La muerte: no es lo mismo, pero es igual

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blankReorganizando mi vida, haciendo un recuento de lastres y equilibrios sustanciales, repasando mentalmente lo necesario y lo superfluo, pensando que tengo demasiadas cosas que debo soltar, otras reconstruir y unas terceras unificar; miro mi lista de contactos de correo electrónico porque alguna de ellas debe desaparecer, no los contactos, sino las cuentas de correo personales que no uso.

Y entre tantos amigos, conocidos y desconocidos dos nombres me dan una patada en el estómago: Orlando y Marcial. Uno de origen germánico cuyas reminiscencias se remontan a una novela de un joven andrógino recreado por una escritora británica; el otro, latino, y por motivos de memoria afectiva me retrotrae a la leal amistad de un mambí cubano por su amigo Elpidio Valdés.

Pero lo que me da una patada, lo que me saca del olor del pasado, de la idea de un recuerdo más o menos agradable lleno de ciertas reminiscencias inventadas o reales es la muerte: la muerte infame pero inevitable, que une lo que es extraño, como agua y aceite, como Yin y Yan, como blanco y negro, como tantos lugares comunes y clichés vacíos que no evitan esa patada en el estómago.

Orlando se unió a ella por un azar maldito. Un corazón débil en un cuerpo de roble, moldeado por años de pesas y baloncesto. Escritor de valía, de bríos propios, de tendencias ajenas a tecnicismos y modas. Siempre escribió como le dio la gana y siempre tuvo aprobación desigual de sus colegas. Pero jamás dejó de escribir así: como le dio la gana.

Marcial tenía una savia envenenada en un alma inmaculada. El amigo que escuchaba todas las opiniones (hasta las que le molestaban) sin oponer resistencias ni reparos. Jamás le conocí una palabra extraña o incómoda. Levantaba siempre el vuelo mientras esta cabrona de guadaña y saco sucio le perseguía, un día fue a buscarlo a su despacho, aquel donde intentaba hacer terapia para ayudar a los que ya no veían salidas. Ese día la parca no lo encontró, pero le dejó flotando el veneno que luego se lo llevó con ella.

Cuando veo sus nombres en mi lista de contactos me quedo con la desazón de lo etéreo, la vaguedad de la vida, pero a la vez su importancia. La necesidad de agarrarnos a las cosas necesarias, a lo útil, lo importante, los pedazos de azul celeste que se escapan mientras miramos el verde de los billetes o el rojo del coche.

Y siento una extraña sacudida, una idea extravagante que cruza mi cabeza, sale de ella y se sienta a mi lado. Ellos, Orlando y Marcial, Marcial y Orlando, se han ido acompañando a esa señora inevitable y oscura, pero siguen aquí, en mi bandeja de entrada, en mi lista de contactos, en mi página de Facebook, (como David, el poeta, que no era mi amigo, pero al que también admiré en vida) como si estuvieran aún entre nosotros.

Y tengo la idea de que si les mando un mail lo van a recibir, van a leerlo allí donde estén y se atreverán a contestarlo. Igual un día me atrevo y espero una respuesta. No están aquí, están con ella, con la señora de rostro indescifrable y desconocido, pero sigo viéndolos aquí, en mi mundo como si nunca se hubiesen ido. No es lo mismo, es verdad, pero para mí es igual.

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