajas mentales que de cuando en cuando nos regala Terence Malick, te aseguro que Nomadland es otra cosa. No esperes obviamente un drama de Hollywood, sino una imitación de la realidad, dura, reflexiva, pero tan real como la realidad misma.

 

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  • Emilio:

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