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En 1976, el novelista Walker Percy, mientras daba clases de literatura en la universidad de Loyola empezó a recibir llamadas telefónicas de una desconocida. Lo que la mujer le proponía, pensaba él, era absurdo. No se trataba de que ella hubiera escrito un par de capítulos de una novela y quisiera asistir a sus clases. Quería que leyera una novela entera que había escrito su hijo a principios de la década de 1960. Un hijo que se había suicidado 11 años antes.
—¿Y por qué iba a querer yo hacer tal cosa? —le preguntó el escritor.
—Porque es una gran novela —contestó ella.
Cuenta Percy que, con los años, llegó a ser muy hábil en rehusar hacer lo que no deseaba. Y algo que no deseaba era tratar con la madre de un novelista muerto; y menos aún leer aquel manuscrito, grande, según le dijo ella que era una copia a papel carbón, apenas legible.
Pero la señora insistió. Un buen día se presentó en su despacho y le entregó el voluminoso manuscrito. El escritor cuenta que no tenía salida; sólo quedaba una esperanza: leer unas cuantas páginas y comprobar que era lo bastante malo como para no tener que seguir leyendo. Por su experiencia, solía bastarle con leer el primer párrafo. Su único temor, cuenta Percy, era que la novela no fuera lo suficientemente mala o fuera lo bastante buena y tuviera que seguir leyendo.
Empezó; el primer párrafo era bueno, siguió leyendo. La primera página le pareció decorosa, y la segunda buena y la tercera muy buena, y siguió y siguió. Mientras leía tenía la sensación, dijo Percy, de que no era tan mala como para dejarlo; luego, siguió leyendo con afán e interés; después con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: “no era posible que fuera tan buena”, pensó.
Todo esto lo cuenta Walker Percy en el prólogo de la novela A Confederacy of Dunces (La conjura de los necios), de John Kennedy Toole. Cuando la terminó la recomendó a la editorial de la Universidad de Luisiana y terminó desempeñando un papel decisivo en que viera la luz. Cuando se publicó en Estados Unidos, la novela fue un éxito muy lento, aunque sostenido: pasó de la resistencia editorial al boca a boca, luego al prestigio crítico, y terminó convirtiéndose en un libro de culto y en un éxito de ventas, hasta ganar el Pulitzer en 1981.
Pero a este éxito lento y pausado contribuyó otro hecho que ocurre a 8000 kilómetros de la Universidad de Loyola en otro idioma y con unas circunstancias muy diferentes. La historia la cuenta el editor, traductor y escritor, Enrique Murillo en su libro Personaje secundario.
Hacia finales de 1980, Jorge Herralde, fundador de una editorial no excesivamente conocida entonces, citó a Enrique Murillo en su despacho. Murillo había comenzado a trabajar, de casualidad, como traductor para Anagrama, dado que un amigo que ya lo hacía previamente, agotado de su trabajo y deseando cambiar de aires, no podía terminar de traducir una biografía inmensa sobre James Joyce y se la ofreció a Murillo.
Pero esto es otra historia.
Regresando al despacho de Jorge Herralde en 1980, el editor le cuenta a Enrique Murillo que le han ofrecido un libro que narra una anécdota en la que cierto joven autor norteamericano, al terminar una novela, fue ofreciéndola sucesivamente a diversas editoriales, y ninguna quiso publicarla. Decepcionado tras muchos rechazos, el escritor se suicidó y su madre, triste pero convencida de la inmensa calidad de la novela de su hijo, se puso infructuosamente a buscar editor, hasta que alguien le dijo que iba a publicarlo.
Como sé que eres muy inteligente te has percatado que le estaba resumiendo el prólogo de Walker Percy que antes os he comentado.
—Es una historia muy buena —le dijo el editor barcelonés a Murillo, no hablando de lo que contaba la novela sino de lo que contaba el prólogo de Percy. Quería publicarlo en Anagrama, pero estaba preocupado de lo grueso que era el libro.
—Imagina lo cara que será la traducción —terminó diciendo.
Pero al mismo tiempo quería que alguien le diera su opinión de la novela y estaba dispuesto a pagar por el informe de lectura.
Murillo aclara que en aquel momento se percató de que había algo que estaba naciendo en el mundo editorial español y es el concepto de que una editorial buscara libros que se vendieran o que, cuando menos, recuperasen lo que se invertía en ellos.
—Que no cuesten un ojo de la cara porque el dinero importa —le vino a decir Herralde.
Si has leído Personaje secundario, el libro de Enrique Murillo, llegado a este momento de la lectura uno ya sabe que el autor no tenía en aquel entonces mucha idea del mundo editorial y aún menos de los aspectos comerciales que lo rodean. Murillo reconoce que era sí, un gran lector y era capaz de hacerlo en varios idiomas, hasta de novelas que nunca se habían publicado en español y a él lo divertían mucho, y que tenía una especie de sexto sentido o intuición sobre lo que era una buena o mala novela, pero no si podía ser una novela vendible.
De hecho, su volumen de lecturas en 1980 era inmenso y ecléctico porque, según él mismo cuenta, había leído desde todo tipo de libros marxistas hasta novelas reconocidas en el mundo anglosajón pasando por todo tipo de ensayos inentendibles de lo que en francés se llama “lengua de palo” sobre literatura. Había logrado, incluso traducir al español algunas novelas que habían sido publicadas en España, pero de lo que no tenía idea, era de que si un libro debía ser publicado y menos si iba a tener éxito. Y no revelo ningún secreto; el propio Murillo lo reconoce.
De todo eso yo no tenía ni idea. Seguía siendo un adolescente mental que creía que la edición consistía en publicar sólo obras gloriosas, obras maestras, y todo eso.
En cualquier caso, me iban a pagar por leer, y esta vez una novela, lo que me parecía casi un privilegio, aunque se tratara de leer una novela larguísima por unas migajas. Es obvio que yo no sabía nada de nada en cuanto a lo que un libro vendía o no, y menos acerca de cuánto suponía vender mucho para un libro extenso cuya traducción iba a ser cara.[1]
Murillo dice que entregó el informe donde escribió que, tal como deseaba saber el editor, era una novela que sí gustaría a muchos lectores y que esa opinión llevó a Herralde a hacer una oferta muy jugosa a la universidad de Loyola por el libro de Kennedy Toole. A él no le informaron, aclara Murillo, y es normal dado que no tenía ningún poder ni cargo en la empresa, pero sí es consciente de que la decisión de la editorial se basó en lo que contó de la novela ya que apenas hubo tiempo tras su informe de que nadie más leyera el original para reforzar o contradecir su criterio.
Hablando de ese informe, y como influyó en la decisión de Herralde de publicar la novela, comenta Murillo:
¿Por qué se le pasó ese pánico a publicar un libro cuya traducción sería tan cara, de un autor absolutamente desconocido que, encima, estaba muerto y no podía hacer promoción? Hablé sobre todo del humor, dije que te reías a carcajada limpia. Y, además, mencioné el espíritu del libro, de lo que me pareció que era su mayor virtud: la irreverencia sistemática, la burla desternillante, (…) la mofa de todo lo sagrado, desde la buena educación y ser libre y sin prejuicios que era el narrador, que además podía provocar la carcajada a cada frase por la brutalidad de sus comentarios. No lo escribí así, no puedo recordar los detalles. Pero recuerdo perfectamente que la palabra clave, el concepto que me parecía definitivo para explicar por qué esa novela iba a gustar en España, era el espíritu anarcoide del autor y de su protagonista. Dije que, siendo los españoles tan anarquistas de corazón, nos partiríamos de risa con ese monumento a la irreverencia, como de hecho me había ocurrido leyendo. Siendo poco amantes del trabajo, adoraríamos a aquel personaje que era metafísicamente holgazán. Siendo comilones, disfrutaríamos con cada atracón. Estando un poco hartos ya de tanto progresismo, de tanta americana de pana y rostro de barba recortadita socialdemócrata, estaríamos encantados de zambullirnos en aquel océano de desdén por toda clase de compromiso político, de todo esfuerzo de identificación social. [Ibid., 101.]
Dice también que el libro lo divirtió mucho. Y que las risas que le provocó despertaron en él ciertos recuerdos, que no sabían si eran conscientes, porque imaginó que muchos otros lectores españoles iban a reaccionar igual que él, tal vez recordando las Travesuras de Guillermo, de Richmal Crompton. Las historias de Guillermo Brown, un niño inquieto que siempre está tramando aventuras junto con su pandilla «Los Proscritos», llegó a España a mediados de la década de 1940 alcanzando una gran popularidad. Todos los niños de esa generación y posteriores lo leyeron, manteniéndose en el imaginario colectivo a través de varias adaptaciones literarias y de películas.
Enrique Murillo, de paso compara también la forma de narrar de la novela La conjura de los necios con Gargantúa y Pantagruel, porque John Kennedy Toole, creía Murillo, se había soltado a la hora de contar ciertos placeres que disfrutaba su personaje, tan poco amigo de comportarse como un adulto.
Dice Murillo:
Ese anarquismo feroz y desenfadado sería bienvenido en nuestro país pues, en el fondo de nuestro corazón, los españoles odiamos la autoridad, preferimos hacer lo que nos da la gana, comer a dos carrillos y eructar sonoramente. Es decir, que era una lectura liberadora, fiel a nuestros peores y más auténticos instintos. [Ibid., 102.]
En este proceso de decidir algo en lo que no se consideraba experto, Murillo explica que aprendió algo importante sobre los aspectos que los lectores editoriales utilizan cuando deben valorar el potencial de ventas de cualquier título. Un lector, un editor, sólo posee su propia experiencia personal como lector y como observador de la sociedad en la que vive para ayudarse en la tarea imposible de intuir cuál sería la recepción que podría tener un libro. A partir de esa subjetividad, el editor decide lo que vale de lo que no.
Y aquí hay dos cosas interesantes que marcan lo que quería comentaros hoy. Yo leí La conjura de los necios alrededor del año 2000, par de años antes o par de años después, no lo puedo asegurar y con mi formación cubana, mis años de lectura y mi experiencia como escritor (que en aquel entonces era todavía mínima como autor publicado) la novela no me pareció gran cosa. Sé que colegas y amigos cubanos la leyeron con placer, pero otros pensaron como yo, que era una novela divertida, pero no tan buena para tanto revuelo que tenía entre crítica y público.
Y aquí vuelvo a un aspecto que habla Murillo sobre la calidad y las ventas porque al parecer, él también consideró que la novela no era para tanto, a pesar de haber dado su informe positivo para la publicación. Y dice:
Hubiese podido extenderme en el informe acerca de la arquitectura muy frágil de la novela desde un punto de vista narrativo. O mencionar que era una obra regida por la estética del exceso, como excesivas hasta la extenuación eran a veces las frases inacabables y repetitivas del narrador. Pero no lo hice porque no me pareció que fuera eso lo que quería saber Jorge Herralde. No pidió un análisis literario; yo debía simplemente darle motivos para apoyar o no la publicación, y no por criterios literarios sino comerciales. Aprendí la lección. [Ibid., 102-103.]
Para no extenderme, la traducción española de la novela salió publicada en Anagrama a comienzos del verano de 1982 y, ya en agosto, Jorge Herralde escribe a Sergio Pitol que «La conjura de los necios» había sido un éxito tan tremendo que la 2a edición hecha en septiembre (un mes después) se había agotado en tres días y en ese momento estaba haciendo la 3a a toda prisa porque los “libreros histéricos” no paraban de llamar pidiendo más ejemplares.
El éxito de ventas obtenido por La conjura de los necios era tan inmenso que había dejado muy pequeño el de las novelas más vendidas del momento en España, que eran las del ciclo Ripley de Patricia Highsmith. Si éstas vendieron con el tiempo algunas decenas de miles, La conjura de los necios las superó en muchos centenares de miles, en sus muy diversas ediciones y formatos.
¿Te imaginas la suerte que tuvo Herralde, Anagrama, el lector español, la madre de Kennedy Toole y suma aquí a quién quieras, de que la publicación del libro haya sido una decisión de un lector concreto como Enrique Murillo y no uno con experiencia profesional?
A veces, (lo explica muy bien la neurociencia de la creatividad) los que saben mucho sobre un tema, se encierran en un círculo vicioso y actúan en función de su experiencia, y esperan que algo que analizan, cumpla con esa experiencia y terminan dando lo mismos pasos que “se deberían hacer”, pero no se salen de ese “deberían” para pensar de forma diferente. Un científico que no sabe por qué el experimento no sale, un escritor que se bloquea en un capítulo, un músico que no encuentra la nota que le satisface o un pintor que emborrona el lienzo sin encontrar el trazo que desea.
Y viene un neófito, un amigo que no tiene ni idea de lo que hace, el hijo del artista o el científico que le dice: “¿y por qué no haces esto?” Y ofrece la opinión más fácil, absurda, e ilógica, y termina siendo la solución ideal.
Y si lo analizas con detalle este fenómeno es aún más controvertido e interesante si piensas que varios años más tarde el mismo Murillo, con más experiencia y ya curtido como lector profesional, reconocido como editor y traductor, rechazó la publicación de dos libros que se convirtieron en superventas. No supo ver el potencial editorial de El infinito en un junco, de Irene Vallejo y La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.
Por eso me impacta aún más como Murillo cuenta, medio sorprendido por su influencia en el éxito de La conjura y en el despegue de Anagrama. En la narración que hace en esas memorias él mismo parece desconcertado por el hecho y lo intenta explicar de esta manera:
Que, efectivamente, la respuesta de los lectores fuera de un entusiasmo casi desproporcionado no es algo que adiviné gracias a mi sexto sentido. En cualquier caso, lo que no pude ni siquiera imaginar es que esa novela acabaría vendiendo cientos de miles de ejemplares en lengua española y no sólo en España, sino también en América Latina, más que en ningún otro país o idioma del mundo, y que acabaría siendo la columna vertebral financiera de la empresa Anagrama S. A. durante unos cuantos años, el libro cuyas reimpresiones (cada una de decenas de miles de ejemplares) lo sostenía todo. ¿Cómo se me hubiese podido ocurrir? [Ibid., 103.]
Hay decenas, quizás centenares de ejemplos de cómo la casualidad, el azar ha jugado un papel importante a favor de una obra de arte, de una empresa, de un proyecto cualquiera. Ya en su momento hablamos por aquí del cantante Sixto Rodríguez y de la fotógrafa Vivian Maier. Y no sé si alguna vez he explicado la anécdota que cuenta Walter Isaacson de cómo un error de memoria (o no) influyó en que Steve Jobs provocara al ingeniero Bill Atkinson para que las ventanas del sistema operativo del primer MAC pudieran superponerse unas sobre otras.
Y aquí yo me pregunto si es suficiente tener talento, ser osado, inteligente, escribir o pintar bien, o también hay que tener suerte. ¿Qué crees?
[1] Enrique Murillo, Personaje secundario: La oscura trastienda de la edición (Madrid: Trama editorial, 2025), 100.