El cubano que soy y el que esperan que sea

| julio 30, 2010

Para dejarlo claro y evitar malentendidos. Soy casi sí y casi no. O casi no y casi sí. O viceversa; o lo mismo, pero al revés. Como Cantinflas o Serrat.

A ver, explico. Si nos cruzamos en el metro de Madrid o París, si coincidimos en El Prado o en el Louvre, o si nos tomamos una cerveza con tapas o un montadito en el Museo del Jamón o algunas crêpes sur les Champs-Élysées, reconocerás enseguida que no soy de aquí (no de nacimiento, aunque quizás pudo serlo) pero tampoco soy de allá.

Soy mulato, o casi; casi blanco o casi negro; intentarás comprobar, y no sé si lograrás saber; o sí, o casi. Con un acento casi de allá, casi de aquí, muy del occidente de Cuba, y del que no fui consciente hasta que me lo dijiste, y muy del sur de España o muy de islas españolas que no están en la península. O no, o casi.

Soy de esa tierra que casi añoras si tu pasado es ibérico, la última de donde saliste hace más de cien años cuando cambiaron circunstancias que no previste, pero de la que te quedaste prendado haciendo habaneras y cantando Cuando salí de Cuba. La misma que a veces canto, y a veces odio.

Debo confesar algo; o avisarte, o las dos cosas. Identificado mi acento, cuando queda fijado que soy de una tierra con Guillén y Lezama, Carpentier y Cabrera Infante, de Silvio Rodríguez y Celia Cruz, Milanés y Estefan, van y me preguntan por Castro y la dictadura, asumen que mi sangre es salsa y las discotecas mi paraíso.

No, no tengo tantas ganas como has creído, o te han hecho creer, que estoy todos los días de fiesta y en salsa. Seguramente lo habrás visto en la tele, en programas sobre Miami, o en esa Habana que los Castro y sus pichones enseñan al extranjero, todos felices en sus problemas, y que respira a medias cada noche en la isla, y es que hay otra donde los cubanos solo sufren en sus problemas; algo así como la quintaesencia del cachondeo y la jodedera, porque lo demás no importa. Pero es que sí importa. Y no, tampoco tengo, deseos, de hablar de los Castro y el comunismo isleño. Más bien, intento quitarme de encima esa lacra, siempre que puedo; o casi, cuando puedo.

Soy anticastrista, estoy vacunado contra el comunismo, luego de treinta años viviendo en él, pero no asumas que toda mi vida gira en torno a ser anticomunista, o respirar, quejarme y vivir como cubano; ni anticubano, ya que estamos. No, no estoy siempre disponible para la fiesta, para el choteo y la queja anti. O casi.

Tampoco extrañarás, cuando descubras que cuento historias manchando folios, que no esté todo el día manchándolos a favor ni en contra la dictadura cubana, aunque me pueda emocionalmente el «contra el comunismo». Intento ser escritor, a secas, no escritor cubano. Si en el camino termino siendo un escritor cubano, me daré por satisfecho si el resultado merece la pena, pero no pretendo ser un escritor cubano o que escribe sobre Cuba. En mis textos, Cuba es cual Suecia o Haití, según importe en la historia que cuento; y si no importa, no la cuento. Soy, o intento ser, simplemente: contador de historias.

Tampoco asumas que tengo problemas de sociabilidad. Si vamos juntos a una fiesta verás que puedo divertirme, que escondo muy bien que no sé bailar salsa y que, si esperas de mí una noche divertida, eso encontrarás.

Pero tiene una contra; y no es menor. No te extrañes si me levanto hosco y con pocas ganas de socializar, me tomo un café y me siento durante horas creando frases frente a un ordenador con la novena de Beethoven o La patética de Chaikovski, escribiendo loas a la libertad, el azar o el amor, o digo maravillas sobre una película independiente de Noruega, Siria o Corea, te saturo la cabeza con las virtudes de un libro de Vargas Llosa, García Márquez, alabo a Thomas Mann, Coetzee o Murakami, o desvelo hallazgos de Madame Butterfly; que ya estaban descubiertos.

Mi esencia no es Arenas y Guillén, es también Lubitsch, Sartre o Tanizaki; es Camus, Kieślowski, o Kiarostami, un cantaor, el mujô o el Real Madrid. Todas son formas de ser el cubano que soy, aunque no sea el que crees, o esperes. Soy risa, pero lamento; amor, aunque rabia; azar y destino, y muchas cosas que esperas, pero otras que ni siquiera. Si me etiquetas, te equivocas, porque soy y no soy, o casi, o viceversa; o lo mismo, pero al revés. Lo demás es etéreo; o no, ¿quién sabe?

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