Violín Rojo. Historia de una obsesión atemporal

| diciembre 22, 2013

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Uno de los aspectos más atractivos, de los cientos que se estudian en la mente humana y su capacidad para ejercer la creación, tiene que ver con las obsesiones. Los que ejercen algún tipo de creatividad habrán vivido el hecho de que una idea no les abandona y todo lo que ven, todo lo que viven, todo lo que le cuentan, les lleva a aquello que están creando.

No tiene misterio, según la neurociencia. El cerebro de un creador, especialmente cuando está obsesionado con su universo creativo, tiene la capacidad de establecer conexiones entre dos elementos que aparentemente no tienen relación entre sí. El cerebro no creativo puede ver dos o más elementos dispares, incoherentes, de características aparentemente incomprensibles y, sin embargo, un creador puede agrupar esos elementos hasta el punto de generar una emoción, y luego encontrar un lenguaje capaz de transmitirla.

José Antonio Marina le llama a este proceso, la «Inteligencia generadora» y la distingue como la capacidad del cerebro para «sintetizar elementos incoherentes y responder a ellos con una emoción.» La inteligencia generadora, concluye, «reconoce con gran habilidad relaciones ocultas, implícitas, patrones.»[1] Y para ejemplificar su argumento utiliza un verso de Lautréamont, que luego ha sido clave en el surgimiento y desarrollo del Surrealismo: «Tan hermoso como el encuentro casual de un paraguas y una máquina de coser sobre la mesa de un quirófano».

En mi caso, cada cierto tiempo advierto una recurrencia a las obsesiones. A mi alrededor, sea por un libro, un vídeo o película o alguien que conozco personalmente, advierto obsesiones por doquier. Y no estoy seguro si son realmente obsesiones de otros o mías, de cierto grado de mi propia «inteligencia generadora» para encontrar vínculos aparentemente inexistentes.

Recuerdo un comentario de la serie Rubicon, donde Will, el curioso analista de datos que trabaja para el gobierno, le dice a su compañera de trabajo que existen dos tipos de miedo: uno que paraliza, no deja avanzar y otro que mueve a seguir adelante no importan las consecuencias.

Una apostilla parecida se puede expresar de las obsesiones. Existen obsesiones que nos llevan a trabajar, a hacer cosas útiles y nos mueven a avanzar aun cuando tenemos decenas de voces invitándonos a descansar y decenas de obstáculos que impiden avanzar.

Otra obsesión no detiene al que la siente, pero puede convertirlos en locos, desequilibrados que los centra en el objetivo y hace olvidar la moralidad de los medios para alcanzarlo; y hasta podría llegar a paralizarlos.

Quizás, Violín Rojo (Le violon rouge o The Red Violin) de François Girard, es la historia de un término medio entre ambas. No puedo comentar cuál es la principal obsesión de esta increíble película sin desvelar algo importante, así que me limito a poner proa sobre sus cualidades intentando mantenerme al margen de contar el secreto más importante que encierra; pero va a ser difícil que no desvele algo sin percatarme. Así que, si quieres ver el filme y te preocupan los destripes, mejor para de leer y regresa luego de disfrutarlo.

Alguna vez comenté por hablando de la serie Homeland, la diferencia entre una decisión que nos obliga a la reflexión constante y una obsesión.

A grandes rasgos, un conflicto superficial en la vida diaria se vuelve sugestivo para la ficción por la intensidad con que la enfrenta el personaje. Aprobar un examen no es cuestión de vida o muerte, pero si el personaje se empecina en ello, deja de dormir por estrés, toma píldoras para dormir y otras contra el insomnio, trata mal a su familia y descuida su apariencia personal, su pequeño conflicto personal que no tiene importancia se vuelve obsesión y la obsesión le hace ir más allá de lo razonable.

Cuando doy clases sobre escritura, muchas veces encuentro escritores noveles que dicen no saber sobre qué escribir, pero que no quieren abandonar su deseo de ejercer esta profesión ingrata. Más allá de la paradoja absurda de un escritor que quiere escribir pero no encuentra inspiración, siempre digo lo mismo: crea un personaje atractivo y búscale una obsesión. Puedo asegurar que, salvo casos graves, suele dar muy buenos resultados.

Le violon rouge cuenta una de estas obsesiones. Toda la historia comienza en el siglo XVII con Anna, esposa de Niccolo Bussotti, un peculiar fabricante de violines. Anna quiere conocer el futuro de su parto y de su hijo a través de la consulta del Tarot.

Las cinco cartas que Anna escoge están bocabajo sobre la mesa de la bruja y, a medida que se van descubriendo, asistimos a cinco futuras historias en varios países con un argumento común: un violín de color rojo que ha sido fabricado por Bussotti, obsesionado a su vez con hacer el violín perfecto.

El instrumento, por circunstancias diversas, pasa de mano en mano y como un testigo, como si fuera el mismo narrador, asistimos a las consecuencias que provoca su presencia en las familias a las que llega y luego abandona.

Le violon rouge, es una película increíble, plurilingüe, multirracial, llena de referencias estéticas y argumentaciones pasionales. Con una alusión muy directa a las obsesiones que ciegan, que desequilibran, que nos provocan insomnio, amor, odio, actos generosos o egoístas; en resumidas cuentas, hechos normales de la vida que se vuelven extremos por una persistencia individual, que en este caso, pasa por conseguir el violín rojo fabricado por Bussotti.

Como no podía ser diferente, la película tiene una banda sonora espectacular, con música para violín –obviamente– pero no sólo; y un metraje amplísimo –130 minutos– que, sin embargo, no agotan.

Desde el momento que adviertes que algo sombrío se oculta tras la historia del violín, algo obscuro que angustia a tantos, no puedes parar de preguntarte qué sucederá con el siguiente poseedor.

Si tuviéramos que preguntarnos algo sobre el argumento de la película sería por qué el director escoge estas historias para contar las múltiples obsesiones, y no otras por dónde pasa el violín, pero esto sería otra película.

De entre todas las historias, las más llamativas, desde mi punto de vista, son la de la mujer amante de la música que debe esconder su amor por el arte y los instrumentos fabricados en Occidente, en medio de la revolución cultural China, y la otra es la que cierra el filme, de un especialista e historiador que tasa instrumentos para casas de subastas que parece ser el único que valora el violín por algo más que su valor musical o sentimental.

Quizás también podríamos preguntarnos el motivo de algún tipo de desbalance o desequilibrio del argumento principal. La película consta de varias historias: en unas es primordial el motivo inicial y general de la película y que imprime todo el filme, en otras historias este argumento general es consumido por el propio de la historia que cuenta y que el violín pretende determinar. Pero tendría dudas si esto lo aprecio sólo yo, y no el resto de espectadores.

Como sea, Le violon rouge es de esas películas que, con sus mínimos desperfectos que muy pocos advertiremos, no deja impasible a nadie. Es una película increíble, maravillosa, hecha para despertarnos la reflexión, nuestro sentido del amor, del odio, de la bondad, la maldad o simplemente obliga a fijarnos en el deseo de hacer cosas nuevas; en cómo encarar los sueños y deseos que pueden ser metas normales que alcanzar u obsesiones nocivas que sosegar. Una película que guardaré para volver a disfrutar, esta vez conociendo el dato escondido desde el principio. Sin dudas, me dará nuevos argumentos para reflexionar.

——

[1] Marina José Antonio Pombo Álvaro. La Creatividad Literaria. 1ª ed. Barcelona: Ariel; 2013.

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