Encontrarnos en el centro

| mayo 28, 2010

Creo que la mejor de las virtudes del ser humano es la diversidad. Es la más interesante de nuestras semejanzas, que todos pensamos diferente, que todos tenemos ideas diversas, formas complejas de ver la vida y actuamos según esas formas complejas.

Una amiga me envía cartas personales que nos intercambiamos en el año 1992, cuando era joven, revolucionario y creía que era comunista. Me avergüenza ver de nuevo las ideas que defendía, la de barbaridades que me hacía pensar esa educación parcializada y embustera que cargaba mi cerebro obstruido con ideas tan intolerantes y arbitrarias.

Lo más interesante y provocador, empero, no son las cartas en sí, sino el intercambio epistolar entre esta amiga –una católica convencida en el año 1992– y yo, que hace 18 años presumía de ateísmo.

Nuestra conversación actual ha dejado en claro que con 20 años éramos unos defensores fervientes de las ideas en las que creíamos; yo ateo, ella católica, y no pocas polémicas tuvimos entonces por ello.

Sin embargo, hoy soy agnóstico, y lo soy sobre todo porque me siento incapaz de pronunciarme con rotundidad sobre Dios y su existencia. Me niego a expresar que no existe porque no tengo pruebas de ello, ni me interesa probarlo ni negarlo, pero me niego a creer en él por convicciones personales de libertad individual donde no cabe la existencia de un ser más allá de mi existencia como ser humano, lo que no evita que estoy abierto a creer si alguna vez pudiera hacerlo por algo más que sólo por fe.

Mi amiga me dice que es «cada vez menos católica, pero cada vez más creyente”. Y sin embargo siendo más creyente es más libre, o así lo veo yo.

Es curioso, después de tanto tiempo, casi 20 años después, venimos a encontrarnos en el centro; y quizás no sea casualidad. Quizás los seres humanos no somos tan diferentes como creemos en nuestra concepción de la vida, sólo nos basta cultivarnos algo, pensar por nuestra cuenta, y llegar a conclusiones sensatas sobre la vida, y sobre los demás.

Me pregunto, cuántas personas no habrá que acaban encontrándose en el centro luego de un análisis escrupuloso de la realidad, cuántas personas no habrá que encajan más cuando dejan de lado las intransigencias, y se vuelven más tolerantes, con ideas que ellos no defienden y quizás ni comprenden.

Siempre me sorprendió ver los rostros tristes, hasta la desesperación, de los creyentes que no pueden ver a su virgen en las procesiones de semana santa española. Me sorprendía hasta que comprendí mi ignorancia sobre sus razones. No puedo entender su desesperación como no pueden entender ellos las mías al sentirme ajeno a la fe.

Lo interesante es cuando estudias el pasado, las causas de ciertos presentes con algunas consecuencias. Entonces se hace la luz. Puedo no ser partidario de la fe, ni católica ni de ninguna fe, pero respeto profundamente quien la profesa, como respeto a quien profesa cualquier otra idea que no contravenga la ley.

No es difícil. Cualquiera que tenga un mínimo de sentido común, cualquiera que sepa comprender y entender la diversidad del ser humano, que intente ver la virtud en lo contrario, podrá encontrarse con amigos que tengan ideas contrarias. Basta sólo un poco de tolerancia y sentido común que todos deberíamos cultivar. Yo lo intento.

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