Veía los comentarios de una chica muy maja e inteligente hablando de varios clásicos literarios.
Opinaba que no soporta a Joyce. La montaña mágica, de Thomas Man le parece, además, de sobrevalorada, soporífera. Y El Quijote,de Cervantes, por muchas veces que ha intentado leerlo, la saca del relato y le aburre.
Hasta aquí no hay nada que objetar. Las opiniones sobre gustos artísticos y literarios (y ya que estamos sobre casi cualquier cosa) son como las huellas digitales. En otros países se refieren a otra parte del cuerpo que está donde termina la espalda, pero al final es lo mismo: todos tenemos opiniones y no todas son iguales. Todos tenemos derecho a entretenernos con Cervantes, Corín Tellado o Bad Bunny, es cuestión de gustos y…, preparación, ¡sí también!
Sin embargo, si la opinión y el gusto son libres, hay argumentos que no lo son. Lo mejor es dejar claro que el criterio de sobrevaloración no es subjetivo. Se sobrevalora algo cuando tiene menor valor del que se le otorga, y la novela de Mann tiene el valor que merece, a pesar de que pueda no gustarnos.
Y si en el título de la queja se opina que “la academia apesta”, las opiniones dejan de serlo para formar parte de una argumentación que se intenta convertir en verdad universal. Cuando culpas a la Academia de premiar la profundidad de unos clásicos por encima de la sencillez de otros, o de establecer un canon literario que tú entiendes, pero no aceptas porque no disfrutas, el problema no es de la Academia, es tuyo. Y te explico por qué.
Cuando hablo de leer ficción no me canso de recomendar el libro Contra la lectura, de Mikita Brottman. Tengo la impresión de que algunos que lo critican no lo han entendido; o no lo han leído, que todo es posible.
La hipótesis de su libro es que no es obligatorio leer. Y estoy de acuerdo, si no es lo tuyo no te desgastes tratando de aclarar que no lo haces. La lectura no nos hace mejores, ni más felices ni más inteligentes. Pero Brottman sí recomienda leer; y los argumentos que expone de por qué es mejor leer que no hacerlo, no te los voy a expresar aquí, al menos no todos. Si has llegado hasta aquí, ya los conoces. Y como dice Fernando Savater: no sé qué decir a los demás para convencerlos de lo bueno que es; si pruebas el jamón de Jabugo, ya no podrás abandonarlo[1], por más que para muchos sea un sabor adquirido. Es improductivo explicar a otros por qué es bueno leer como el jamón de Jabugo.
Pero es una verdad irrefutable que nadie está obligado a leer. Muchos no leen, no hacen creer a otros que sí lo hacen ni les importa hacerlo. Son miembros felices y provechosos de una sociedad donde ser lector no garantiza bondad, inteligencia ni ventaja.
Ahora bien, si ya lees, si ya descubriste este vicio que es casi imposible abandonar, debes saber que no es preciso leerlo todo (porque es imposible, hay que escoger), no es obligatorio leer sólo libros de alta profundidad literaria (porque hay muchos libros de calidad media, incluso algunos mal escritos, que merece la pena leer por su mensaje) y no es forzoso terminar un libro que empezaste (porque abandonar la lectura de un libro es un derecho).
Pero esto cambia si eres un lector activo, versado o especialista. Cuando me refiero a especialista no es al que mucho sabe sobre algo, sino tan solo si te dedicas a algo como profesional, por ejemplo, como crítico, promotor literario o como escritor. Para un escritor, desmenuzar un gran libro, una gran obra literaria considerada en el canon académico que no te gusta, descomponer la estructura de un clásico que se te hace bola en la lectura, es una obligación para un escritor, porque de esa lectura “especialista”, es decir, atenta y activa, se aprende a ser mejor escritor, aunque luego escribas La ciudad de las luces muertas y no La fiesta del chivo.
Con respecto a esto, es un atrevimiento expresar con rotundidad que “la gente no se acerca a los clásicos”. ¿Qué gente y a qué clásicos? Porque “gente” son muchos lectores que cada año se adentran en las páginas de Drácula, Frankenstein, La isla del tesoro, o Las aventuras de Sherlock Holmes, que son clásicos, ¡y tan clásicos! como En busca del tiempo perdido, Uliseso La montaña mágica, a los que también muchos se acercan (nos acercamos) todos los años, con absoluto placer. Tanto a los primeros como a los segundos.
Asumir erróneamente que clásicos son sólo los grandes libros que forman el canon académico es un error de base. Y entonces, ¿qué es un clásico? Solemos decir que aquello que se sigue leyendo a pesar de haber sido escrito hace un tiempo. ¿Cuánto tiempo? Nadie ofrece una cifra segura y redonda, porque hay libros que por diferentes causas se dejan de leer un tiempo y por algún motivo extraliterario, vuelven a salir a la luz y a ser vendidos como si se hubieran publicado ayer. Miren lo que pasó con las novelas de Maurice Leblanc tras haberse estrenado la serie televisiva Lupin.
¿Y por qué un libro se mantiene durante años en la mente colectiva? ¿Por qué sigue siendo leído, comentado, buscado y mantiene algo de la aceptación del lector, tal y como cuando se publicó por primera vez?
Recomiendo las respuestas que a esta pregunta dan diferentes autores, algunos de manera discrepante, como Harold Bloom que en El Canon Occidental considera que un clásico es aquello que nos habla a través del tiempo, alejado de su entorno social y político. Bloom nos habla de la grandeza de estos autores a través de:
…una forma de originalidad que, o bien no puede ser asimilada, o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla como extraña. (…) Un signo de originalidad capaz de otorgar el estatus canónico a una obra literaria es esa extrañeza que nunca acabamos de asimilar, o que se convierte en algo tan asumido que permanecemos ciegos a sus características. [2]
Y dice que esa “extrañeza canónica” podría existir sin la revolución que implica la originalidad de la que habla, pero aclara que “el aroma de la originalidad debe flotar sobre cualquier obra que de modo inapelable gane el agón con la tradición y entre a formar parte del canon.[3]
Por otro lado, está Coetzee para quien un clásico lo es por su oposición a lo bárbaro, es decir, a lo salvaje y, por tanto, enmarcado en la lógica de un tiempo que puede repetirse.[4]
Sí, es cierto que ese canon literario que forman algunos libros se estudia en universidades y centros de estudio tienen una mayor complejidad literaria, argumental o estructural que muchos de los que no se estudian en este tipo de centros de aprendizaje.
¿Por qué? ¿Son tan estúpidas las universidades que se fijan en los libros “difíciles” y no en los libros populares? ¿Qué hace que la Academia ponga sus ojos en el Ulises de Joyce y no en Prometida a la fuerza, de Corín Tellado? Antes de continuar, aclaremos, Drácula, Frankenstein o El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde sí son clásicos y sí son estudiados en las academias, a pesar de lo que puedan creer algunos. Yo he asistido a congresos donde hemos debatido con absoluta pasión sobre las causas y la estructura narrativa de Frankenstein. Y así, otros libros que no están en la cumbre del canon académico.
Ahora bien, la explicación de por qué unos clásicos concretos forman un canon académico y otros no, es muy simple y cuesta trabajo que algunos no alcancen a entenderla. Cuando conduces por una calle o una carretera que no conoces, para guiarte correctamente te fijas en las señales viales y no en los árboles o las casas, que en determinados lugares son todos iguales.
De cuando en cuando, te sorprende una casa diferente, o un árbol inclinado, porque es original, porque llama la atención, porque su vista es maravillosa y atrapa la vista de muchos que pasan por el lugar. Pero cuando no existen esas rarezas vuelves a fijarte en las señales, porque alguien la puso ahí para guiarnos, porque ya alguien con más experiencia, hizo este camino y nos está diciendo que el camino es el adecuado.
Los clásicos que se estudian en el canon académico, nos sorprenden por esa rareza, esa originalidad, crearon un estilo, unas técnicas, unas formas de abordar la literatura como creación, que permite a los otros que no somos innovadores, aprovechar esos trucos para hacer ficción, para seguir nuestro propio camino.
Puedes aprender, si te empeñas, los saltos de punto de vista, las referencias intertextuales o el monólogo interior con El código Da Vinci, como puedes aprender a curar una gripe escuchando a los médicos hablar entre ellos, pero jamás dominarás las causas de la enfermedad si no estudias medicina en una universidad leyendo los clásicos que se incluyen en el canon médico que lleva siglos siendo estudiado, analizado y decidido por gente que sabe más que nosotros.
De la misma manera no dominarás esas técnicas literarias si no aprecias como lo hace Joyce en Ulises, yendo en todas ellas incluso más lejos que Brown, que lo hizo después; en especial en el monólogo interior. ¿Por qué? Porque nadie antes lo hizo mejor. Y los que lo hicieron después lo imitaron. ¿Por qué ir a las copias si tengo un original donde aprender?
Los clásicos del canon académico están ahí por años de estudios de gente que lleva siglos estudiándolos, esos y otros que no están en ese canon académico. Esos clásicos establecieron un hito, marcaron una señal que todos valoramos y nos guiamos por ellos. Si nos gustan mejor, pero no tienen que gustarnos a todos, porque el gusto depende de muchos factores que no implican valores objetivos. El gusto es subjetivo, la calidad, no. Por eso no tiene sentido hablar de sobrevaloración y otros criterios que implican objetividad, cuando hablamos de libros que todos sabemos que tienen calidad, aunque a ti no te lo parezca. Porque existen criterios objetivos para valorar la calidad literaria de un clásico, no para establecer el gusto personal de cada uno de nosotros.
Puedo disfrutar con una mala hamburguesa de vísceras de vaca o un insípido pescado de río bañado de mayonesa de leche, (¡Me gusta y punto!) pero no significa que esté comiendo bien. Aquí lo importante es tener la suficiente capacidad e inteligencia para comprenderlo y ser capaz de saltar un día a otras comidas mejores, como dice aquella máxima de la filosofía: “Cuanto más aumenta tu nivel de vida más aumentan tus necesidades”. Siempre queda la esperanza de que de tanto consumir a Shirley Jackson, un día termines comprendiendo a Thomas Mann.
La academia literaria es un conjunto de centros de investigación y estudio, y como eso que es: “investigación” se rige por los mismos criterios que todos los centros de investigación que estudian la Física, la Química o la Medicina: busca patrones en obras que son (o fueron) originales, y explora elementos que permitan comprender por qué algo es peculiar, extraño, original, bueno y trata de establecer un método que pueda ser repetido, y cuando los encuentra, trata de explicarlos para que todos los entendamos. Si el método lo establece una obra, se fija uno en ella, la desmenuza, la abre en canal para descubrir por qué estableció una marca, una señal y una originalidad que merece ser estudiada y repetida.
Y da igual si la obra es compleja o no. Tan parte del canon es Ulises de Joyce, por establecer un método de introspección narrativa que nadie había hecho hasta entonces, como Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos, por llevar el arte epistolar a alturas nunca vistas en la ficción hasta ese momento. Que sean entendidas por unos pocos, o por muchos, no tiene la menor importancia, seguirán siendo parte del canon académico, del estudio científico que busca patrones en la creación de un mismo arte, que es a la vez una ciencia humana: la escritura de ficción.
Y no quiere decir que la Academia sea perfecta e infalible. Yo, siendo antes escritor que profesor universitario, he impartido y recibido clases de literatura en varias facultades universitarias, he asistido a congresos, jornadas, eventos académicos de todo tipo. Y también tengo críticas contra las facultades universitarias en términos de análisis literario. Por ejemplo, como escritor, soy consciente de que el estudio de una obra literaria de forma científica, es decir, en un contexto social, histórico y geográfico, conduce a los académicos a errores de particularización de los que muchos escritores se burlan.
Y no es porque sean erróneas. Pero muchas obras que hoy en día se exponen como el estudio más certero de su sociedad o su mundo, simplemente salieron por la necesidad de su autor de ganar dinero, de contar una historia que los oprimía, o de burlarse de los críticos que los iban a analizar. Ni metatexto, ni hipertextualidad, ni gaitas.
Hay conocidos casos de escritores que se sorprendieron del análisis literario de su obra que no tenía mucho que ver con lo que ellos mismos se propusieron o crearon. Te invito que busques la polémica de Proust contra Saint Beuve.
Y si aún no te convence, te recuerdo, si no lo sabes, algo que cambiará tu visión del canon académico actual. Lo que hoy muchos desprecian como “demasiado difícil”, “artificios pedantes para colgarse medallitas” o “esnobismo académico” no siempre fueron esas grandes obras que hoy se instituyen como cumbres de la literatura. En busca del tiempo perdido pasó años antes de que alguien le prestara atención en el público o en la Academia, hasta que se descubrió su formidable cambio de las normas de escritura a través de la memoria efectiva y su increíble e hipnótico poder narrativo.
Y si aún tienes dudas, lee lo que le pasó en vida de Herman Melville a su novela Moby Dick, una de las mayores y mejores obras de la literatura universal, que suele ser escogida repetidamente como la novela más total jamás escrita. Hoy es un clásico gracias a la persistencia del público y la crítica, pero en su momento parecía destinada a desaparecer sin pena ni gloria.
Pero dejemos la Academia y vamos a otra parte de la lectura.
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Corresponde a un gráfico publicado por The Economist bajo el título “Get to the point” (“Ve al grano” “Vete a lo concreto”), que analiza la evolución de la longitud promedio de las oraciones en los libros populares a lo largo de casi un siglo. El eje horizontal representa los años, desde 1931 hasta la actualidad, y el eje vertical muestra el promedio de palabras por oración en las obras que han figurado en la lista de bestsellers del New York Times. Los puntos dispersos en color naranja corresponden a obras individuales, mientras que la línea roja representa la tendencia general en este periodo.
Aquí asistimos a una evidencia: En los años treinta y cuarenta del siglo XX, las frases de los libros más vendidos solían contener en promedio entre 20 y 25 palabras, e incluso casos como Frenchman’s Creek (El río del francés) de Daphne du Maurier superaban las 30 palabras por oración. Sin embargo, a medida que avanzan las décadas, se observa una reducción progresiva en la complejidad sintáctica. A partir de los años noventa y en especial en el siglo XXI, el promedio cae notablemente hacia un rango más cercano a 12 o 15 palabras por oración, con ejemplos recientes como It Ends With Us (Romper el círculo) de Colleen Hoover, donde el promedio ronda apenas las 10 palabras.
Estamos asistiendo a un cambio profundo en los hábitos de escritura y lectura. La literatura de consumo masivo, la que potencia y admiran muchos de los que odian los clásicos del canon literario, parece haberse adaptado a lectores que demandan frases más breves, directas y fáciles de procesar. En lugar de estructuras largas y subordinadas, propias de la narrativa clásica de siglos previos y de novelas que no son de género. Conclusión: en la novela masiva se privilegia la inmediatez.
¿Y por qué habremos llegado a esto? La mayoría de los estudios apuntan a la misma causa: la influencia de la cultura digital, donde la lectura en pantallas, redes sociales y mensajería instantánea fomenta el uso de frases cortas y un estilo más ágil.
A ese mundo vamos, gente que lee, pero que no está preparada para asimilar que existan novelas que no disfrutan porque supera su capacidad de comprensión. Bien, aquí os cuento que me aburre ese tipo de libros actuales de frase corta, estructura simple y auto explicativo. No odio la sencillez, de hecho, la promuevo y trato de escribir de forma clara en mis libros tanto de ficción como en los ensayos. (En Cómo escribir ficción y en Nacer en Krypton –en preparación–, hablo largo y tendido de la lengua de palo o de trapo y la metatranca)
Pero escribir con sencillez no es promover la simplicidad que se aprecia en muchos de los libros actuales, y cuando leo odio que me traten como a un estúpido explicando lo obvio.
Es cierto que oraciones más cortas no implican necesariamente menor calidad literaria, pero sí indican una tendencia hacia la simplificación del lenguaje, precisamente para agradar a lectores pasivos. Esto tiene consecuencias en la manera en que los lectores nos enfrentamos a ideas complejas: frases largas suelen exigir paciencia, mayor concentración y capacidad de abstracción, mientras que frases breves favorecen la inmediatez, pero a veces a costa de la profundidad y de la agudeza intuitiva.
Este descenso en la longitud media de las frases no es un fenómeno aislado, sino parte de un cambio más global en la comunicación escrita. Los géneros periodísticos, académicos y literarios muestran ajustes semejantes: más concisión, menos subordinadas, más ritmo directo. La literatura popular, al reflejar los gustos del mercado, es un buen indicador de estas transformaciones culturales. En conclusión, la gráfica nos habla tanto de la evolución de la prosa de los bestsellers como de un viraje cultural más amplio en la forma en que leemos, escribimos y entendemos el lenguaje en la actualidad.
Conviene aclararlo. Si la mayoría puede entender a Colleen Hoover y Bram Stoker, pero no El Quijote o La montaña mágica, cuya complejidad estructural narrativa está también en un mejor empleo del lenguaje, la culpa no es de la academia. O sí, si consideras que debería prepararnos mejor como lectores para entenderlas a todas, pero el verdadero responsable eres tú, que tienes derecho a abandonar la lectura si no lo entiendes, o a prepararte mejor para una segunda lectura más adelante. La decisión es de cada uno.
El problema no es si la lectura es profunda o sencilla, sino, si estoy preparado para ella o no. Puedo estar preparado para disfrutar del terror que me produce Drácula sin necesidad de saber nada sobre su creación como obra literaria, ni la historia del vampirismo o de la historia de Hungría en la Edad Media, pero ¿a qué la disfruto más si sé todo eso? ¿Por qué entonces negar otros libros de ficción que nos exigen una preparación que no tenemos?
Pues como disfruto de la historia de terror que cuenta Drácula, de la misma forma debería estar preparado y tener suficiente capacidad crítica y referencias para entender por qué un joven queda maravillado tras asistir a los debates entre Setembrini y Nafta en La montaña mágica, porque dichos diálogos afectan mi libertad y la tuya, y nuestra capacidad para participar, o no, en la política de nuestro tiempo. Porque tienen emoción, un principio básico de la literatura.
Por lo tanto, opinar que “La montaña mágica no tiene emoción”, y que es “un debate de ideas” y que “las ideas caducan” es no tener la preparación, las referencias para haber disfrutado esos debates que propone su lectura, referentes a una guerra mundial pasada y que hoy en día son actuales. Que sí, que no es obligatorio tener ese background, esos antecedentes si quiero disfrutar de una novela, pero la culpa no es del libro en cuestión, es tuya que no tienes los antecedentes. Porque, La montaña mágica tiene suficiente emoción y tantas “verdades incómodas y heridas que todavía escuecen”, como amor, conflicto, compromiso, y otras pasiones que podrían estar en una novela de Collen Hoover; que no veas esas pasiones, porque te pierdes en su lectura, depende de ti, y también abandonar su lectura y volver a Shirley Jackson, que puede ser muy buena escritora, pero no te exige que estés más preparado.
Pero incluso, vamos más allá si crees que los clásicos del canon no tienen ideas emotivas o pasión. ¿Quién dijo que la literatura es sólo placer y emoción? Sí, la literatura es placer y emoción, pero es más que eso. Y, en definitiva, todos no nos emocionamos y disfrutamos de las mismas cosas. Cuando alguien dice que El Quijote es aburrida, tienen todo el derecho a que lo parezca, como tengo yo todo el derecho a reír a carcajadas sentado en un bus mientras lo leía ante la mirada asombrada de los que me rodeaban.
Unos disfrutan de la Quinta sinfonía de Beethoven y otros de No te puedo olvidar, de Bad Bunny, unos terceros disfrutan (disfrutamos) de ambos. Pero es que la literatura no es únicamente esto: la literatura es algo más que emoción y disfrute; es también una fuente de ideas profundas y universales que nos hacen incómodos con la realidad.
La lectura exige tiempo, preparación previa, ganas e interés, y una tranquilidad, un “aburrimiento” que hoy la mayoría no tiene, y cuando la tiene la llena con las redes sociales en su Smartphone o las ficciones de las video plataformas online. ¿Para qué ponerse a leer si uno está más satisfecho con otras formas de diversión? La humanidad ha descubierto que se pueden contar historias a la mayoría de la gente con estructuras más sencillas y repetitivas desde Netflix y Amazon Prime, y el público masivo (espero que no hablemos de ti y de mí) se entretiene mejor con la XBOX o la Play Station que con una novela de Juan Gómez-Jurado o Julia Quin; imagina con Thomas Mann o Hermann Hesse. Y contra esto no hay remedio. El esfuerzo de la lectura es para minorías, y si es una lectura atenta, serena e inteligente, queda para unos pocos extravagantes. ¿Por qué existe la obligación de hacerla sólo divertida? Leer puede ser divertido, sí, pero no es obligatorio y, si existen otras formas más entretenidas, no está obligada la literatura a serlo también.
Mikita Brottman, en el libro que comenté antes, Contra la lectura, dice que no siempre es agradable reflexionar sobre temas que son importantes, y esto puede ser igual de cierto tanto para nuestras lecturas personales como para los libros que leímos en el colegio. A pesar de que un libro bien escrito pueda resultarnos satisfactorio gracias a su estructura y estilo de expresión, existen ciertos temas e historias, si se los examina más detenidamente, deberían ser de todo menos «divertidos».
Recuerda ella que existen “libros inquietantes” muchas de ellos son novelas rusas u otro tipo de lectura decimononas o posteriores que no son divertidas y que no pretenden ser divertidas; al menos el sentido en que lo son las formas más divertidas. En este tipo de novela podemos incluir desde Crimen y castigo hasta Desgracia, de Coetzee, y pasando por Anna Karennina o La metamorfosis, cuyo objetivo no es divertirnos. No, no hay diversión, ni pretenden que la busques; sí tienen emoción, como en Doktor Faustus o Sinuhé, el egipcio, de diferentes maneras. Y todas siguen sumando lectores año tras año. Referente a ello culmina Brottman con esta frase que también hago mía:
…una de las cosas que puede hacer la literatura, solo ella entre todas las formas de escritura, es mostrar los rincones ocultos de la vida, los momentos de secreto sufrimiento (…). Esta es la capacidad única de la literatura entre el resto de formas artísticas: puede retirar el velo de la ilusión durante un solo instante y nos permite vislumbrar la desdicha común y humana de la vida de los demás, y al mismo tiempo, por implicación, iluminar nuestra propia desdicha real o potencial. [5]
Vamos a trastocar la frase. Un escritor, al crear una obra de ficción, se propone objetivos: contar una historia, primero; pero luego entretener al lector, asustarlo, hacerlo reflexionar, sufrir, mostrarle un lugar del mundo, o de su propia personalidad, que no conoce, y otro montón de objetivos que no son siempre obligatorios, ni excluyentes entre sí y que todos tienen igual validez. En función de cómo logre ese objetivo el libro puede ser creíble o no, estar bien o mal construido. Si tienes errores de caracterización de personajes, estructura, diálogos intrascendentes o se notan demasiado los trucos literarios que usa para convencernos como lectores, el libro podría terminar siendo una cagada.
La gran paradoja viene cuando unos pocos advertimos esos errores y otros lectores, una mayoría no los ve o no les importa. Asistimos a una grieta de difícil resolución. Alguien que aprecie errores evidentes en una obra de ficción, rara vez la terminará disfrutando, por mucho que busque hacerlo disfrutar, por mucho que lo busque emocionar. Pero es que la literatura no está sólo únicamente para hacernos disfrutar, también para hacernos advertir cosas que funcionan mal en nuestro entorno. Por eso una obra como Frankenstein, con tantos evidentes errores de estructura y narración, sigue siendo un clásico, porque nos muestra aspectos oscuros de nuestra personalidad, nos muestra aspectos que funcionan mal en el mundo, a pesar de sus errores.
Pero esto no cambia que la literatura no es una sola y no tiene un solo objetivo. Un arte que nos puede hacer inconformes con el entorno, incómodos ante la realidad de la vida, que nos desvela lo que funciona mal en el universo social, en nuestro país, aunque esté escrito en la otra parte del mundo, no es para todos y aún menos, (especialmente menos) para aquellos que solo buscan un objetivo en la ficción.
Repito: la literatura no tiene la obligación a divertirnos, al menos en el sentido que se entiende hoy en día eso que llaman entretenimiento, sea eso lo que signifique para cada uno.
Por eso es de un atrevimiento, muy audaz, casi rayano a la ignorancia, cuando alguien opina que no es enemigo de los clásicos, sino de los “artificios pedantes que se olvidan de los lectores”, refiriéndose así a muchos de ellos, especialmente los que forman el canon, porque no facilitan la lectura placentera y sí otras verdades más profundas que fueron válidas en el siglo XIX y los siguen siendo mientras nos enfrentamos a la inteligencia artificial.
Los lectores activos, versados o exigentes que disfrutamos tanto de La montaña mágica como de Drácula, podríamos decir:
Mi enemigo no son los libros populares, son los artificios facilones que nos tratan a los lectores como imbéciles. ¿Y quién me dirá que no es verdad?
Termino apuntalando el criterio con una frase de Bloom que quedará en tu mente si eres capaz de ir más allá de la literatura fácil.
La literatura no es simplemente lenguaje; es también voluntad de figuración, el objetivo de la metáfora que Nietzsche una vez definió como el deseo de ser diferente, el deseo de estar en otra parte. Esto significa en parte ser distinto de uno mismo, pero principalmente, creo, ser distinto de las metáforas e imágenes de las obras contingentes que son el patrimonio de uno: el deseo de hacer una gran obra es el deseo de estar en otra parte, en un tiempo y un lugar propios, en una originalidad que debe combinarse con la herencia, con la angustia de las influencias.[6]
[1] Borja Hermoso, «Fernando Savater: “Mi vida es comer, dormir y llorar”», El País (Madrid, noviembre 8, 2015), sec. Cultura, https://elpais.com/cultura/2015/11/07/actualidad/1446910965_633080.html.
[2] Harold Bloom, El canon occidental: la escuela y los libros de todas las épocas (Barcelona: Anagrama, 2013), 13-14.
[3] Ibid., 16.
[4] J. M Coetzee, Costas extranas: ensayos, 1986-1999 (Barcelona: Debate, 2004), 28-29.
[5] Mikita Brottman, The solitary vice: against reading (Berkeley: Counterpoint : Distributed by Publishers Group West, 2008), 207.
[6] Bloom, El canon occidental, 21-22.