Sobre el arte de narrar

| febrero 9, 2024

Si quieres escuchar en audio:

En el intervalo de una semana tuve dos debates interesantes sobre la creación. Más concretamente, sobre la percepción que el producto de dicha creación (novela, película, serie) tiene en el público. El primero fue un taller de creación con el nombre de Mario Vargas Llosa, publicitado por Facebook, y entre los tantos comentarios desconcertantes, había algunos que odiaban la prosa del escritor hispano-peruano con adjetivos como “infumable”, “aburrido”, “adormecedor” “sin dirección”, “cansino”.

El otro debate fue un comentario que expuse sobre la calidad de la película Barbie, donde apunté a la curiosa experiencia de que cuando muestras los defectos cinematográficos que puedas ver en el filme, siempre alguien responde con criterios sociopolíticos, donde no falta algún improperio para acusarte de machista. Lo interesante es que, aun cuando en varios momentos expresé mi opinión concreta, alguna antagonista seguía sin verlo…; aunque yo creo que, más bien, no lo comprendía.

Más allá de la liliputiense altura de las debatientes –a lo cual, apenas presté atención, porque me interesaba hablar de lo importante– sí me pareció sugestivo algo que está en el fondo de ambos hechos y que tiene que ver con la creación, y es la capacidad –o incapacidad, según se mire– de escribir para un público concreto.

Alguna vez ya hemos hablado del tema.

Pongámonos en situación: imagina que estás escribiendo un relato y quieres que ese relato sea asequible a una alta ejecutiva de una gran empresa editorial, el propietario de un supermercado formado en ciencias administrativas y una señora de la limpieza con bajo nivel cultural. ¿Qué haces?

La primera piedra que debes poner es aprender a contar historias. Mucha gente que no escribe, o que no realiza algún tipo de labor creativa, piensa que la labor de un narrador empieza cuando le cuentan una historia, el escritor la escribe tal como es en un momento inspirativo en la orilla de una playa o una adorable casa en la campiña, y ya existe un texto literario. Cuando en realidad, no son conscientes de lo difícil que es contar bien una historia.

Suelo citar un ejemplo muy demostrativo de cómo el arte narrativo puede ser interpretado de disímiles maneras. Cuando se estrenó el filme Fresa y chocolate varios amigos intentamos organizar varios visionados en diferentes recintos y organismos cubanos para gente que quería verla y no tenía como hacerlo. Aunque el filme no estaba prohibido de manera oficial y se había estrenado en el Festival de Cine de La Habana, no se había hecho el menos esfuerzo de llevarla a los cines para el gran público y queríamos que la gente a nuestro alrededor no se viera privada del mensaje de tolerancia que aportaba el filme de Tomás Gutiérrez Alea.

La sorpresa de mi amigo y mía fue la doble interpretación que la película tenía en el público. En Cuba, salvo excepciones, la mayoría entendió el conflicto entre David y Diego, como el de un heterosexual y un homosexual, que pueden ser amigos aceptándose más allá de su condición sexual. Al contrario, ya viviendo en Europa, en las conversaciones que tuve con amigos españoles, franceses o de otras nacionalidades, esta idea se diluía. ¿Por qué? Para ellos el debate de la orientación sexual era cosa del pasado. En sus países no había discriminación sexual, ni oficial ni evidente, y entendían el conflicto como el de un comprensivo partidario al gobierno cubano y un disidente al mismo régimen, que pueden ser amigos más allá de sus ideas políticas.

Ahora, imagina por un minuto que eres el guionista o el director del filme, y piensa el reto que implica contar esa historia y que tu mensaje pueda ser asimilado de dos maneras diferentes.

Es muy difícil contar una historia. Lo ha sido siempre, pero hoy en día supone un reto mayor para llegar a un público que apenas lee clásicos, mayormente formado en un entorno digital, consumidor de pantallas y elementos audiovisuales, y cuyo entorno cultural principal es un cine de superhéroes, de muy escasa calidad en la conformación de una trama narrativa; y, para más inri, un público habituado a polarizar sus opiniones, porque ven el mundo en blanco y negro, y sus argumentos suelen ser categóricos y sin dejar cabida a la duda.

Contar una historia no es repetir lo que ves o lo que te cuentan. Leon Surmelian ha escrito que la realidad es un caos. No existe un orden literario en la cotidianeidad; recibimos información de manera incoherente, hablamos decenas de tonterías y hacemos mil labores intrascendentes.

Quien quiere contar bien una historia debe tener como primer reto, escoger de ese caos los elementos que son necesarios para la historia que se quiere relatar. Si enumeras todos los detalles aburres, si te falta alguno no se entenderá la historia o se recibirá un mensaje diferente al que pretendes.

Luego, debe saber manejar las palabras del idioma en que escribe. Como otras veces he dicho, no se entiende igual si digo: “He visto la luz del sol sobre un par de zapatos viejos al amanecer” que, “Me sorprendí al amanecer viendo agotarse una vida en un rayo de sol que acariciaba un par de zapatos viejos”.

Por desgracia –o quizás es una fortuna–, no todos los lectores actuales están listos para frases con cierta elaboración como la segunda; y digo por fortuna porque no existe un solo tipo de lector. Si no hubiese tantos tipos de lectores no habría espacio para tantos estilos, géneros y formas de escritura. Pero quien se ha regocijado con clásicos pretende repetir la experiencia con los escritores contemporáneos, y rara vez, puede refrendar ese placer.

Algo que ya he apuntado alguna que otra vez, es que muchos –y no pocos– de los actuales más vendidos, repiten una fórmula muy básica de la escritura, que es hacer oraciones cortas –a veces exageradamente cortas– y evitan todo tipo de embellecimiento o subordinada en la oración, incluso cuando es necesario para que el lector reciba una corriente subterránea de sentido diferente a la frase literal. Además, mucha de esa novela más vendida suele poseer argumentos y estructuras narrativas donde no existen incertidumbres, interpretaciones subliminales, ni tramas complejas de variados mensajes. Todo debe ser claro, directo y masticado.

Y bien, no hay nada criticable en saber a qué lector te diriges y darle lo que quiere. De hecho, se puede y se debe aspirar a que nuestra obra literaria sea asimilada y entendida por la mayoría de los que nos van a leer y, para ello, es recomendable tratar de escribir con un lenguaje asequible a la ejecutiva, el empresario y la señora de la limpieza que antes apuntaba.

Pero no deja de ser triste, incluso descorazonador, que, tras varios siglos de conocimiento, hemos llegado a un mundo donde tenemos la mayor cantidad de información nunca vista en la palma de nuestras manos y no pasemos de utilizar esa inmensa virtud para consumir y comunicar mensajes simples y compartir fotos de mascotas.

¿Qué intento decir? Como escritor, puedes escoger un público al que dirigirte y tratar de convencerlo; es lícito y es una de tantas formas de focalización de tu escritura. Si este es tu método, y no sueles cambiar de registro creativo, te recomiendo que identifiques a un lector tipo, concreto, como hace Stephen King con su mujer y le escribas a ese lector que pretendes convencer y agradar.

Por mi parte, prefiero no cerrarme espacios creativos. Intento que esa corriente subterránea de sentido que permite el arte y la literatura, sea lo más amplia posible. Aunque seamos conscientes de que existe un tipo de lector más reacio y menos dispuesto a la complejidad. Y da igual que lo intentes convencer argumentalmente, porque no está dispuesto a escuchar más allá de lo que puede comprender. Aún así, hay que seguir intentando.

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