La curiosidad, el morbo y una caja de galletas

| septiembre 15, 2017

Si quieres escuchar en audio:

El cerebro tiene mucho que ver con el destino

(Joaquín Fuster)

 

El morbo y la curiosidad; dos elementos que se ponen en juego cuando reaccionamos ante las prohibiciones. Es la teoría de la escritora española Teresa Viejo a propósito de su novela Animales domésticos y que me ha dejado una de esas reflexiones imposibles de dejar pasar.

No son los únicos, también temor, disciplina, pero ninguno como la atracción malsana (según la RAE) por personas o cosas y la necesidad imperiosa de saber algo, la inclinación a enterarse de cosas que están el terreno de lo ignoto.

Dice Teresa Viejo:

 

La vida nos pone encrucijadas para que demostremos de qué madera estamos hechos. Como aquella caja de galletas de la infancia que esperaba en lo alto del armario. “No la cojas”, advertía mi madre, sin embargo, me faltaba tiempo para ir a por ella cuando desaparecía. Me pregunto cómo reaccionas tú cuando te prohíben algo. ¿Qué harías ante la caja de galletas?»

 

La imagen es muy efectiva. ¿Cómo reaccionamos ante la caja de galletas que nos escondieron en el altillo? ¿Y de qué manera influiría en nuestra forma de reaccionar ante los obstáculos de la vida cuando somos adultos?

Si sabes lo que es la gratificación diferida o aplazada, reconocerás enseguida que la escritora española ha puesto en ficción lo que desde Daniel Goleman se viene hablando como la virtud humana del control de los impulsos, la capacidad intelectual de tener paciencia para obtener una más alta compensación que si nos lanzamos al pozo.

Mostrar al niño un altillo, un escondite para una caja de galletas, probablemente sea una invitación a subirse en la silla, a lanzarse al pozo, rascar en el papel hasta sacar el premio oculto. Por lo menos sería mi caso, pero no tengo en mis recuerdos haber sido demasiado aventurero, aunque algunas trastadas naturales puedo contar que pusieron en juego esa gratificación aplazada, y que no siempre pude cumplir.

Quizás por eso escribo ficción, hurgo en las reacciones humanas, busco el chisme en los personajes desde la capacidad de la imaginación para intentar explicarme reacciones evidentes o furtivas, los motivos claros o inexplicables, esos que no entendemos y que menos argumentos tiene alguien para explicar por qué otros, o uno mismo, hace lo que hace.

Hoy en día muchos de nosotros ni siquiera miraríamos la caja de galletas; o quizás sí, pero de manera menos morbosa, como simple curiosidad, como parte de atestiguar lo que ya sabemos, creemos saber o que simplemente imaginamos. Porque quizás las galletas importan menos.

En una entrevista posterior a la publicación de su novela la escritora dice algo más: “No importaba tanto si comía de la caja de galletas como si la abría y veía qué narices había dentro.”

Creo que aquí está lo más importante: la necesidad de romper una barrera que nos han puesto, de salirse de las normas que parecen ser las únicas lícitas y quizás no sean verdaderas. Incluso, la necesidad (¿Solo morbo?) de saber lo que nos espera luego de romper la norma. ¿Un premio grandioso? ¿Una sesión de sexo sin prejuicios? ¿Un ascenso imprevisto? ¿Muchos clientes? ¿Un castigo anhelado?

Romper las normas es parte del éxito, que sí, que a veces se necesita saltar obstáculos que nadie se atreve y eso no caza demasiado bien con la paciencia, pero es justo complementario. Porque puedes romper las barreras intentando mirar más allá de las orejeras que nos ponen. Cuando se toma una decisión con paciencia y eficacia, tenemos más posibilidades de que esta sea la adecuada si no miramos a mañana y sí a cinco, diez o veinte años delante. Pero no es tan simple hacerlo o todos lo haríamos.

Mirar al futuro lejano y saltar los obstáculos, pero, ojo: que tras el salto hay una autoridad del otro lado que ha impuesto la norma y a la que debemos respeto o, cuando menos, algo de cuidado.

Porque muchos nos empujan a saltar las fronteras y ciertamente, algo interesante habría en salirse de ellas cuando las hemos estudiado al dedillo y conocemos bien sus normas internas, su sentido y las consecuencias que nos trae.

Todos nos dicen que hay que romper las normas para llegar a algún sitio más allá de donde nos permiten, pero nadie nos dice cómo reaccionaría la autoridad (¿Mamá, Papá, Estado, Dios?) cuando supiera que hemos abierto la lata de galletas. Y eso, tienes que aprenderlo también.

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