Escándalos innecesarios y asesinos normalitos

| abril 22, 2011

Recuerdo haber leído que en algunas facultades de psicología de Estados Unidos se usan muchos de los personajes de Dostoievski para explicar el comportamiento humano. Es curioso teniendo en cuenta que son personajes de ficción, seres inventados por la mente de alguien que, al parecer, conocía bastante bien al ser humano y sus reacciones.

No sé si es real, y no sé de donde obtuve el dato, aunque lo he continuado repitiendo porque es una verdad posible, un dato verosímil que me atrapa por el regusto de conjeturar que algo inventado, algo imaginado para vivir en la ficción, en esa realidad paralela que es el mundo de las letras, pueda influenciar nuestra realidad, la real, esta donde tenemos que inventar realidades posibles para subsistir.

En esto de engañar a la gente con la ficción nunca olvidaré que a Antonio Skármeta le preguntaron una vez el nombre real del cartero del que se sirvió para escribir su magnífico relato sobre Pablo Neruda (El cartero de Neruda). Imagino que se habrá quedado como yo si me pidieran el vídeo que filmé cuando estuve en Roswell ayudando a la CIA a diseccionar un alienígena.

Pero las palmas se las lleva Dan Brown, que ha logrado que la gente cite El código Da Vinci como fuente de autoridad para desmentir los textos de La Biblia, y todo con una obra que él mismo pregona en sus entrevistas que es verdad literaria, o sea, mentira. Es la cuasi perfección a la que aspiramos los escritores, independientemente de la calidad o no de nuestros textos literarios; que la gente se convenza de la realidad inexistente que le transmitimos.

Con tanto material para conocer el alma humana, además de muchísimos libros de psicología, no entiendo aún cómo los seres humanos seamos tan recalcitrantes para juzgar todo lo que se nos ponga por delante independientemente del prisma que tengamos antes nuestros ojos.

Hace apenas unas semanas sucedió un hecho terrible en España de un rumano (es rumano como anécdota, porque la nacionalidad no sirve para nada) que mató a su novia, y abrumado por la culpa y el deseo de no ser atrapado, chateó con sus padres (los de él) a quienes enseñó el cadáver para que le creyeran.

Me guardo mi opinión personal sobre este asesino, pero quiero llamar la atención sobre un texto de un periodista español (Salvador Sostres) que hizo una aproximación periodística al hecho con un texto que se titula Un chico normal (se puede encontrar navegando en la red por más que lo hayan retirado por escandaloso del medio oficial donde se publicó), desde una visión desprejuiciada, sin intentar dejar llevarse por el facilismo de llamar monstruo (que puede serlo) a quien ha hecho semejante monstruosidad.

La que le ha caído a Salvador Sostres ha sido terrible, casi un linchamiento público acusándolo de justificar la violencia de los hombres contra las mujeres, por haber intentado meterse en la cabeza perturbada de quien cometió un asesinato producto de la ofuscación, y no de la premeditación.

Stefan Zweig dijo de Dostoievski  que era “el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos”. Y la verdad es que cuando leemos Crimen y castigo, algo en nuestro interior se quiebra. Porque Crimen y castigo nos recordó que Bien y Mal son dos categorías filosóficas que no están del todo enfrentadas.

Raskolnikov es un chico normal, un amigo de sus amigos, un ser humano que se conmueve y se sacrifica frente al sufrimiento de los demás, aunque tiene él motivos propios de sufrimiento para dejar de pensar en los demás. Y sin embargo, de la noche a la mañana se convierte en un asesino despiadado y cruel por una circunstancia que él mismo odia y que lo esclaviza durante toda la novela.

Me pregunto si habrá que obligar a imponer el estudio de Dostoievski (o sus personajes) en las escuelas, o pasarles la serie Dexter, en la cual están todos los elementos originarios de Crimen y Castigo, para que dejemos de ver fantasmas (o asesinos) donde no los hay. Salvador Sostres es un periodista del que tengo una opinión personal, no precisamente favorable, pero defiendo su derecho para hacer el contrapunto de un tema que los demás no se atreven detrás de una fachada políticamente correcta que es, muchas veces, una justificación de la (auto)censura.

Defiendo, que si conociéramos mejor al ser humano nos escandalizarían muchas menos salvajadas, porque el ser humano no es sólo una monja que abandona sus hábitos para mezclarse con los pobres y ayudarles en su miseria, también lo es quien en la soledad de su cuarto se carcome de rabia cuando su pareja lo acusa de inútil para nada, cornudo y el hijo que espero no es tuyo.

Nos jode reconocerlo, pero ambas son reacciones humanas. Y para diferenciarlas, para que no nos convirtamos todos en lo segundo, para que midamos las reacciones antes de cometer salvajadas, los hombres nos creamos la ley.

El tema de la violencia contra otro ser humano es grave porque a ella recurren muchos monstruos, pero no todos los que pasan la barrera son monstruos, por más que nos duela reconocerlo, porque también son parte de nuestra especie.

Sé que no soy políticamente correcto, sé que puedo ser polémico, pero sumérjanse un poquito en los últimos estudios sobre el cerebro que están en cualquier libro de Eduardo Punset o Martin Seligman, o rodéense de obras literarias como Crimen y Castigo o El perfume para ver que el mal y el bien conviven en nosotros. No hace falta acusar de dar visa a la violencia a quien se sumerge a través del estudio en las cloacas de la sociedad.

Los Estados, esos entes que nos inventamos para cuidarnos de nosotros mismos, tienen puntos oscuros, también tienen cloacas que los ciudadanos no recorremos, pero nos beneficiamos que alguien se meta en ellas de cuando en cuando. No las vemos, pero nos escandalizamos cuando alguien abre una calle y nos las enseña.

Pues enterémonos el ser humano tiene cloacas, mal y bien luchando internamente por ser uno quien oprime al otro. Hay unos cuántos a los que sólo la ley les impide pasar la barrera. La mayoría ponemos un pie sobre el Mal, lo machacamos para que el bien pueda hacer su tarea por sí solo. Y sí, es verdad, depende de nosotros que siempre hagamos bien, pero… no siempre.

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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