La verdad de Casandra

| junio 13, 2011

Por Carina Ruggiero y Hector García Quintana

Me llamas escritor de tercera, consideras que nada nuevo tengo que deba ser escuchado, que soy poco menos que un renegado de su tierra que pretende escribir como una novelista rosa, pero sin su talento. Que debería callarme y meterme mis pensamientos en una bota, porque mis metáforas son apenas un dolor de ojos y oídos para mentes inteligentes.

Me consideras un ladrón. Un venido a menos que destroza textos de otros para hacer un Frankestein disfrazado de Marilyn que no puede esconder sus defectos a los demás.

Te cuento, honorable, tienes razón en varias cosas, y si quieres (y aunque no quieras) te lo explico.

Conocí las palabras por primera vez, y por algún motivo declamaba poemas a gritos, silenciosas plegarias mentales y canciones que componía en estado de melancolía. Descubrir las letras no calmaron mis baladros, más bien los amplificaron. Las letras se reproducían como mosquitos por todo mi cuerpo. Se gestaban en el núcleo de mis células y sus embriones crecían sobre el pecho clavándome una y otra vez sus aguijones en el alma.

Alguna vez luché por sostener mi autonomía, alejar los disparatados caprichos de esas figuras del abecedario, porque no me dejaban en paz dictándome cuentos, historias y frases como si fuese un médium forzado a escucharlas. Incluso en las horas de sueño insistían en fastidiarme aglomerándose en la garganta, anudándose en mi estómago y empañando mi escasa lucidez.

Ya no puedo negarlo: padezco de trastorno múltiple de la personalidad desde aquella noche que desperté, y saturado de aquel desorden encerrado de vocablos, decidí liberarlos. Tomé un lápiz y con ambas manos traspasé sus mensajes sobre servilletas de papel, hojas de calendarios, papelitos de caramelos… y ya no pude dejar de escribir. De ese modo me convertí en su cómplice. En un cleptómano desvergonzado incapaz de despreciar los tesoros que me ofrecen.

Tienes razón en que soy un renegado porque no busco aprobaciones temporales de gente que me aplaude cuando me ven pasar con mi libro bajo el brazo. Seamos sinceros. No tengo nada contra otros cantos. No tengo nada contra los que están en un gran trono de rapsoda donde dicen lo que creen que quiere su audiencia finita. Expresan en alta voz un discurso de aquello que ya dijo Aristóteles y lo repiten añadiendo algo de su cosecha patriótica. Mientras, unos pocos aplauden y ocultan la misericordia que sienten por aquel grito limosnero, y callan la verdad del barro que sostiene los pies de ese trono. Es un canto, como otros cantos, lo respeto y me callo.

Tienes razón en que escribo como una novelista rosa, si es escribir como me da la gana, como me piden las entrañas, o el alma, y no como dicen las normas trazadas por otros rapsodas que deciden lo que subsiste, o lo que no. ¿Cómo podría rechazar el placer de acariciar con mi pluma la pasión de los enamorados, el aroma que exhalan los jazmines, los matices del otoño y el hambre de los pobres?

Tienes razón en que no tengo talento. Soy apenas contador de experiencias personales, alguien que expresa sentimientos, que no busca aplauso, aprobación o misericordia. Escribo lo que me da la gana, como me da la gana e intento expresar, como la adivina Casandra, una verdad que está a los ojos de todos sin pensar en que te gusta o te deja de gustar. Simplemente escribo como me sale del alma; unas veces bien, otras veces (casi siempre) mal, pero con la sinceridad de que nada me importa más que decir lo que me sale de las entrañas.

Tienes razón en que soy ladrón. Las palabras entrenaron mis sentidos. Conspiraron entre sí para adiestrarme en la apropiación ilegal de sentimientos ajenos, convirtiéndome en el mal escritor que me acusas, pero en un sobresaliente usurpador de sensaciones.

He recogido impresiones del mundo entero sin moverme de casa y no niego culpabilidad en el delito de gozar de los misterios del viento, las rocas y los ríos. Asumo la expropiación del esfuerzo del labriego, de la inocencia de los niños y del cansancio dichoso de los amantes. Reconozco haberme convertido en una sanguijuela insaciable. En un mosquito que succiona impunemente la esencia de las cosas hasta adueñarse de su alma. Pero no puedo evitarlo… simplemente la magia fluye, y mis dedos danzan sobre el papel al compás de las letras.

Soy –mirado desde la grandeza de tu trono, según tu criterio de gran valedor de las escrituras de otros– muy malo, extremadamente, desastrosamente malo, pero olvidas que soy ESCRITOR.

Sólo existo como Casandra, casi maldito, para expresar la verdad de los sentimientos, no para que me aplaudan por ellos.

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Últimos comentarios

  • Daniel:

    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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Escrito por Hector García Quintana