Pienso mal, luego, existo.

| Julio 1, 2009

La frase que se lee arriba debería entenderse como: Pienso mal, por lo tanto, existo. ¿Has conocido alguien así? Yo sí, y te aseguro que es horrible entenderse mínimamente con alguien que tenga como pauta esa forma de asumir la vida.

Las relaciones sociales es una de las asignaturas más complicadas que existe. No es posible llevarse bien con todos, siquiera hacerse entender de una manera mininamente razonable. Puedes tener un grupo con los que compartes ideas y con el que te sientes a gusto, otro con el que no tienes ideas comunes pero sí te entiendes perfectamente, sin embargo hay un grupo con el que jamás, hagas lo que hagas, podrás tener una conversación razonable. Cuando intentas ejercer un poco de sentido común éstos pueden entender tus argumentos como fanatizados o, por el contrario, faltos de carácter, y los hay que simplemente no aceptan otros argumentos que los propios. Pero estos del “piensa mal” son de los más difíciles de sobrellevar en una relación humana tradicional.

El “piensa mal y acertarás” debe tener un tope. No se puede encarar la vida con el argumento de que el hombre –o la mujer– es malo por naturaleza y hay que llevar un cuchillo en los dientes para que todos sean conscientes de que estamos dispuestos a usarlo en la menor ocasión.

Como norma general estos del “piensa mal” adoran a los animales, pero no de la forma tradicional de “¡qué lindo mi gatito!”, sino que aman a sus animales en contraposición a los seres humanos. ¿Recuerdan la frase “Cuánto más conozco al ser humano más amo mi perro”? Pues la frase encierra una incapacidad del ser humano de establecer relaciones humanas normales con el resto de su entorno social. He sabido de personas que asumen el amor de un animal como la única forma de aceptar que no haya nadie que contravenga su voluntad. “Mi gatito (o mi perrito) no me haría daño como lo haría mucha gente”. Y sí, es verdad, el animal acepta la supremacía del dueño; no entiende de normas sociales ni de educación formal ni de buen gusto o argumentos de lo políticamente correcto. Simplemente se deja gobernar sin cuestionar, sin poner peros ni obstáculos a nuestros deseos.

Pero la verdad, la única y efectiva verdad es que la persona que así argumenta su vida tiene internamente una incapacidad manifiesta para encarar el mundo en que vive tal y como es, pretende que el mundo se adapte a sí misma pero jamás se adapta al mundo como es en realidad. El mundo como lo quiero y no como es en realidad.

Por suerte –y para desgracia de estos del “piensa mal”– lo único que tienen en común los seres humanos es su diversidad. Hay personas positivas, negativas, con maldad, con bondad, insidiosas, abiertas, celosas, liberales, depresivas, eufóricas, pero no se puede asegurar que la buena siempre estará disponible para nuestros deseos, ni que la mala no esté dispuesta a ayudarnos en temas que ni esperábamos que lo hiciera; o que la celosa nos sorprenda dejándonos libres, o que la liberal se nos presente como celosa. Esa es la vida, con tintes, claroscuros, pespuntes grises, imposible de apreciar pura, inmaculada.

Cuando a quienes tienes a tu alrededor les resulta imposible apreciar los actos buenos, simplemente como actos buenos, y tratan de indagar segundas y terceras intenciones oscuras y mezquinas en todo lo que haces o hacen los demás, la vida es imposible de vivir en paz y tranquilidad.

Los seres humanos anhelamos la felicidad. Ojo, digo la felicidad, no el bienestar, que puede ser un grado de la felicidad pero no la felicidad misma. La felicidad es algo intangible y personal, subjetivo como pocas cosas. Un cantante de salsa que malvivía en Nueva York dijo una vez que si moría sin llegar a ser un salsero famoso o reconocido, le quedaría al menos la felicidad de haberse ido de este mundo luchando por las cosas en las que creía. Para muchos esta sería una forma estúpida de felicidad, pero esa es su felicidad, no la del empresario exitoso de tres coches y familia numerosa ni la del asceta de una montaña en el Tíbet.

En resumidas cuentas esa felicidad a la que aspiramos no puede ser completa cuando te rodean personas negativas, llenando tu vida de un impulso maligno, cargado de subjetividad ladina y superficial, atacando cada minuto al mundo por ser como es, difamando cada segundo de todos sus conocidos, abriendo frentes de guerra en cada paso que ejecutan.

La solución, la única solución posible es corta el mal de raíz. Los seres humanos somos, en el fondo, medio ingenuos como para creer que las personas que queremos son como las ven nuestros ojos y no como son en realidad. A eso tenemos que sobreponernos, nuestra felicidad está en juego.

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Comentarios (1)

 

  1. Esperanza E. Serrano dice:

    Saludos.
    Muy bueno su comentario!
    Creo que de alguna manera todos alguna vez en la vida nos hemos enamorado o hemos compartido un proyecto con la persona equivocada.
    El pesimista debe buscar a otro pesimista para juntos lanzarse por el abismo de la autolástima y de la autodestrucción, caminos que no conducen a nada bueno.
    El optimista cae en la trampa y se convierte en victima de un pesimista cuando cree que puede arrastrarlo consigo a alguna parte. La persona optimista cuando por equivocación cae, si de verdad es optimista, se levanta, se sacude el polvo y sigue para alante, intentando de nuevo alcanzar la cumbre dando el gran salto de su vida.
    Esperanza E Serrano

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