La aterradora comparación con los demás

| julio 7, 2013

podioHe vivido recientemente una circunstancia social extraña. Por motivos que no vienen al caso, tuve una polémica con alguien a propósito de compartir información con terceros que podría perjudicarme.

Hay un matiz, si compartía esa información en realidad no me vería perjudicado directamente, sino con la posibilidad de que, quien obtuviera esa información fuera un competidor más en la carrera hacia algo que yo quería. Yo obtuve la información a mi vez porque alguien me la colocó en el camino, pero con el argumento de que no debía hacerla pública. De acuerdo, no la colgué en mi blog, ni la publiqué en Facebook, aunque ya era previamente pública por otros medios ajenos a mi voluntad. Al principio, mientras no hubo nadie con quien compartir, no hice mucho caso del tema. Pero en el momento en que a un tercero le hizo falta, me entraron las dudas.

No soy émulo del príncipe Mishkin –más conocido como El idiota–, si personas que no me aprecian, incluso alguno que me ve como un rival peligroso (no entiendo bien por qué) necesitan algo de mí, seguramente lo haría sin ganas y dejando a salvo parte de mi intimidad, y resguardando lo mejor de lo que poseo. Lo he hecho (y volvería a hacerlo) más de una vez con gente que me ha decepcionado. Pero si alguien a quien aprecio o respeto, necesita algo que le pueda hacer avanzar y pueda dejarme en la mitad del camino, no me importaría compartirlo, si luego estamos en igualdad de condiciones para enfrentarnos a la experiencia.

No ha sido fácil aceptarlo, pero hoy, más que un aprendizaje es una incorporación más a mi forma de ver la vida. Alguna vez fui también medio ruin y escondí informaciones útiles sólo para mí. Negué cosas (por el avaro placer de ser el poseedor de ellas) a personas que quizás las pudieron necesitar, pero en el duro bregar de la vida en este mundo complejo, obtuve algunas sabidurías que muchos todavía no han aprendido:

Lo principal es que no todos somos iguales. Lo somos ante la ley, pero nunca ante la vida. Si eres mejor que yo como informático, filósofo o carpintero, mereces el mejor puesto y yo ocuparé gustoso el segundo. Porque tú serás más útil que yo haciendo el mismo trabajo. O eso espero de ti.

Otra enseñanza es que, por más que se me resista, aquello que anhelo, lo consigo igual. Le guste o le pesen a los demás, me demore o lo consiga al momento, pero inevitablemente, en algún momento, lo voy a conseguir. No es voluntarismo, es aprendizaje.

No me rompo tercamente la cabeza contra un muro porque mi cabeza no es (hasta dónde he podido comprobar) más dura que una pared de ladrillos. Pero mientras unos dan la vuelta porque no pueden pasar y otros se destrozan la crisma contra el muro, yo busco una puerta que abrir, o una grieta por donde escalar.

Por tanto, no me pidas, en mi comparación con otros, en la (para muchos) aterradora e inevitable comparación con terceros, que esconda lo mejor de mí. No me alcanza el tiempo para luchar contra ellos o esconderle lo que pueden encontrar por su cuenta. Hace un tiempo vi mi futuro, más allá de diez años hacia delante, y ninguno de los que me envidian o detestan (alguno habrá por ahí) estaba en él. ¿Para qué preocuparme?

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