Editorial El Barco Ebrio. La eternidad en un paso

| diciembre 2, 2011

La única verdad es que el NO es la respuesta esperada: es más o menos la forma en que los buenos amigos alientan a quién emprende la carrera de las editoriales con su libro en la mano. Y el amigo recorre pasillos, toca puertas, aborda personas, y sobre todo recibe muchas negativas: No, no y no.

Nadie debería sorprenderse. Para publicar un libro una editorial debe contar con el impreciso criterio anticipativo de que va a venderlo o no se arriesga a publicarlo, y como tendencia general se vende mejor un libro de cualquier bicho viviente que sale en la televisión en el programa de moda y que no sabe escribir o usa negros para hacerlo, que la mejor novela jamás escrita de un autor novel que siempre quiso dedicarse a este oficio de emborronar cuartillas.

Si existiera una base de datos de libros buenos que nunca se publicaron quizás nos sorprendería su excesivo tamaño. O puede que no. A lo mejor todos los libros que tienen algo importante entre sus páginas escogen su propio camino para salir a la luz.

Pero en la realidad cuesta creer que todo sucede de las maneras adecuadas. No todos tienen una madre como Thelma Toole, madre del suicida autor de La conjura de los necios, quien se pateó las editoriales con el libro de su hijo bajo el brazo, ni existen muchos Walker Percy, que se dignan a leer el manuscrito de un desconocido presentado por su madre cuando tienen tantos libros seguros por los que apostar.

No todos tienen un amigo como Max Brod quien, en el lecho de muerte, promete a Kafka destruir sus libros y luego tiene el descaro de traicionar la promesa hecha a su amigo para publicar toda la obra del difunto porque le parecía única y original.

Quién escribe sabe que la publicación de su libro es la mayor parte de las veces una suerte de conjura de varios factores: un libro que valga la pena (ni siquiera tiene que ser bueno, basta que esté bien escrito), unos contactos adecuados y dispuestos a arriesgarse, pero más que nada una suerte que (nunca mejor dicho) no está escrita, una suerte que permite a un autor inédito ganar un concurso literario cuando ya estaba su manuscrito en el cajón de los libros por destruir; es la misma suerte de ser el escogido para un premio porque dos miembros del jurado apuestan por un libro neutral ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo con los propios que defienden.

Si un escritor conoce las formas disparatadas en que se gesta una publicación, si además recibe negativas, desencantos, y todavía sigue escribiendo, su gesto es algo así como un acto de locos. Escribir por placer, por esa suerte de sexo onanista y culpable, por el sueño de que algún día alguien lo leerá, por más que siga recibiendo negativas, con la ilusión de que alguien se atreverá a dar el paso de arriesgar por su libro, tiene algo de belleza intelectual, pero es casi una locura. Y el casi sólo se completa al publicar, porque no todos los que escriben tienen ni los contactos, ni la capacidad de vender su obra, ni la suerte para hacerlo. Y si se llega a conseguir alguno de los tres factores, la publicación no está asegurada, porque la suerte hay que trabajarla, la capacidad para vender es difícil conseguirla para quien escoge esta profesión de solitarios, y los contactos no son eternos.

Pero a la vez está más o menos probado que no se escribe para guardar en las gavetas. Hay que atreverse a exponer nuestras vergüenzas escritas. Y cuando alguien da el paso, si un autor sale con su manuscrito bajo el brazo y se parte las piernas intentando que alguien reconozca lo que tiene que decir, no siempre existe la visión o la escucha adecuada para decirle si su libro merece la pena ser trabajado. Porque las negativas vienen acompañadas de un frío motivo genérico que nada dice al autor, que no sabe si su libro merece unas horas, días o meses de faena intelectual o si no merece ninguna.

Cansados de algunas negativas, de no tener la satisfacción completa con las respuestas positivas, con la seguridad de haber encontrado el método adecuado para recortar gastos, y muy especial, talentosos amigos que saben edificar un edificio de una quimera, decidimos que se podía hacer lo imposible: tener el espacio y los medios para procurar los síes donde otros ofrecen noes; y si la negativa es forzosa, al menos dar motivos concretos para que el autor sepa a qué se enfrenta.

Editorial El Barco Ebrio nace de una quimera, de un imposible del pasado, de la idea cautivadora de un grupo de amigos en un sitio perdido del mundo que dio sus frutos y, como un poema leído se desvaneció en el aire dejando su perfume. Pero el pasado es una fuente esencial para quien sabe encauzar un futuro. Editorial El Barco Ebrio tuvo como base actual una conversación intrascendente entre colegas, una idea que alguien suelta como proyecto al que aspira, una vaga aspiración como tener una cerveza en la nevera luego de un día duro de trabajo: algo que entonces parecía imposible.

La idea dejó entonces de ser sueño, se volvió obsesión, luego proyecto hablado, y finalmente en realidad. Realidad posible porque los medios adecuados están al alcance, la tripulación está disponible y dispuesta, y consta de un plan completo de salida, viaje y llegada a puerto en caso de contratiempos que no se esperan.

Y es que la mejor forma de encauzar una realidad arriesgada es minimizar los impactos de un posible naufragio, y la seguridad de este barco está garantizada con un plan completo para emergencias y una llegada prevista a puerto, cuando en la realidad este es un viaje que no concibe naufragios.

No hablamos de una agrupación de creadores con ideas comunes, no hablamos de un espacio para leernos entre varios soñadores que seguimos cometiendo historias y poemas, ni siquiera de una forma novedosa de publicitar los pecados intelectuales propios o ajenos; hablamos de un edificio real, una arquitectura con armazón de hierro, una idea que se proyecta hacia el futuro con ansias de marcar un límite, de dejar una estaca que defina las ideas de los hechos, los proyectos de las realidades, las quimeras de las acciones.

Editorial El Barco Ebrio es la primera parte de una hazaña mucho mayor, un paso gigante del largo viaje, aquel de la eternidad de Lao Tse. Es una verdad que se sale de los libros y los planos para ofrecer lo que no siempre se tiene cuando se empieza este acto de cometer libros: las entrañas del proceso creativo y editorial y las formas para acceder a él.

¿Ebriedad? Sí, completa. Estamos ebrios en las formas, porque tenemos nuevas actitudes, porque tenemos nuevos métodos, porque cometemos locuras que otros creen imposibles, porque podemos permitirnos riesgos controlados más altos, porque creemos en el viaje más largo realizado.

¿Sobriedad? Sí, completa. Estamos sobrios en las entrañas, porque tenemos nuevas actitudes, y las antiguas están asimiladas y modernizadas, porque tenemos nuevos métodos y los tradicionales están garantizados, porque cometemos locuras que otros creen imposibles con el antídoto de la sensatez en el bolsillo, porque podemos permitirnos riesgos controlados más altos al tener chalecos salvavidas más grandes y mejor preparados, porque creemos en el viaje más largo realizado con la mayor seguridad conocida, porque creemos en la unidad de clasicismo y modernidad.

Aquí estamos, bienvenidos a este viaje, ebrios todos, todos sobrios.

Editorial El Barco Ebrio

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Comentarios (1)

 

  1. Francisco Garcia Gonzalez dice:

    hector, soy un autor cubano que vive en canada, vi tu convocatoria para posible publicaion y me interesaria enviarte unos trabajos para que los valores, pero perdi tus datos.

    Francisco Gracia.

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Últimos comentarios

  • Daniel:

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