Cine o Netflix. El cambio de escenario

| diciembre 12, 2020

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La última vez que fui al cine fue a ver Frozen II, que se estrenó en Francia en noviembre de 2019. Ya hace más de un año cuando estuve en la sala oscura acompañando a mi hija. No he vuelto a ir después y, sin embargo, no puedo decir la cifra de películas que he visto desde entonces. Puedo estimar que entre unas 200 y 300, haciendo una media y teniendo en cuenta que veo entre dos y seis filmes cada fin de semana.

Cuando era niño, recuerdo que iba más. Los fines de semana mi padre me daba un poco de dinero que a mí me parecía una fortuna y entraba a diferentes cines en el mismo día a varios estrenos en mi ciudad. Luego, veía películas de la tele en sesiones de tarde y noche, hasta llegar a unas cinco o seis al día en un viernes y sábado normal.

El cine fue siempre fundamental para mí. La ficción me hipnotiza y creo que fueron las películas las que provocaron esta dedicación a los libros, a la literatura. Escribir ficción fue mi manera de entrar en el mundo de las representaciones, de la imaginación, la fantasía en un medio donde dedicarse profesionalmente al séptimo arte, era un sueño imposible; y hoy los filmes, además de ser parte de mi formación y entretenimiento, forman parte del sustento que entra en mi casa.

Hago este preámbulo para dejar evidencia de la contradicción de alguien que ama las películas y que no va al cine. ¿Por qué? No, no fue culpa de la pandemia. Tiene que ver con la forma en que disfruto de la ficción y las formas en que hoy se comercializa.

Para nadie es un secreto que el cine es una gran plataforma comercial donde lo importante es generar ingresos. No tiene nada de malo, dado que en este escenario también existen autores (sí, directores de cine que son autores como cualquier otro novelista) buscan algo más que estos ingresos de taquilla. La lista de directores que hacen algo más que llenar las salas, es bastante grande desde que los hermanos Lumière presentaron aquel extraño aparato que se llamaba cinematógrafo.

La coexistencia entre las historias del montón y aquellas que emulan la mejor ficción escrita no reviste novedad alguna. El problema de hoy estriba en lo que llamaría una masificación de las historias y la llegada de una competencia que pocos previeron: las plataformas Netflix, Disney, HBO y compañía.

Por eso existe, y existirá un tiempo aún, la polémica entre disfrutar la ficción cinematográfica en casa o ir a regocijarse a las salas de cine. Ir al cine es una experiencia magnífica, en imagen, sonido, contaminación con la psicología de multitudes, etc.. Muchos directores lo saben y por eso realizan alardes técnicos descomunales para que el espectador se percate que no es lo mismo apreciar estas pompas en una panorámica de 29×21 metros (propias de IMAX) que en un Tablet de 10 pulgadas, o incluso una televisión de 50.

En cualquier caso, hay dos elementos (quizás haya otros) que no se tienen en cuenta. El público, salvo unos pocos, no están demasiado preocupados por los aspectos técnicos y sí por la historia que le cuentan y que la mayoría de las películas que intentan estas argucias técnicas, tienen tal parecido entre sí (veamos casi todo el cine de superhéroes, acción físcia y no pocas de acción emotiva) que aleja a muchos que pretenden ver otro tipo de cine, menos popular y más estético.

El disfrute del arte no es, y nunca ha sido, unitario. Hay obras de arte en todas las manifestaciones creativas para complacer a los sibaritas y a los comedores de palomitas. Lo que no habíamos visto hasta ahora es que la mayoría de lo que se estrena en cine es para una masa menos exigente donde determinado tipo de historias, menos populares y con otro tipo de pretensiones, apenas tienen cabida.

Más allá de si te gustan o no, habrá que reconocer que películas como RomaEl irlandés o Mank, habrían tenido poca o ninguna posibilidad de existir si no fuera por la presencia de un escenario de juego diferente donde los directores tienen más libertad para exponer sus puntos de vista artísticos sin una imposición de los productores que, a fin de cuentas, exigen pautas comerciales porque necesitan recuperar su inversión.

Por eso, aunque el campo se está llenando de voces a favor y en contra del estreno simultáneo en plataformas y cines, no creo que la polémica lleve a ningún lugar más que a la fuerza de la lógica que se impone. Cristopher Nolan, Denis Villeneuve, montones de artistas franceses, muchos han puesto el grito en el cielo en contra de la idea de Warner Bros., de estrenar películas en cines y en HBO Max a la vez. Pero no sé si servirá de mucho.

De este tema ya he escrito otras veces, aunque visto desde la perspectiva del creador, y recuerdo haber apuntado hacia la idea de José Luis Garci quien asegura que, pase lo que pase, lo que importan son las historias, la capacidad de emocionar, de remover al espectador o al lector en su interior; más allá de que cambie la plataforma y haya diferentes formas de contar: “Yo creo que, si hay que aceptar el futuro, hay que aceptarlo; y que se hacen películas con teléfonos móviles y que ha cambiado el soporte, pero las historias son historias. Lo veas donde lo veas te tienen que emocionar, hacer reír, asustar y lo de menos es el soporte”.[1]

Hay una realidad indiscutible. El mundo ha cambiado, el campo de juego también. Las plataformas existen y permiten una amplitud de la oferta que las salas de cine, necesitadas de recuperar lo que invierten, se ven obligadas a restringir. Mas allá de si me gusta ir al cine o si prefiero ver historias de ficción en casa, si prefiero el olor de la hoja de papel antes que la frialdad del lector electrónico, las reglas están cambiando en el arte; bien para algunas cosas, mal para otras, pero no tienen marcha atrás. Más vale que nos vayamos acostumbrando, siempre que la oferta sea para todos los públicos: sibaritas o comedores de palomitas.

[1] José Luis Garci, en: Cowboys de Medianoche: El futuro del cine. Minuto 24:10 https://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2018-10-26/cowboys-de-medianoche-el-futuro-del-cine-129580.html

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