Los libros que me formaron. La biblioteca de Savina

| mayo 1, 2020

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En una entrevista para un diario respondí a una pregunta sobre las lecturas y libros que me habían cambiado la vida.  Algunos lectores se sorprendieron, y hasta me recriminaron, que no mencionara ningún autor cubano. La reacción me sorprendió por partida doble. Primero porque no veía la importancia de que un autor de mi país tuviera que haber cambiado mi vida y segundo porque tenían razón, ¿por qué yo no había mencionado ningún libro de autor cubano siendo nacido en la isla?

Me puse a reflexionar en ello, porque me parecía extraño que no tuviera esa referencia en mi memoria. ¿No tuve en mi niñez o más tarde libros cubanos que pueda mencionar como formadores de mi vocación literaria o tuve instintivamente un rechazo por cuestiones extraliterarias? He hecho un examen de memoria más allá de lo lógico para escribir este texto.

La mayoría de los escritores vienen de una gran formación como lectores. Y digo “la mayoría” por deformación profesional a matizar opiniones, pero no entiendo otra posibilidad. Conozco autores que no conocen conscientemente ni una sola técnica literaria, que no saben qué provoca en el lector una oración larga o una corta o los efectos de la sorpresa o el suspense y cuando escriben hacen obras maravillosas donde las técnicas que menciono están en todo su esplendor. Y lo hacen de manera inconsciente, porque sus lecturas les han creado un instinto que tienen incorporado.

Mi formación como lector viene de mi madre. Algo tiene que ver mi padre, pero es a ella a quien yo veía día tras día con títulos de espionaje entre sus manos y quien me contaba las reflexiones, no siempre racionales, que les provocaban aquellos libros imposibles de comprender para mí.

Las primeras lecturas de las que soy consciente son de semanarios de historietas hechos en Cuba. Publicaciones que tenían nombres como Pionero, Palante, Dedeté; y donde venían historias de personajes que nada dicen a lectores no cubanos, como Matojo, Elpidio Valdés, Las criollitas de Wilson.

Cuanto más pienso en ello puedo asumir que todas estas historietas formaron mi vocación lectora, aunque ni eran libros ni me provocaron la escritura. Su precio en los quioscos era tan bajo y los devoraba con tanta rapidez que me quedaba enseguida sin libros qué leer. Aquí entró una vez más la intuición de mi madre, quien se percató enseguida que necesitaba algo más que «tebeos» cubanos, y tomó una decisión que cambió mi vida.

–Ven conmigo –dijo.

Savina era una vecina no demasiado sociable, pero con la que teníamos una relación estupenda y que tenía una biblioteca inmensa en su salón. Savina escuchó a mi madre, no recuerdo qué hablaron, pero sí tengo en mi memoria cuando nuestra vecina me dijo:

–Coge ahí lo que quieras para leer –me señalaba su biblioteca.

A partir de entonces todo cambió.

El primer libro que tuve en mis manos, que recuerde, fue lo que más se parecía a las historietas que leía. Si mi memoria es justa debió ser Los mundos que amo, una historia maravillosa de Daína Chaviano que debí haber leído más de 20 veces cuando era niño. Todavía era una publicación con ilustraciones, un fotolibro de uno de los relatos más conocidos de la escritora y que no se alejaba demasiado de las lecturas que yo disfrutaba.

¿Cuál fue entonces el primer libro, la primera historia sin ilustraciones que me marcó definitivamente? Aquí hice una transición lectora que jamás había pensado en ella hasta que hice este ejercicio de memoria.

Una de las historietas que me había marcado en mis primeras lecturas y que devoraba sin parar había sido Los conquistadores del fuego, de Roberto Alfonso Cruz (Robe). Lo que no sabía era que aquella historieta era una adaptación –a la cubana– de la novela La Guerre du feu, de J. H. Rosny, seudónimo de dos hermanos belgas que entonces yo no conocía y cuyo original encontré en la biblioteca de Savina.

Lo miré con cierto desprecio, no estaba convencido de que un libro “sin dibujitos”, pudiera convencerme a pasar horas sentado sin hacer nada más que leer. Pero cuando comencé ya no pude parar.

A partir de ahí todo cambió. Terminaba un libro y empezaba otro, devoraba lecturas sin seguir lógica ni razón. Savina, en su infinita generosidad, me dejaba que pasara por todos los libros que guardaba en su biblioteca y de Los conquistadores del fuego pasé a los hermanos Grimm, Andersen, Saint-Exupéry, Lewis Carroll, las historias de Peter Pan, y un poco más adelante salté a Dumas, Stevenson, Conan Doyle, Mark Twain, Jack London, H.G. Wells, Edgar Allan Poe.

Mis lecturas de niñez y juventud, pues, no pasaron por autores cubanos sino por clásicos universales de la biblioteca de Savina. Opté por leer autores extranjeros no por conciencia, sino por casualidad, por una curiosa eventualidad, el azar de tener que elegir lo que había a mano y no lo que me ofrecían por obligación.

 

Continúa en: Los libros que me formaron II. Los empollones

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    Leyendo por aqui tus cosas. Y pensando en la muerte, no en la propia, que al final creo que uno se muere...

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