Huyendo de la fama

| Febrero 20, 2012

Estoy pensando en dejar de escribir. Metafóricamente hablo de colgar la pluma en una esquina de mi habitación, como un boxeador cuelga para siempre los guantes. Esta misma habitación donde ese duendecillo casi demoníaco (que pretende pasar por musa o genio) me intenta convencer de lo contrario. Claro, si no escribo más lo dejo sin trabajo, y sin la posibilidad de cobrar cuando esto deje dinero alguna vez.

¿Qué ganaría con dejar de escribir?

Para empezar gano tiempo; puedo dejar de levantarme a las seis de la mañana (no estoy muy seguro si dormiré más por estas cosas del reloj hormonal), tendré todas las mañanas para sentarme frente a la tele viendo las noticias de Antena 3, o algún programa rosa que me mantenga informado de los laberínticos pasadizos del corazón del último famoso de moda, o quizás un documental de noticias que se regodea en la interesante vida de las peculiares algas del Índico o la larga vida de una oruga verde de la Garganta de Olduvai. –¡Chupi, qué plan!

Tendría más vida social, ya que no tendré la preocupación de terminar en tiempo ningún artículo o libro alguno. Bebería más cerveza y comería más tapas en bares –¿esto sería bueno a la larga?–, me buscaría un trabajo menos placentero y mejor pagado, que me permita pagarme las cervezas de la primera parte de esta oración.

Después gano salud. Dejaré de estar un mínimo de 10 horas frente al ordenador, con lo cual mi vista mejorará; podré dejar de beber café, que a veces molesta más que me ayuda; mi espalda y mis piernas dejarán de tener las posturas casi kamasútricas a las que a veces me obligo para evitar la apatía.

¿Qué perdería con dejar de escribir?

¡……………………!  ¿ ……………………?  (……………………)  “……………………” «……………………»

Bueno, seguro algo perdería, pero no me acuerdo.

Ahora, lo que de verdad me lleva a pensar lo de evitarle a la Academia Sueca el engorro de escogerme frente a otros autores más conocidos ante mi nominación, es la fama.

Una vez me preguntaron cómo veía el futuro del escritor Hector García Quintana, y dije con total seguridad:

“Un tipo que sale de su casa en las afueras de una gran ciudad para ir a comprar ron y galletitas dulces al supermercado y ve cómo la gente se pelea por sus libros sin conocerlo mientras arrastra su carrito de la compra entre ellos.”

El sueño no he dejado de tenerlo, y aunque sé que lo de que se maten por mis libros tengo toda la vida por delante para lograrlo, lo de mantener el anonimato no va a ser posible, al menos en gran parte.

La noticia de que una revista francesa haya sacado unas escenas subidas de tono (eufemismo para no decir que estaba follando, singando, dándose un homenaje vaginal) de la cantante Adele, apenas una semana después de que se convirtiera en séxtuple ganadora de otros tantos Grammys me reafirma en mi deseo del anonimato futuro.

A ver, se los voy diciendo ya a los medios de comunicación para facilitarles el trabajo: cuando me convierta en el hipermegarreconocido autor de la novela más vendida del idioma español, no quiero secreticos raros por ahí.

No creo que lo tengan muy difícil. Alguna foto debo tener por ahí donde me cuelgan los generosos atributos que me donaron mis padres, o cualquier otra con cara de imbécil encervezado semejantes a las que andan por ahí del actual presidente de España (con ojos de sapo asustado) o del anterior (con cara de fumeta incontrolado). Debo tener un antiguo amigo resentido o exnovia (que no son pocas) que quieran compartir mi fama desde la confrontación, o un vídeo disfrazado de vieja de cuando pretendía hacer de actor en la universidad mientras representaba “Cuando la abuela olvida lo que está contando”, de Senel Paz.

Quizás algún testimonio gráfico de aquella vez que, dándomelas de cantante, subí al escenario con el grupo Heavy “Tendencia” a destrozar el tema Que te trague la tierra, o cualquiera de las escenas subidas de tono (léase de nuevo lo escrito sobre Adele) en algún pasillo o escalera de las residencias (¡vaya eufemismo!) de la universidad de La Habana.

Lo dicho, estoy pensando en dejar de escribir, acojonado porque un día vaya a una entrevista a hablar de mi libro y me encuentre con la portada de una revista donde en lugar de mi libro haya un primer plano de alguna parte de mi cuerpo que no sea precisamente mi cara. ¡Qué horror!

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    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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Escrito por Hector García Quintana