Contra la exigencia, felicidad y diversión obligatorias

| junio 30, 2021

Rara vez digo entre desconocidos que soy escritor. No tiene nada que ver con que tenga dudas sobre mi profesión, la polémica de ser famoso, reconocido o vender más o menos, pero eso es para otra reflexión. Lo que sí noto es que un gran porcentaje de los que descubren que invento realidades para la ficción, me dicen inevitablemente una frase que la primera vez que la escuché me desconcertó, aunque ya no me perturba: “a mí me gusta leer, pero no tengo tiempo”.

Me gusta tanto leer que, como dice Fernando Savater, no sé qué decir a los demás para convencerlos de lo bueno que es; si pruebas el jamón de Jabugo, ya no podrás abandonarlo y si no se tiene tiempo para leer es que no se busca el tiempo y no gusta tanto. La frasecita de marras, que siempre me provoca una risita malhechora, regresa mientras leo el ensayo Contra la lectura, de la académica británica Mikita Brottman. No nos dejemos llevar por el título: Brottman no está contra la lectura. Ella misma reconoce:

Soy profesora de Literatura. Leo cada día, y lo hago por múltiples razones, tanto profesionales como personales, pero sobre todo por la gran satisfacción que me produce.

Contra lo que sí está Brottman es el postureo social referente a la lectura, la idea social de que es bueno leer hasta tal punto de que muchos que jamás cogen un libro en sus manos expresen la frase que les comenté al principio: “a mí me gusta leer, pero no tengo tiempo”. Y nos hace reflexionar con su provocativo subtítulo: Un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros sean intocables. Porque sí, los libros no son intocables.

Voy a marcar mi postura referente al libro y en a la lectura en general. Soy liberal, prefiero que si alguien le cuesta leer que se dedique a otra actividad más útil para él. Nadie está obligado a leer ni amar los libros. Se pueden obtener grados altos de la felicidad (si es que existe la posibilidad total de ser feliz) sin tocar un libro y casi abogo para que quien prefiera un videojuego o las inmensas posibilidades que ofrece el mundo audiovisual, no pierda el tiempo con Homero, Dickens o Coetzee.

¿Me gustaría que todo el mundo leyera y fuera más feliz? Sí. ¿Me gustaría que todos tuvieran la capacidad de encontrar los argumentos de la verdad en los libros para que sean menos fanáticos y más objetivos? También. Pero la verdad es que esto no siempre se cumple.

Leer, especialmente ficción, muchas veces desvela lo que funciona mal en nuestro entorno, y descubrirlo nos hace más conscientes de nuestras decisiones y nuestro lugar en el mundo, pero esto no nos hace más felices. No siempre.

Mikita Brottman, con un sarcasmo que desbroza tonterías, nos dice que la lectura en su adolescencia la llevó a ser una especie de Jane Eyre “con sus vestidos grises, su frente baja y su «figura plana»”, personaje que aun así tuvo un bello final cuando encontró al hombre que descubrió sus virtudes eligiéndola antes que a las más agraciadas de su entorno.

Dice Brottman:

Desencaminada como iba, la lectura de Jane Eyre me convenció de que, si podía sucederle a Jane, también me podía ocurrir a mí. El final del libro me proporcionó el mismo desagradable estremecimiento que sentía al imaginarme mi propio funeral (¡SE VAN A ENTERAR!). Encontraría a un señor Rochester que me llevaría lejos de toda esa grasa, un joven y apuesto caballero que amaría los libros tanto como yo; tal vez no obras como Jane Eyre, sino las que fueran el equivalente para chicos.

 

Y luego se ríe de que quizás debería haber leído ensayos sobre los perniciosos efectos de la lectura sobre la mente como sucedió en los casos de Don Quijote o Madame Bovary:

Cito a Brottman:

Tal vez sea cierto que las cosas habrían sido diferentes si, en lugar de las novelas de Jane Austen y las hermanas Brontë, hubiera leído libros en los que los lectores NO salieran tan bien parados. No hice caso a la moraleja de Miniver Cheevy, pero podría haber aprendido un montón de Don Quijote, a quien las novelas de caballería habían absorbido hasta tal punto que se había vuelto loco. Debería haber prestado atención al modo en que Emma Bovary destruía su vida leyendo como yo lo estaba haciendo, sin ninguna conciencia, discriminación o destello de reflexión. Debería haber leído libros sobre los peligrosos efectos de una educación inadecuada en una mente impresionable, sobre las confusiones y las predilecciones adquiridas por una lectura excesiva. Pero no los leí (o, si lo hice, no los entendí del todo, y ciertamente no pensé que pudieran aplicarse a MÍ).

La referencia a Miniver Cheevy está en el poema de Edwin Arlington Robinson del desencantado que amaba la Edad media que leía en las novelas de caballería y añoraba a Camelot, la Tebas egipcia o el mundo de espadas e intrigas de los Medici, pero se conforma con seguir alcoholizando su pena por haber nacido tarde en el tiempo.

El libro de Brottman me hace recordar también a los lectores del sesgo; esos que sólo leen aquello que les da la razón en su forma de pensar o moverse por el mundo y pierde el tiempo leyendo sólo libros escritos por hombres, otras que sólo leen literatura femenina, unos terceros sólo a comunistas o solo a neoliberales, y así una larga lista de “sólo esto leo”, pero rara vez salen de esa zona de confort y les disgusta leer opiniones de otros grupos que no sean su propia ideología, religión o partido político, y terminan siendo más sectarios, más fanáticos y menos tolerantes que otros que sólo trabajan la tierra o fabrican una silla y nunca en su vida han tocado un libro.

Y, por último, me refiero brevemente a un elemento que Brottman esboza en su libro y que no debería pasarse por alto cuando se habla de la literatura: que es el divertimento, la literatura tiene que ser divertida, dicen algunos, y yo, humilde perpetrador de ficciones, me niego a aceptar esta premisa. Mikita Brottman tampoco la acepta.

Leer exige tiempo, preparación previa, ganas e interés, y una tranquilidad, un aburrimiento que hoy la mayoría llena con las redes sociales en su Smartphone o las ficciones de las plataformas online. ¿Para qué ponerse a leer si uno está más satisfecho de otra manera?

Creo que la humanidad ya descubrió que se pueden contar historias a la mayoría de la gente con formas más sencillas como Netflix y Amazon Prime, entretenerlos con la XBOX o la Play Station. Y contra esto no hay remedio.

El esfuerzo de la lectura atenta y serena quedará para unos pocos. ¿Por qué hacerla sólo divertida? Leer puede ser divertido, sí, pero no es obligatorio y si existen otras formas más entretenidas. No está obligada la literatura a serlo a su vez.

Dice Brottman:

No siempre es agradable reflexionar sobre temas que son importantes, y esto puede ser igual de cierto tanto para nuestras lecturas personales como para los libros que leímos en el colegio. A pesar de que un libro bien escrito pueda resultarnos satisfactorio gracias a su estructura y estilo de expresión, tengo la impresión de que ciertos temas e historias, si se los examina más detenidamente, deberían ser de todo menos «divertidos».

Hay libros que ella llama “inquietantes” muchas de ellas novelas rusas u otro tipo de lectura decimononas o posteriores, que son francesas, inglesas, españolas o alemanas y que no son divertidas; al menos el sentido en que lo es The Voice o los programas del corazón y, sin embargo, siguen sumando lectores año tras año hasta convertirlas en clásicos que jamás mueren.

Referente a ello culmina Brottman:

“…una de las cosas que puede hacer la literatura, solo ella entre todas las formas de escritura, es mostrar los rincones ocultos de la vida, los momentos de secreto sufrimiento (…). Esta es la capacidad única de la literatura entre el resto de formas artísticas: puede retirar el velo de la ilusión durante un solo instante y nos permite vislumbrar la desdicha común y humana de la vida de los demás, y al mismo tiempo, por implicación, iluminar nuestra propia desdicha real o potencial.

Un arte que nos puede hacer inconformes con el entorno, incómodos ante la realidad de la vida, que nos desvela lo que funciona mal en el universo social, no es para todos y aún menos, (especialmente menos) para aquellos que creen que ya es triste la vida por sí misma como para leer o ver más tristezas en la ficción. Y por ende, tampoco está obligada la literatura a divertirnos, al menos en el sentido que se entiende hoy en día eso que llaman entretenimiento, sea eso lo que signifique para cada uno.

El libro de Brottman refuerza mi idea de que debo conformarme con hacer lo que pueda para que mis hijos sí lean. Pero sabiendo que les estoy dando una herramienta que les desvela los defectos, pero no les ofrece las soluciones, que deben aprender a buscarlas por sí mismos, y eso no necesariamente los hará más felices. ¿Contra la lectura? No, contra la obligación de la lectura como postureo social, sí.

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