Las emociones y el espacio en la ficción

| septiembre 5, 2018

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Hay verdades que no tienen elección a una versión contraria. La tierra es redonda (acepto sí que es «casi» al ser achatada por los polos, pero jamás plana), ya es indiscutible que usamos mucho más del 5% de nuestro cerebro (gran parte en cuestiones básicas que no son intelectuales) y los recuerdos más fijados en nuestra mente son aquellos que están vinculados a una fuerte experiencia emocional.

Disfrutaba del séptimo capítulo de la cuarta temporada de The Affair, una desigual serie en alguna de sus temporadas, pero a la que se le puede conceder un esfuerzo bien logrado por tratar de ofrecer algo diferente en el entorno de la televisión de hoy en día.

Helen, la esposa abandonada en la primera temporada, tiene mil dudas sobre sus decisiones presentes, ante las exigencias a las que se ve sometida por sus hijos y su actual pareja. Su vecina en un barrio chic de Los Ángeles, la invita a pasar una noche espiritual en el desierto y en la que acepta participar.

En lo visto hasta ese momento no había grandes secretos más allá del atractivo de seguir el relato hasta que vi en pantalla imágenes de Joshua Park, un desierto en el que había estado uno o dos meses antes con Olga durante mi estancia como investigador en la UCLA. Ese pequeño detalle trastocó mi percepción de la historia que disfrutaba.

Por extensión hago el comentario de otra fuerte emoción; esta vez con libros. La primera vez que estuve en París me obligué, por “deformación profesional”, a releer dos libros cuyas escenas fundamentales ocurren en esa ciudad europea: Le Bossu de Notre-Dame (El jorobado de Nôtre Dame) y A Moveable Feast (París era una fiesta). Al pasear por las páginas del norteamericano una especie de clic se encendió en mi cerebro cuando escribió:

I walked down past the Lycée Henri Quatre and the ancient church of St.-Étienne-du-Mont and the windswept Place du Panthéon and cut in for shelter to the right and finally came out on the lee side of the Boulevard St.-Michel and worked on down it past the Cluny and the Boulevard St.-Germain until I came to a good café that I knew on the Place St.-Michel.[1]

Las vivencias de Hemingway en París no eran nuevas para mí. Todos sus devaneos, amoríos, conflictos y amistades los había disfrutado no solo en A Moveable Feast sino también en su novela The Sun Also Rises (Fiesta), un libro que se cataloga como ficción apenas porque los personajes no llevan los nombres de los originales en que se basó para escribirla.

Con ambos libros sobre París, la lectura era la misma que había tenido varios años atrás, pero la comprensión era diferente. ¿Por qué? Porque yo había cambiado, en mi vida había pasado lo que Gracián llama el diálogo con los vivos, es decir viajar y conocer. Yo había caminado por los mismos lugares y arrastraba algún sentimiento que me hacía valorar el espacio narrativo de una manera más cercana, y por tanto, ese espacio que antes sólo era narrativo, también me resultaba emocional.

Por lo general, no damos excesiva importancia a ver paisajes, edificios, lugares o imágenes de ciertos espacios de nuestro entorno en una ficción, pero cuando el espacio es un lugar con una fuerte vinculación emocional, el conocimiento físico, de primera mano, de los lugares donde se ha estado provoca un inevitable cambio de la percepción. En Los Ángeles, Madrid o en París he vivido intensas experiencias emocionales, y estas han marcado mi forma de percibir la lectura cuando de ellas leo o me presentan imágenes en una serie o película.

Es un detalle insignificante, pero esos momentos me han hecho reflexionar sobre la capacidad que tiene la mente de recordar y olvidar según la experiencia emocional.

Cuando veo los escenarios de filmes como Training Day o series como Bosch, es imposible que no salte en mí algo del corazoncito jinete que tengo cuando veo de fondo la US Bank Tower, Little Tokyo, Angels Flight o el desierto de Joshua Park; de la misma manera que hoy en día me cuentan algunos lugares de Cuba que visité y no tengo el más mínimo recuerdo de haber estado allí. ¿Por qué? Porque unos lugares nos marcan y otros nos pasan inadvertidos según esa experiencia emocional que nos atan a ellos.

Mi experiencia de la increíble ciudad norteamericana, cuna de los grandes sueños del cine, fuera de la universidad, no debería haber sido muy diferente de la del turista ocasional. Mi trabajo como ratón de biblioteca en la UCLA me dejaba pocas horas para el ocio. pero tuve suerte, porque Olga me mostró Los Ángeles de otra manera, me inició en puntos conocidos y menos visitados, tertulias y encuentros literarios, y, en especial, me llevó a Joshua Park, donde vivimos una experiencia casi más espiritual que física con el recuerdo de nuestra amiga Tatiana de la Tierra.

Jamás podré olvidar la mística de andar por la carretera que lleva al desierto mientras escuchábamos los grandes éxitos de The Eagles.

Olga me comentó que un poeta ha dicho que la cara de Los Ángeles era tan fea que sólo una madre podría amarla.  Pero también me dijo que ella la encontraba bella a pesar del humo y los atascos.

Yo, con seguridad no aprecio la ciudad de Los Ángeles igual que ella, pero la experiencia emocional ha sido un acicate para entenderla de otra manera. Cuando veo Joshua Park o me pasean las calles del Dowtown o las rivieras de Santa Mónica o Venice Beach como escenarios de fondo de alguna película, serie o documental, veo una ciudad diferente que cuando solo la conocía en imágenes.

De esa experiencia emocional pronto aparecerá un libro. O mejor, de París y Los ángeles, hay dos experiencias diferentes que estarán plasmadas por igual en dos libros que saldrán muy pronto. Un libro de relatos de terror y misterio cuyo título podría ser No sucedió en el Downtown y una novela de amor que tendrá como título, Un cello bajo dos lunas. De algo ha servido conocer ambas ciudades.

Y esto es interesante en el espacio de la ficción: cómo nos puede marcar un escenario que antes sólo conocíamos desde el punto de vista intelectual, pero que ahora también deja en nosotros una experiencia emocional.

[1] Pasé ante el Lycée Henri-Quatre y aquella iglesia antigua de Saint-Etienne-du-Mont y por la Place du Panthéon que el viento barría, y doblé a la derecha para guarecerme y al fin alcancé el lado de sotavento del boulevard Saint-Michel, y aguanté caminando más allá del Cluny en la esquina del boulevard Saint-Germain, hasta que llegué a un buen café que ya conocía, en la Place Saint-Michel.

Comentarios (1)

 

  1. Osvaldo dice:

    Gracias, Héctor.

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