Orgulloso de ser español

| julio 11, 2010

No soy fan incuestionable del fútbol. Si existe algo mejor que deba hacer lo hago antes de ver un partido. Pero cuando hay un buen partido vibro de emoción. Y me niego a esa idea que identifica el fútbol como la de “once tíos corriendo detrás de un balón” por más que en el fútbol haya “once tíos corriendo detrás de un balón”.

Quien haya pateado un balón alguna vez sabe lo difícil que es llevar una de esas esferas de dos colores hacia la portería contraria, o pararla con las manos (o con lo que se pueda) cuando viene como una flecha hacia ti en la portería.

Los que recuerdan el Brasil del “Jogo Bonito”, la Argentina de Maradona (el bueno de los ochenta, no el malo del 2000) y la España actual, más conocida como “La Roja”, saben que esto es más que correr detrás de un balón.

Hacer una bicicleta, sortear un contrario, disparar con efecto, expulsar un balón estirándose hasta lo indecible, trabajar en equipo (que implica hacer y dejar hacer) para conseguir un objetivo: ahí hay arte, hay algo de eso que en el deporte llamamos el esfuerzo, el talento de hacer cosas que están al alcance de poca gente, alcanzar metas vedadas para muchos, alzar una copa del mundo.

Esta selección de fútbol española me ha recordado cosas que había olvidado, el amor a una bandera y un escudo, el placer de ver unido a un pueblo, la euforia de muchos que queremos lograr un objetivo común; hay más, pero esto basta.

España, esta nación milenaria, me ha dado mucho de lo que nunca tuve. Sí, nací en Cuba, pero caminar por Madrid, sufrir por las huelgas de Metro, disfrutar sus museos y sus bares, quejarme del calor de Andalucía, o de algunas apatías políticas, defender algún presidente con la verdad por delante, criticar al otro sin miedo a que me metan en prisión por ello, sorprenderme con el Monasterio de Santo Toribio de Liébana o la Mezquita-Catedral de Córdoba, mojar mis pies en las playas de la Costa del Sol, comer un churrasco o un flamenquín junto a un Rioja, o bañar un buen marisco de un Ribeiro o un Alvariño, caminar por sitios árabes, judíos o celtas, confesar miedos y pasiones a orillas del Guadalquivir, comer junto a unos amigos en un restaurante argentino de Lloret de Mar, beber un café en las mañanas de Villaverde, sentir algo parecido a una epifanía en la Catedral de Santander o en un recinto de La Alhambra, todas son experiencias –buenas la mayoría, inolvidables todas– que llevo en mi pecho o en mi mente, y que siempre recordaré, que quizás cuente a mis nietos recordándoles: “Yo viví con orgullo el año 2010 en que España ganó el mundial”.

Ser español para mí es un orgullo, por más que algunos, con razón o sin ella, sigan haciendo mofa de la Madre Patria. Y la Roja, me agranda ese sentimiento. Ya lo hizo cuando ganó la Eurocopa, ni qué decir cuando hoy levanten la Copa.

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