Otra vez las referencias de nuestras vidas

| abril 12, 2011

No imaginé que recibiría en las redes sociales tantos comentarios en referencia al texto, Las referencias de nuestras vidas. O los recuerdos que no tuvimos. Al parecer somos muchos los que reflexionamos o al menos usamos algo nuestra cabeza para algo más que llevar bombín.

Esta vez también ha sido porque me sorprendió la reacción de un amigo español ante una canción cubana de Hip Hop que se llama: ¿Quién tiró la tiza?, del desaparecido grupo Molano C. Es un tema polémico y atrevido para ser hecho bajo una dictadura, porque critica la discriminación racial y las diferencias de clase en Cuba, país donde un gran porcentaje es de raza negra o mulata y cuyo gobierno se publicita a sí mismo como el más igualitario del mundo. Sin embargo, mi amigo español (él mismo hace Hip Hop) me dijo que el tema era bueno, pero que no deberían haberle puesto un ritmo tan pegajoso, como de baile.

Después de analizarlo con detalle me di cuenta que quizás tiene razón, aunque con algunos peros. Es imposible explicarle a alguien que no tenga las referencias de una niñez cubana, lo casi improbable que es hacer un tema no bailable en Cuba, por muy crítico que sea con el sistema, o por muy estéticamente diferente que pretenda ser. Claro que los hay, pero los disfrutamos unos pocos que pretendemos alejarnos algo del timberío y la salsita.

Opté por callar porque no tengo forma de explicar que el ritmo, el baile, la salsa, el movimiento involuntario de cintura (o lo que se le parezca) el marcaje de pies en el suelo, esas cosas están en nuestra memoria cubana (algunos dicen que en la sangre) sin que seamos del todo conscientes de ellas. Incluso yo, poco consumidor de salsa o ritmos caribeños, cuando escucho algunos temas que remiten a ello, no dejo de dar pataditas en el suelo al ritmo de la música. Está ahí, no puedo evitarlo.

Probablemente lo más llamativo de este tema es la idea de que tenemos algunos de esos recuerdos, los cuales no han existido. Algunos amigos me recriminan:

-Oye, es un poco exagerado, al menos tienes que haber vivido la situación y luego darle tu apreciación personal, pero de ahí a inventarlo, va un trecho, ¿no?

Pues no, ya me gustaría. La realidad es que, según varios estudios de la False Memory Syndrome Foundation (Fundación del Síndrome de los Falsos Recuerdos –mala traducción mía, seguro-) y que han aparecido publicados sobre todo en la revista Psychological Science, se ha demostrado que tenemos recuerdos cuyos espacios en blanco nuestra memoria ha rellenado con momentos inventados.

¡Ojo!, no hablamos de analizar esos recuerdos con nuestra forma de ver la vida, no es decir, “ese día que fuimos al cine y vimos Cinema Paradiso, cómo nos divertimos”. No, no, no, es algo así como “ese día que fui a ver Cinema Paradiso”, y la otra persona está segura que no estuvo jamás con nosotros.

En el estudio se presentaron varias personas quienes sabían que iban a ser parte de un estudio, pero de otra cosa. Se les enseñaron fotografías de sitios donde habían estado junto a otras donde no, pidiéndoles que expresaran lo que recordaran de ese momento. Lo llamativo, es que contaron recuerdos de todas las fotografías, reales o apócrifas.

Para no dejarlo en hipótesis se hizo algo desde la anatomía. Se usaron electrodos para identificar aquellas neuronas que se activan cuando los recuerdos son verdaderos y las que lo hacen cuando somos conscientes que inventamos. Y, ¡mira por donde!, durante la recreación de los falsos recuerdos a los voluntarios conejillos se les activaron las zonas del cerebro que nos hacen creer que lo hemos vivido en realidad. Es decir, que hasta el cerebro, nuestra torre de control, termina por asimilar nuestros falsos recuerdos.

En una entrevista que tuve en la cadena Cope a propósito de la salida de mi libro Cómo se escribe una novela, se hizo un juego entre todos los que estábamos esa noche en el estudio, que era escuchar y tratar de adivinar, a través de varios diálogos y bandas sonoras, las películas americanas que estaban involucradas en ese fragmento.

Fui incapaz de adivinar una. Por una sencilla razón, los diálogos que escuché, eran todas películas clásicas con un doblaje hecho para España que yo nunca había escuchado. Todas las recordaba en idioma original porque en Cuba en su mayoría se han visto así. Era como si me pusieran el primer disco conocido de música llegada del planeta Gamma de Alfa Centauri.

Concluí que la banda sonora de mi niñez es mía, porque mi memoria auditiva guarda la voz real de Humphrey Bogart o Marilyn Monroe, y no la de Carlos Revilla o Josefina de Luna. Y a veces mi propia banda sonora ni siquiera es compartida del todo con amigos que vivieron en mi barrio o estudiaron en las mismas escuelas que yo.

Recuerdo malas canciones que jamás escucharía si no tuvieran un gravamen emocional que yo no decidí en su momento y que a mis amigos no les dicen nada. Como la magdalena de Proust, que activa recuerdos que estaban en la mente de su personaje, pero que yo no los conozco más que de su propia narración.

En mi cabeza resuenan la voz de Totó gritándole a Alfredo, mezclado con El baile del buey cansao, de los Van Van, o las imágenes reales del suicidio de mi madre, que nunca vi pero escuché a alguien contar, y se han quedado en mi cerebro como reales. No decidí esos recuerdos, al menos no de forma consciente. Están ahí, como parte de un pasado que me sirve comparativamente para muchas cosas presentes, como este mismo texto.

Lo más interesante es que el descubrimiento de dicha extravagancia cerebral de inventarse recuerdos, ha llegado aún más lejos al lograrse implantar falsos recuerdos, como el día en que los conejillos voluntarios de aquel experimento “recordaron” con detalles la visita al parque Disney por primera vez (Bugs Bunny les abrazó, sintieron la pelusa de las orejas del personaje, la sonrisa de sus padres, la cara del actor que estaba dentro del muñeco). Pues esto sencillamente no sucedió. Es imposible porque Bugs Bunny no es, y nunca ha sido, de la factoría Disney.

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